Yo sólo quería que amaneciera
A los familiares y amigos de los 43 de Ayotzinapa
El lienzo de la muerte se abre entre callejuelas con olor a sangre.
Yacen sobre el suelo las tortugas voladoras, entre los murmullos de la fiera noche.
Fueron uno, luego dos, luego miles de gritos de dolor clamando justicia.
Vino el silencio, horas de llanto y desasosiego, la podredumbre, la vileza, la insoportable angustia que se va enterrando en el alma como un cuchillo, esa mancha voraz que lo ensucia todo, la imposición del dolor como política de Estado, la ruin ambición, de quien pretende lucrar con el sufrimiento ajeno, la ira incontenible, esas ganas de morder y ser mordido, para que el dolor de la carne ayude a olvidar ese otro dolor que lastima y ya no suelta.
Fueron emergiendo los rostros ausentes, devolviendo el brillo a sus ojos, una sonrisa lejana en corazones destrozados.
Eran los ecos de la tierra, aullidos como manchas, recuerdos como besos que hieren el sueño como una infección en el alma, latidos esporádicos que se van haciendo nada.
Gritos sordomudos resuenan en ninguna parte, son cicatrices que no cierran, un dolor sin fondo, un oscuro abismo sin esperanza de cielo, acaso un momentáneo respiro disfrazado de violenta calma, las ganas de vivir en la piel del otro y ser semilla, ese contagioso deseo de que algún día vuelva a salir el sol.
Yo sólo quería que amaneciera.
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