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Violencia religiosa, mujeres y diversidad.

May 10, 2018
4 min read
Por: Miguel Angel Aguilar Arreola ( TereMike )
(Texto leido en el III Diálogo Multicultural Universal, celebrado del 5 al 8 de octubre del 2017 en la ciudad de Tlaquepaque, Jalisco.)

A pesar de los Estados Laicos, en nuestras vidas, creyentes o no creyentes, la religión continúa jugando un papel importante, bien directamente o a través de su influencia tradicional en la sociedad o en muchas de las decisiones del estado. Su influencia llega incluso a la manera en que nos relacionamos con nuestra sexualidad y la de los demás. Pues, bajo el argumento de un orden divino y superior, se transmiten unos estereotipos de género basados en la superioridad del hombre sobre la mujer, la divinización del coito heterosexual y el control de los cuerpos, lo que ha llevado a practicas de discriminación y violencia hacia lo diferente y contra quienes se atreven a salirse de esas normas establecidas, impidiendo el disfrute y acceso de muchas personas a sus Derechos Humanos básicos, incluso de su vida. De acuerdo a los reportes del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en México se cometieron 28 mil 710 asesinatos violentos contra mujeres del año 2000 al 2015, es decir cinco diarios. Así mismo, México es el segundo país con el mayor índice de crímenes por homofobia en América Latina según la Relación de Crímenes por Homofobia realizada de 1995 a 2008 por la organización Letra S, esto sin contar las violaciones correctivas a lesbianas, las terapias de conversión y tantos otros crímenes atroces que se callan.

Por ello, es de vital Importancia echar un vistazo histórico a la doctrina y valores de nuestras creencias, pues es una realidad de que los Derechos Humanos e Iglesias no siempre han caminado de la mano, hemos de distinguir lo que es impuesto y lo que es construido de lo que es fundamental. De esta manera nos replantearemos la relación entre Religión y sexualidades, sus maneras de convertirse en dispositivo del control patriarcal, guardián de la decencia de la familia burguesa y su auto reafirmación como clase dominante, estableciendo la culpa como control de las masas, convirtiendo a los sujetos en policías del sexo, desaprobando, en función del pecado, la propia sexualidad y la de los otros.

Mi invitación es la de ser productores de Espiritualidad / Teología. Huyamos de las espiritualidades del útero, las que nos confinan a ser receptáculos, vasos dignos de elección, espiritualidades de papeles ya dados. Pasemos a las espiritualidades del clítoris, las del gozo y placer, las del hacer todo nuevo, las de la experiencia propia, espiritualidades de correspondencia y compromiso que nos transforman y transforman nuestro entorno, espiritualidades que como Teresa de Jesús nos “hacen dar aquellos quejidos … tan excesiva suavidad … que no hay desear que se quite”.

Abramos nuevos paradigmas, no temamos a reflexionar y cambiar las imágenes de Dios heredadas. ¿Por qué seguir insistiendo en que Dios es hombre?, ¿por qué seguir exaltando la hombría de Jesús, cuando tenemos experimentado lo que significa ser hombre en este sistema con toda su violencia y sus privilegios?, ¿Es posible hablar de un Dios hombre, kiryopatriarcal, pero al mismo tiempo implicado con experiencias de vulnerabilidad?, ¿Podemos seguir aceptando que Dios se alegra con nosotras entre más asumamos nuestro papel sexual asignado, aunque podemos hacerlo más feliz renunciando a la forma erótica de este?, ¿Podemos seguir pensando que Dios se siente ofendido cuando un hombre se “rebaja” a ser mujer pero no cuando una mujer se hace varón como Marina o Eufrosina?, ¿podemos seguir aceptando que Dios creó a las mujeres exclusivamente para el “bello oficio materno” y que de no aceptar esa realidad se le ofende e incluso se rompe la armonía con lo que nos rodea?, ¿En verdad seguiremos aceptando la idea de un Dios que se ofende por nuestra manera de practicar nuestra sexualidad o de quien nos enamoramos, pero permanece inmutable ante los hechos de violencia, corrupción y discriminación?

Dejemos que el Espíritu sople, releamos los textos sagrados, volvamos a tener una experiencia personal espiritual, redescubramos a ese Cristo de los Evangelios que se llama a si mismo mujer (Lc 15, 8- 10) , que se va creando sobre la marcha, aprendiendo de paganos y mujeres, ese Cristo que incluye, sana y libera y que renuncia incluso al antropocentrismo llamándose a si mismo: gallina, vid y agua.

No temamos a iniciar el camino de liberación para nuestras cuerpas, si bien el camino espiritual es un camino a lo íntimo, este camino exige una participación y valoración de la cerca de nuestro Castillo Interior, un cuerpo con el que hacemos posible el Reino y con el que experimentamos a Dios. Escandalicemos, digamos que Dios se deleita en nuestras condenadas cuerpas femeninas. Que Dios que se deleita en nuestros cuerpos “mutilados” cada vez que nuestra expresión de género no le hace “honor” a eso que cuelga entre las piernas. Cuerpos abyectos, obreros, campesinos, mestizos, indígenas, negros, incompletos, enfermos, vulnerables. Cuerpas que son las nuevas arcas de la alianza, dignas de Dios que está entre nosotras y por ellas grita.

Demos voces, seamos profetas de fuego que clamen:

¡Sin mujeres ni maricones, no hay revoluciones, sobre todo teológicas!

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