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Viaje a Roma X. Día 4 II: Roma II

Apr 10, 2025
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La rosaleda nos conduce al Monumento a Giuseppe Mazzini, que mira directamente al Circo Máximo, el primer y mayor circo de la Antigua Roma. En él se celebraban diversas actividades, desde luchas de gladiadores hasta competiciones de atletismo pasando por las famosas carreras de cuadrigas. Con sus 621 metros de longitud y 118 de anchura podía albergar en sus gradas hasta 150.000 espectadores.

Fue erigido en el valle entre las colinas Palatino y Aventino en el siglo VI a. C. y posteriormente fue ampliado o reconstruido tras quedar afectado por importantes incendios. Su planta sirvió de modelo para todos los circos que fueron construyendo los romanos en otras ciudades de su imperio.

Contaba con dos grandes obeliscos: el de Augusto y el de Constancio II. El primero de ellos fue trasladado a la Piazza del Popolo, mientras que el segundo se erige junto a la Basílica de San Juan de Letrán.

Estuvo en uso hasta el año 549 y, tras su declive, las gradas fueron demolidas y las piedras empleadas en la construcción de nuevas iglesias y palacios. El espacio pasó a ser usado como área agrícola. Más tarde, en el siglo XIX, fue cementerio judío y almacén de gas. Adicionalmente, en sus espacios subterráneos se ubicaron negocios de artesanías y pequeñas viviendas. No obstante, Mussolini ordenó su demolición para organizar en el espacio grandes actos públicos.

Es por ello que en la actualidad se conserva muy poco del estadio originario. Tan solo quedan en pie una pequeña parte de la tribuna sureste y algunas arcadas. Se puede apreciar la pista de carreras, hoy cubierta de hierba y convertida en parque público de Roma.

Para imaginarse cómo era el estadio en su día se puede contratar la Circo Maximo Experience, que permite explorar la historia de este importante yacimiento arqueológico mediante la realidad aumentada y la realidad virtual. Hay una versión más barata que es ponerse youtube mientras miras directamente el recinto.


Bordeamos el circo por la Via dei Cerchi hasta llegar hasta la Basílica diSanta Maria in Cosmedin, una iglesia del siglo VI construida sobre los restos del Templum Herculis Pompeiani, uno de los centros de distribución de comida de la antigua Roma.

En ella se eligió a los papas Gelasio II, Celestino III, y al antipapa Benedicto XIII, sin embargo, la mayoría de los visitantes acuden a la iglesia para ver la Bocca della Verità, ubicada en su pórtico.

Esta escultura de mármol con un diámetro de 1,75 metros representa un rostro masculino con barba en el que los ojos, la nariz y la boca están huecos. No se tiene certeza sobre su uso original; existen teorías que indican que se trataba de una fuente o parte de un impluvium, incluso de una cloaca (por su proximidad a la Cloaca Máxima). En cualquier caso, se hizo especialmente popular tras la película Vacaciones en Roma, donde se contaba la leyenda que afirma que la boca muerde la mano de aquel que miente.

Frente a la basílica hay un par de pequeños edificios antiguos. Por un lado destaca el Templo de Vesta, un templo que, a pesar de estar dedicado a Hércules Víctor, recibe su nombre por su parecido con el templo dedicado a la diosa romana del corazón del Foro Romano.

Fechado sobre el 120 a. C., es un templo circular de 14,8 metros de diámetro que sigue un diseño peristílico griego, esto es, todo rodeado de columnas. En este caso se trata de 20 columnas corintias de poco más de diez metros y medio de alto. Aunque estas son las originales, así como el muro, por el contrario el techo que se ve en la actualidad es un añadido posterior.

En 1132 el templo fue convertido en iglesia, conocida como Santo Stefano alle Carrozze. Más tarde, en el siglo XVII se renombró como Santa Maria del Sole.

Junto a él se erige el Templo de Portunus, una construcción de planta rectangular realizada en mármol construida alrededor del 80-70 a. C. De orden jónico, con columnas de una altura aproximada de 8 metros, ha sido tradicionalmente considerado como el templo de la Fortuna Viril. En la actualidad sin embargo se piensa que estuvo dedicado a Portuno, divinidad protectora del puerto fluvial. De hecho, se hallaba en la zona del puerto, cerca del puente Emiliano.

Frente a él encontramos el Arco de Jano, uno de los escasos arcos romanos que se conservan en Roma. Realizado en ladrillo y revestido con losas de mármol, varias de ellas pertenecientes a otros monumentos, se cree que fue construido a principios del siglo IV sustituyendo probablemente a otro que ya existía en el mismo lugar.

El arco consta de cuatro pilares con nichos en las fachadas exteriores que algún día acogieron 48 esculturas. Sin embargo, lo único que ha llegado hoy en día de aquellas figuras son las estatuas de Minerva, Ceres y Juno.

