Viaje a Roma V. Día 3: Visita al Vaticano. Basílica de San Pedro
En nuestra segunda mañana en la capital italiana nos tocó madrugar bastante, puesto que teníamos programada la visita a la Ciudad del Vaticano. Ya en la planificación del viaje le dimos bastante vueltas a cómo organizarnos la jornada porque parecía evidente que, aunque se trata del país más pequeño del mundo, es imposible abarcarlo todo en un día. Así pues, para nuestra primera vez en la ciudad decidimos establecer prioridades y centrarnos en la Basílica de San Pedro y los Museos Vaticanos dejando para otra ocasión los Jardines y la Necrópolis.
Ahora bien, como es un lugar donde cada día acuden miles de personas, teníamos que concretar mucho más. ¿Hacerlo por libre o con guía? ¿Primero los museos o la basílica? ¿Visita matutina o vespertina? La última pregunta parecía clara: de mañana. De esta manera habría menos gente en todos sitios y aprovecharíamos mejor las horas de luz. Por otro lado, sobre qué elegir primero, preferíamos comenzar por la basílica, para así subir tranquilamente a la cúpula y tener una panorámica más limpia de la plaza. Finalmente, sobre la cuestión de la visita guiada, esta opción no solo nos aportaría contexto y explicaciones, sino que además evitaríamos las largas colas. No obstante, también conllevaría a que iríamos al ritmo del grupo sin poder detenernos en aquello que nos interesara más y avanzar en lo que menos. Tras sopesar pros y contras reservamos la visita guiada a las 8 de la mañana para la basílica y subida a la cúpula y sacamos por nuestra cuenta en la MuseiVA las entradas a los museos para las 12:30. Con esto tendríamos la mañana completa. Elegimos un martes porque nuestra estancia solo nos dejaba útiles de domingo a miércoles. Y dentro de esos días, los domingos no abren los museos y los miércoles tiene el Papa las audiencias y la basílica cierra por la mañana. Entre lunes y martes pensamos que habría menos gente a medida que se alejara el día del fin de semana.
Para llegar al Vaticano la parada más próxima es la estación de tren de San Pietro, que queda a un kilómetro de la Plaza de San Pietro. Así que, como decía al principio, madrugamos para llegar con tiempo a la cita con nuestra guía en la columnata.
Con una extensión de 0.44 km², el Estado de la Ciudad del Vaticano está parcialmente protegido por murallas y se prolonga hasta una franja de travertino en la Plaza de San Pedro que conecta los extremos de la columnata. Enclavado dentro de Roma, cuenta con una población que no llega a los 1000 habitantes, aunque solo 246 (de los cuales 104 son miembros de la Guardia Suiza) viven dentro del recinto amurallado. La ciudadanía vaticana solo se obtiene cuando se reside y trabaja para la oficina del Vaticano (permite además mantener la doble nacional con la de origen). No se consigue ni por nacimiento, ni por consanguinidad, ni herencia. Y tan pronto se pierde el cargo, lo hace la ciudadanía.
Obviamente, toda su población es cristiana y aunque su idioma oficial es el latín, también lo es el italiano, que se emplea en documentos oficiales así como en asuntos administrativos y diplomáticos. En ocasiones también se utiliza el francés como lengua diplomática.
¿Y cómo nació el Vaticano? Durante siglos el cristianismo estuvo perseguido en el Imperio Romano. Fue Constantino el Grande (307-337) el emperador que lo reconoció como religión oficial. A raíz de esa decisión los pontífices se asentaron en un territorio al pie de la Colina Vaticana e iniciaron las obras de una basílica primigenia. El emplazamiento escogido fue en su día el Circo de Calígula, el lugar donde Nerón celebraba las ejecuciones públicas y donde se cree que San Pedro fue ajusticiado y enterrado, así como otros muchos cristianos, dando lugar a la primera necrópolis cristiana.
