Y si tiene algún dolor, te duela a ti.
Por: David Uziel Mejía Jiménez.
“Mirad al Rey de los reyes que por hacernos señores se sujeta a nuestras leyes y se carga de dolores.” Ana de Jesús.
La Iglesia, como signo de que el Reino de Cristo se hace presente, es donde los más vulnerables deben ser acogidos. Sin embargo, existen laicos y hasta consagrados, que han marginado la cuestión de la caridad para con los pobres, siendo sus principales argumentos, aparentemente, la doctrina y la liturgia, aduciendo que éstas son más importantes y, por consiguiente, necesarias. Esta actitud se puede ver reflejada en grupos de predicadores que pregonan el deber de los cristianos de evangelizar, por ejemplo, a los pueblos indígenas, solo que para ellos el evangelizar se reduce a dar el bautismo y enseñar la doctrina, sin importarles, o en todo caso, restándole importancia a los problemas que aquellos indígenas puedan estar padeciendo y los sistemas que los producen. Así también puede acontecer, por un lado, que estos supuestos cristianos sí sean caritativos con la condicionante de que se acepte a Cristo y, por el otro, que utilicen el Evangelio con fines de lucro. Tales comportamientos son análogos al de los fariseos de la época de Jesús, ya que eran hombres conocedores y cumplidores de la ley, de la doctrina, pero carentes de misericordia y, por supuesto, hombres codiciosos capaces de robarle a las viudas (Mt. 23,14).
Es lamentable que la fe en Jesús se haya vuelto, por así decirlo, espiritualista, haciéndonos indiferentes al sufrimiento de los huérfanos, las viudas, los explotados, etc. En nuestro contexto cristiano, según Boaventura de Sousa Santos, …la religión institucionalizada ha hecho las paces con la estructura de poder existentes, por más injustas que fueran, ha secuestrado la fuerza motivadora contenida en la espiritualidad, y ha transformado a los creyentes en individuos en busca de la salvación individual en otro mundo más allá de la muerte. Este mismo autor alude que los tradicionalistas han optado por ciertas formas de espiritualidad que poco aportan a la lucha por los derechos de los pobres, dado que ponen mayor énfasis en el apartamiento del mundo. Mientras que, al hablar de una espiritualidad más enraizada en la realidad pone como ejemplo a la teología de la liberación, que considera que la auténtica conversión al Evangelio es la conversión al sufriente, aparejar los espacios para que los marginados alcen su propia voz. De esta manera se hace de la espiritualidad una fuerza motivadora para dar la lucha en favor de los oprimidos . La Iglesia de América latina durante un tiempo optó por esta segunda opción.
Por otro lado, resulta bastante irónico que los tradicionalistas releguen la causa de los pobres por darle prioridad a la doctrina, cuando es la misma doctrina la que enseña totalmente lo contrario. A lo largo de la Sagrada Escritura abundan versículos que nos hablan sobre la justicia y misericordia. En el Antiguo Testamento, ya desde el Éxodo vemos como Dios declara que todo el que cobre intereses a los pobres y maltrate a las viudas, huérfanos y extranjeros, será castigado (Éx. 22, 20-24). En el libro de Isaías también tenemos pasajes muy reveladores, como, por ejemplo, aquel en donde Dios señala que la Ciudad Santa se había convertido en un sitio donde habitaban asesinos, gobernantes corruptos y demás gente que no cuidaba a los huérfanos y viudas (Is.1, 21-26). Existe un pasaje de este libro que merece ser citado de manera textual, dado que pone de manifiesto como Dios rechaza los rituales y sacrificios cuando no se es alguien justo y misericordioso, lo cual supone un batazo a aquellos que se creen grandes cristianos por darle prioridad a la doctrina y liturgia:
¿A mí qué, tanto sacrificio vuestro? – dice Yahveh –. Harto estoy de holocaustos de carneros y de sebo de cebones; y sangre de novillos y machos cabríos no me agrada, cuando venís a presentaros ante mí. ¿Quién ha solicitado de vosotros esa pateadura de mis atrios? No sigáis trayendo oblación vana: el humo del incienso me resulta detestable. Novilunio, sábado, convocatoria: no tolero falsedad y solemnidad. Vuestros novilunios y solemnidades aborrecen mi alma: me han resultado un gravamen que me cuesta llevar. Y al extender vosotros vuestras palmas, me tapo los ojos por no veros. Aunque menudeéis la plegaria, yo no oigo. Vuestras manos están de sangre llenas: lavaos, limpiaos, quitad vuestras fechorías de delante de mi vista, desistid del mal, aprended a hacer el bien, buscad lo justo, dad sus derechos al oprimido, haced justicia al huérfano, abogad por la viuda…
(Is.1, 11-17)
Otra razón por la que es irónica y, desde luego, hipócrita la postura de los tradicionalistas, es que el Evangelio de san Mateo enseña que Jesús está realmente presente en los pobres. En este Evangelio, Jesús dice que, en el juicio, cuando todos estemos frente a Él, le va a indicar a los justos que entren al Reino de Dios como premio por haberle asistido a Él en los pobres. Pero veamos lo que dice el pasaje:
Entonces dirá el Rey a los de su derecha: “Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel y vinisteis a verme.” Entonces los justos le responderán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?” Y el Rey les dirá: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis.”