Gracias a estudios recientes se sabe que los hijos de Constantino lo erigieron como homenaje a su padre tras su muerte y que tenía un carácter celebratorio. Parece ser que su nombre no hace referencia al dios Jano, sino que su origen está en la palabra latina ianus, que significa puerta o camino.

Nuestro paseo continuó por la ribera del Tíber hasta llegar a la Isla Tiberina, una pequeña isla de 270 metros de largo por 67 en su parte más ancha pero que, pese a su diminuto tamaño, ha sido importante a lo largo de los siglos. Para empezar, parece que fue habitada desde la antigüedad. Además, es probable que Roma se fundara en este lugar, ya que el islote rocoso hacía más sencillo vadear el río. Más tarde, en el 293 a. C., cuando la peste estaba azotando la ciudad, el Senado, tras consultar los Libros Sibilinos, aprobó construir un templo dedicado a Esculapio (el dios griego de la medicina). La isla se cubrió de mármol, en un esfuerzo por hacer que se pareciese a un barco. Incluso en el medio se erigió un obelisco para representar el mástil.

Por su ubicación en medio del río, la isla era un lugar adecuado para alojar a los enfermos contagiosos. El palacio Pierleoni Caetani, que funcionó como convento franciscano desde el siglo XVI al XVIII, fue usado como hospital durante una plaga. Hoy en día la isla alberga el Hospital de San Juan de Dios.

Pero quizá el edificio más relevante de la isla es la Iglesia de San Bartolomé, erigida sobre las ruinas del templo de Esculapio. Fundada a finales del siglo X por el emperador germano Otón III, inicialmente estaba dedicada a su amigo Adalberto de Praga. Sin embargo, poco después llegaron desde Benevento las reliquias del apóstol Bartolomé, por lo que se cambió el nombre.

El templo ha sufrido numerosas restauraciones a causa de las crecidas del Tíber. Su aspecto actual se debe a la remodelación de la época barroca. El campanario data del siglo XII.

En su interior destacan las columnas de la nave central, que se cree que proceden del antiguo templo; la urna con las reliquias del apóstol; y la tapa del pozo de la escalinata del presbiterio tallada con las figuras del emperador Otón III, el Salvador y a sus lados San Adalberto y San Bartolomé.

Frente a la iglesia se erige un pináculo que data de 1869. En cada uno de sus lados cuenta con hornacinas que albergan santos realizados por el escultor Ignazio Jacometti. De todos ellos destaca San Juan de Dios llevando en brazos a un enfermo.

La isla se une a la ciudad por dos puentes de larga tradición histórica. Había un tercero, el Puente Emilio, pero solo se conserva una arcada. El más importante es el Puente Fabricio, porque es el más antiguo de la ciudad y se conserva casi íntegro, sin haber sufrido modificación o restauración alguna. Data del año 62 a. C. y, curiosamente, mide 62 metros de longitud.

Le debe su nombre a Fabricio Lucio, supervisor de las vías en la época romana y quien decidió la construcción de este nuevo puente para sustituir el ya existente de madera. También es conocido como el Puente de las Cuatro Cabezas, por los dos pequeños pilares que lo decoran en su inicio y que están rematados por figuras con cuatro cabezas.

El otro puente es el Puente Cestio, construido por Lucio Cestio en el año 46 a. C simétrico al anterior. También conocido como Ponte di San Bartolomeo, Ponte Ferrato, Pons Aurelius o Pons Gratiani o, conecta el Lungotevere degli Anguillara con la Piazza de San Bartolemeo.

La isla siempre estuvo conectada con la orilla izquierda del Tíber y la Antigua Roma, sin embargo la margen derecha no tenía acceso hasta que no se construyó este puente. A diferencia del anterior, este sí que ha conocido muchas restauraciones con el paso de los siglos. A finales del Siglo XIX se construyeron los actuales murallones del Tíber y fue alargado de 48 a 80 metros.

Abandonando la isla por el Puente Fabricio, nos dirigimos al Pórtico de Octavia, el único complejo conservado de los grandes pórticos que limitaban, en el lado norte, la plaza del Circo Flaminio. Fue construido por Metelo para celebrar su triunfo en el año 146 a. C. Fue reconstruido entre los años 27 y 23 a. C. por el emperador Augusto, que quiso dedicarlo a su hermana, Octavia Menor.

Fue restaurado por Domiciano tras sufrir un incendio en el año 80 y de nuevo por Septimio Severo y Caracalla en el 203 tras un nuevo e importante incendio. Probablemente los escasos restos que se conservan hoy en día provengan de esta época.

