YA NO ESTOY AQUÍ: UNA HISTORIA SOBRE MIGRACIÓN E IDENTIDAD


En las postrimerías de la zona metropolitana de Monterrey, se situa una cultura urbana que combina el desacostumbrado estilo cholo chicano de EUA y el idealismo y amor hacia la cumbia colombiana; se hacen llamar Kolombia y sus vidas están a punto de cambiar para siempre por la guerra contra el narcotráfico.
Ya no estoy aquí, la más reciente película del realizador mexicano Fernando Frías de la Parra, irrumpió hace unos días en la escena nacional con fuerza no vista desde hace tiempo, a más de medio año de su estreno en el Festival Internacional de Cine de Morelia, dónde, por cierto, cosechó el Premio del público a largometraje mexicano, la película nos plantea profundas reflexiones sobre la identidad, el sincretismo y las causas y consecuencias de la migración hacia Estados Unidos.
El largometraje sigue la historia de Ulises, un joven Kolombia que vive en la colonia popular independencia en la zona metropolitana de Monterrey, pasa el tiempo con su pandilla llamada “los Terkos” asistiendo a bailes dónde la cumbia rebajada sirve para crear un ambiente solemne, casi ritual en cuya armonía circular todos se unen para demostrar sus pasos a la audiencia. Inmediatamente después, se nos nuestra un segundo tiempo, en el que Ulises se encuentra en los Estados Unidos, viviendo con otro grupo de mexicanos y trabajando de lo que puede para sobrevivir; estos saltos en el tiempo son claros y flexibles y se antojan necesarios para dar cadencia a la trama.




A lo largo de la película, la vida de Ulises y de su pandilla se ve trastocada por la llegada del narcotráfico a Monterrey, su rutina que hasta cierto punto podría ser definida como pacífica ahora se enfrenta a la violencia desmedida de los nuevos grupos delictivos.
Aclaro, la película solo hace uso del narcotráfico y la violencia para dar forma a la verdadera trama que es: la crisis de identidad en un mundo tan volatil, ambiguo e incierto como lo es el de hoy. Ulises se ve amenazado en este sentido desde dos frentes temporales: en el pasado ante las presiones y amenazas de los grupos delictivos anteriormente mencionados para que deje de hacer y ser lo que el es, y en el presente, ante la soledad de ser un Kolombia en la ciudad de Nueva York, desdeñado por los otros mexicanos que ven en su persona una amenaza a su proceso de asimilación cultural como Ulises les dice: son mexicanos creyéndose negros.
Interesante es el personaje de Lin, una joven estadounidense de ascendencia China que ve en Ulises una especie de objeto exótico que hay que conocer, su curiosidad hacia el joven, se antoja en ciertos momentos morbosa y nos ayuda a dimensionar la forma en la que es visto alguien cuando es completamente distinto a lo hasta entonces conocido (al menos para Lin).
El clima de la película nos muestra a un Ulises que ha cortado sus largas patillas y cresta rubia teñida, regresando a casa después de su desafortunada experiencia en el otro lado solo para encontrar que los terkos y presumiblemente todos los “Star” ya no existen, algunos de sus amigos se han unido a otras pandillas en un esfuerzo por sobrevivir (pero también por conservar algún rasgo de identidad) y otros murieron en la cruenta guerra emprendida por quién no se nos dice pero sabemos que es el ex Presidente Felipe Calderón. En la última toma con Ulises bailando en la azotea cuando su reproductor se apaga, a lo lejos se escuchan las torretas de las patrullas en persecución por las favelas de colonia independencia, símbolo, nos dice el crítico de cine Alonso Díaz de la Vega, del momento disruptivo del paso de la adolescencia a la adultez con sus inevitable consecuencias.
Así pues, Ya no estoy aquí, es no solo recomendable para ver un fin de semana, sino en cualquier momento, para dejarnos un símbolo de humanidad en un mundo que está en contaste lucha con el otro y cuyo inevitable resultado es siempre y lamentablemente, la muerte de alguno de los dos.

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