(Mt. 25, 34-40)
Esto no quiere decir que debemos desechar lo doctrinal o litúrgico, pero se debe tener en el centro al ser humano, su sufrimiento, esto es ser verdaderamente espirituales, tal como declara la Santa de Ávila: “Que no, hermanas, no; obras quiere el Señor, y que si ves una enferma a quien puedes dar algún alivio, no se te dé nada de perder esa devoción y te compadezcas de ella; y si tiene algún dolor, te duela a ti; y si fuere menester, lo ayunes, porque ella lo coma” (VM. 3,11)
En el mismo tenor San juan Crisóstomo nos recuerda esta centralidad del necesitado y nos recuerda que la liturgia no debe abstraerse de ello si es que deseamos vivir un cristianismo integral:
“no pensemos que basta para nuestra salvación traer a la iglesia un cáliz de oro y pedrería después de haber despojado a viudas y huérfanos … si tu alma sigue siendo peor que el plomo o una teja ¿de que vale entonces el cáliz de oro?… Así que, si queréis honrar de veras el cuerpo de Cristo, no consintáis que esté desnudo. No le honréis aquí con vestidos de seda, mientras fuera lo dejáis morir de frío y desnudez. Porque el mismo que dijo: ‘Este es mi cuerpo’, es el que dijo: …me visteis hambriento y me disteis de comer’… El sacramento no necesita preciosos metales… En cambio, los pobres sí que necesitan mucho cuidado. Aprendamos, pues, a pensar con discernimiento y a honrar a Cristo como él quiere ser honrado…. empleando tu riqueza en los pobres. Porque Dios no tiene necesidad de vasos de oro, sino de almas de oro…”
S. JUAN CRISÓSTOMO, Hom. 50, I S.Mt., PG 58, 508-509 [citado por J.l. GONZÁLEZ FAUS en Vicarios de Cristo. Trotta, Madrid 1991, pp. 34-351
Es bien sabido que la esperanza del cristiano es alcanzar el Reino de Dios, el cual, como bien dijo Jesús, no es de este mundo (Jn. 18,36), pues no es un reino como lo entiende el mundo, o sea, cimentado en la imposición, el dominio y las riquezas. El Reino de Dios está muy por encima de las ambiciones humanas, es transcendente, es el Reino del amor y la paz, y lo heredarán los humillados, los desconsolados, los misericordiosos, los humildes, los puros de corazón. Por lo tanto, es nuestro deber anunciar que tras esta vida nos espera la felicidad plena, la cual no podemos imaginar lo grande que será. Y parte esencial de este anuncio es el comenzar a construir el Reino desde aquí siendo un testimonio vivo, entregándonos al prójimo, en suma, amando sin cesar. Quedémonos siempre con esta nota: no debemos caer en la tentación de aislar la predicación de la vida eterna o la vida orante de la entrega al prójimo, si se separa una de la otra, tendrá lugar una fractura, no lo permitamos.
Boaventura de Sousa Santos, Si Dios fuese un activista de los derechos humanos (Madrid: Editorial Trotta, 2014), p. 106.
Ibid., p. l06-108.


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