La planta del complejo era rectangular e incluía una doble columnata que rodeaba dos templos principales: el de Júpiter Stator y el de Juno Regina. Además del templo, el pórtico albergaba dos bibliotecas (una griega y otra latina), y la Curia Octaviae, un espacio destinado a las asambleas públicas. El complejo estaba adornado con una rica decoración de mármoles extranjeros e importantes obras de arte. Incluía por ejemplo las 24 estatuas ecuestres de bronce de los compañeros de Alejandro Magno, esculpidas por Lisipo que habían sido traídas a Roma como botín de guerra.

Durante la Edad Media el complejo fue utilizado como mercado de pescado, un uso que continuó hasta finales del siglo XIX. De ahí que la iglesia anexa al pórtico reciba el nombre de Sant’Angelo in Pescheria.

Entre el Pórtico de Octavia y la Isla Tiberina se erigía el Teatro de Marcelo, el único teatro de piedra de la antigua Roma del que hoy quedan vestigios significativos. Fue fue erigido en el Campo Marzio, lugar en que que desde el desde 179 a. C. se encontraba el Theatrum et proscenium ad Apollinis, conectado con el Templo de Apolo.

Fue promovido por Julio César quien expropió una buena parte de terrenos de la zona, demoliendo los edificios existentes, y fue concluido entre los años 13-11 a. C. por Augusto tras nuevas expropiaciones para ampliar la superficie y levantar una nueva construcción más grande. Se nombró en honor a la memoria de Marco Claudio Marcelo, sobrino del emperador Augusto, que estaba destinado a la sucesión pero que murió prematuramente.

Se calcula que el teatro podía albergar entre 15.000 y 20.000 espectadores, lo que lo convertía en el segundo teatro más grande de la Roma de los Césares, por detrás del de Pompeyo. El material de fachada es travertino de la cantera del Barco, el mismo que el del Coliseo.

Quedó dañado en el incendio del año 64 y durante las luchas entre Vespasiano y Vitelio y finalmente quedó abandonado a principios del siglo IV. Enseguida fue empleado como cantera y sus materiales se usaron para reparar el Puente Cestio. En el año 1150, gracias a su ubicación elevada, se transformó en fortaleza.

Desde el siglo XIII pasó por varias familias, que lo ocuparon y convirtieron en palacio. Lo que vemos hoy en día es fruto de labores de restauración realizadas entre 1926 y 1932.

Para finalizar la mañana, nuestra última parada fue el Foro de Trajano, construido entre el 107 y 112 por orden del emperador Trajano con el botín de guerra obtenido en la conquista de Dacia. El proyecto estuvo a cargo del arquitecto Apolodoro de Damasco, ingeniero militar que había acompañado al emperador en dicha guerra.

Se articulaba en torno a una gran plaza de 200 x 120 metros enmarcada con pórticos. La entrada principal se hacía por el lado sur, donde se erigía un arco de triunfo coronado por una estatua de Trajano en una carroza con seis caballos.

En el lado norte se ubicaba La Basílica Ulpia, levantada tres escalones por encima de la plaza. Su fachada constaba de tres partes que se correspondían con tres entradas. El interior quedaba dividido en cinco naves, siendo la central más grande que las demás. En la basílica se administraba justicia y también se realizaban actividades comerciales.

Junto a ella había una plaza más pequeña con un templo dedicado a Trajano y dos bibliotecas, una con documentos en latín, la otra en griego. Entre ambas se alzaba la Columna de Trajano de 38 metros de altura (40 con su base).

Fue erigida en el año 113 para homenajear las conquistas del emperador Trajano en Dacia, aunque también con el objeto de que se convirtiera en su mausoleo. A la muerte del emperador en 117 se colocó en la base una urna dorada con sus cenizas y encima una figura de bronce dorado que se perdió durante la Edad Media y el Papa Sixto V sustituyó por una nueva de San Pedro. Se puede subir a la parte superior a través de una escalera de 185 peldaños.

Esta columna fue la primera que se levantó con adornos que recorren el tronco en forma de espiral. Esta espiral estirada como si fuera una película son casi 200 metros de mármol con espectaculares relieves que narran dos victoriosas campañas del emperador.

Volviendo al foro, a cada lado de la plaza, había mercados.

Se ha perdido la mayoría de los edificios y del pavimentado de la plaza, ya que a mediados del siglo IX se extrajeron los bloques de mármol para usarlos en nuevas construcciones. Y es que eran de muy buena calidad. 

Junto al foro se encuentra la Iglesia del Santísimo Nombre de María en el Foro. Le debe su origen al Papa Inocencio XI, que creó la institución del Santísimo Nombre de María tras vencer al Imperio Otomano en Viena en 1683. Inicialmente se estableció en iglesia de San Bernardo, pero pronto se optó por crear un nuevo emplazamiento. Así, en 1736 se le encargó al arquitecto francés Antoine Dérizet en esta nueva ubicación. De planta elíptica, cuenta con siete capillas que siguen un sistema radial.

Desde ahí nos dirigimos tranquilamente hacia el Coliseo para nuestra visita guiada.

 
 
 

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