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Viaje a Roma XVII. Día 6: Roma

Jul 15, 2025
4 min read

El último día en Roma nos levantamos pronto para poder abandonar el apartamento. Teníamos el vuelo a última hora de la tarde, por lo que aún teníamos algo de tiempo en la ciudad. Así pues, sin perder más tiempo, dejamos las maletas en recepción y tomamos el tranvía hasta la parada de Circo Máximo, donde tomamos el bus 118 hasta las Catacumbas de Calixto, en la Via Appia Antica.

La Via Appia Antica es una de las más antiguas de Roma, construida en el siglo IV a. C., esta calzada adoquinada era la vía más importante de acceso a la ciudad. Gracias a ella se podía realizar transporte diario de mercancías entre Roma y Campania.


En esta vía hoy en día encontramos tres importantes catacumbas que se pueden visitar. La antigua Roma prohibía los entierros dentro de las murallas de la ciudad, así que los primeros cristianos, a finales del siglo II y principios del siglo III bajo el papado de Ceferino, excavaron alrededor de unos 300 kilómetros de túneles y tumbas de varios niveles bajo los caminos que conducían fuera de ella. Aunque en algún momento se pensó que las catacumbas sirvieron de refugio a los cristianos durante las persecuciones, lo cierto es que nunca se emplearon para tal uso, sino que simplemente eran cementerios subterráneos. Un tipo de construcción que no inventaron los cristianos en aquel momento, sino que ya venía siendo empleado por fenicios, etruscos o judíos. Era una forma de optimizar el espacio cuando había escasez de terreno y además este era caro. Los cristianos envolvían los cadáveres con sábanas blancas y las colocaban en nichos rectangulares tallados en las paredes de los túneles. Estas se tapaban después con sencillas losas de mármol o terracota.

Las catacumbas alcanzaron su máximo desarrollo en el siglo IV, cuando terminaron las persecuciones contra la Iglesia. Y a partir del V se volvió a enterrar exclusivamente en superficie. Quedaron completamente abandonadas cuando, para evitar profanaciones de los bárbaros en el siglo VIII y IX, las reliquias fueron trasladadas a diferentes iglesias de la ciudad. Olvidadas durante siglos, en el siglo XIX el arqueólogo Juan Bautista de Rossi descubrió las catacumbas de San Calixto y, tras convencer a Pío IX, comenzó su exploración. En la actualidad se han conocido más de de 60 catacumbas, con cientos de kilómetros de galerías y docenas de miles de tumbas, pero aún siguen quedando muchas por descubrir. Y gracias a que cayeron en el olvido y quedaron intactas durante siglos hoy suponen un importante testimonio para los estudiosos.

Básicamente tenemos dos grupos de catacumbas. Las que se encuentran en la Via Appia (las de San Calixto, las de San Sebastián y las de Domitila) y las que se hallan al Norte de Roma (las de Santa Inés y las de Santa Priscila). Como comentaba al principio, nosotros decidimos visitar las de San Calixto, que eran las más accesibles y cercanas. En principio no pensábamos que nos fuera a dar tiempo en un primer viaje a Roma, pero finalmente pudimos sacar un hueco para hacer la visita guiada. Y es que no se puede hacer de otra manera. Asignan grupos de máximo 35 personas por idiomas y cuando llegas a taquilla eliges (si hablas más de un idioma) a cuál te acoplas. En nuestro caso solo esperamos unos diez minutos y entramos con un grupo de feligreses de Perú que prácticamente ya cubrían cupo.

No es de extrañar que la entrada haya que hacerla con un guía, y es que las catacumbas son auténticos laberintos. Desde luego no recomendable para quien padezca claustrofobia o tenga problemas de movilidad, pues hay subidas y bajadas estrechas, oscuras y con escalones. Además, está prohibido hacer fotografías o grabar, pero en el vídeo bajo estas líneas se puede ver parte del recorrido.


Con más de 170.000 tumbas, estas catacumbas son las más antiguas, mejor conservadas y más visitadas de la ciudad. Nombradas en honor a su creador, paradógicamente el propio San Calixto no fue enterrado en ellas a pesar de ser Papa. Sí se pueden ver sin embargo en la Cripta de los Papas las sepulturas otros 16 Pontífices.

El cementerio subterráneo consta de distintas áreas. Las más antiguas son esta de los Papas, las Criptas de Lucina y la de Santa Cecilia, la patrona de la música. De familia romana noble, fue martirizada en el siglo III. Fue sepultada donde se encuentra ahora su escultura de Maderno de 1599 y venerada allí al menos durante cinco siglos. Desde el año 821 sus reliquias se encuentran en la basílica dedicada a ella en el Trastévere, que vimos en nuestra primera tarde.

Otro de los espacios importantes de la visita es donde se hallan los cubículos de los Sacramentos. Estos destacan por sus frescos de comienzos del siglo III que representan los símbolos del Bautismo y de la Eucaristía. En ellos se encuentra el profeta Jonás, símbolo de la resurrección.

A pesar de ser improvisada a última hora, la visita mereció la pena. Era la primera vez que pisábamos unas catacumbas y nos pareció muy interesante aprender sobre la cultura funeraria de los antiguos romanos cristianos. La guía fue muy amena, aunque iba bastante rápido para poder mover un grupo tan grande y no nos daba mucho tiempo a observar bien los detalles que iba mencionando. Enseguida había que pasar a otra galería y si te quedabas atrás, corrías el riesgo de perderte.

Tras un paso rápido por el baño, volvimos a la parada de autobús para regresar al centro de la ciudad y agotar las últimas horas en Roma.

 
 
 

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