Con la caída del Imperio Romano los papas aprovecharon el gran vacío de poder y poco a poco se fueron haciendo con el poder de Roma, hasta que en el año 756 arrancaron los llamados Estados Pontificios con el Papa Esteban II al frente. Desde entonces y hasta la Unificación Italiana en el 1861 los Estados Pontificios llegaron a mandar sobre prácticamente toda la zona central de Italia. Tras el proceso siguieron existiendo, pero su territorio se redujo drásticamente quedándose solo en el Lazio. Finalmente en el 1870 el rey Vittorio Emanuele II los anexionó a Italia. El microestado comenzó su andadura como país soberano en 1929 tras la firma de los Pactos de Letrán, celebrados entre la Santa Sede e Italia, gobernada entonces por el líder fascista Benito Mussolini.
En el Siglo XIV se decide trasladar la cabecera de la Iglesia Católica a esta zona desde San Juan de Letrán. Sin embargo, aquella iglesia original, tras más de mil años, se encontraba en muy mal estado y corría riesgo de acabar derrumbándose. El Papa Nicolás V encargó a varios arquitectos la reconstrucción del edificio, no obstante, hasta 1506 no comenzaron los trabajos de mano de Donato Bramante. Este diseñó una basílica con planta de cruz griega, una cúpula central y cuatro bóvedas menores para cuya construcción se necesitaron más de 150 años. En ella colaboraron, entre otros, Rafael, Giacomo della Porta, Antonio da Sangallo y Carlo Maderno. Este último alargó la nave hacia la plaza, convirtiéndola en cruz latina. Pero entre todos destaca Miguel Ángel, quien diseñó, con 72 años ya, la cúpula.
La espectacular Plaza de San Pedro fue construida en el siglo XVII siguiendo un diseño de Gian Lorenzo Bernini como un lugar de congregación para los cristianos de todo el mundo. Así lo expresó el propio artista en su día: “Siendo la iglesia de San Pedro, la matriz de todas las otras, debía tener un pórtico que demostrase materialmente como recibir con los brazos abiertos a los católicos, a fin de confirmarse en su fe, a los herejes, para reunirlos con la iglesia, a los infieles, para iluminarlos en la verdadera fe”.
La inmensa plaza (mide 320 metros de largo por 240 de ancho) está enmarcada por dos columnatas semicirculares, cada una de las cuales está compuesta por cuatro filas de columnas dóricas (un total de 284 columnas de 16 metros de alto) custodiadas por 140 estatuas de santos de 3.10 metros de altura cada una realizadas por los discípulos de Bernini. Parecen mucho más pequeñas, pero es la distancia a las que las vemos lo que nos da esa sensación.
La plaza cuenta con dos fuentes – una de Bernini y otra de Maderno – que flanquean el Obelisco Vaticano, un antiguo obelisco egipcio de 25 metros de alto que fue traído por Calígula desde Heliópolis y mandado colocar en 1586 por Sixto V. Queda coronado por una cruz de bronce que, según una leyenda medieval, sustituyó a una esfera en cuyo interior se guardaban las reliquias de Julio César.
Destaca además la escultura de bronce de seis metros de altura y tres toneladas de peso “Ángeles inconscientes”, una obra del canadiense Timothy Schmalz que representa una barca con 140 migrantes y refugiados de diferentes culturas y períodos de la historia. Fue inaugurada por el Papa Francisco en septiembre de 2019 con motivo de la Jornada Mundial para los Migrantes y Refugiados.
Pero todo gira en torno a la Basílica de San Pedro, uno de los edificios religiosos más grandes del mundo (por ley el resto de catedrales católicas han de ser de menores dimensiones) con una superficie de casi 23.000 metros cuadrados. Su cúpula está considerada la más alta del mundo y, por razones obvias, la más importante de la religión católica.
La fachada principal, construida por el arquitecto Carlo Maderno entre 1607 y 1614, mide 115 metros de ancho y 46 de alto. Recuerda en cierta medida a un templo clásico, con sus columnas corintias y su frontón triangular, aunque tiene más elementos decorativos. Queda precedida por dos estatuas de San Pedro y San Pablo y sobre su ático se extienden otras 13 de casi 16 metros de altura y que representan al Cristo Redentor, a Juan Bautista y los once apóstoles restantes. En el centro se encuentra el Balcón de las Bendiciones, lugar desde el que el Papa bendice a los fieles en las ocasiones más solemnes y también desde donde se anuncia la elección de un nuevo pontífice.
A pesar de que originalmente estaban proyectados dos campanarios (y que Bernini intentó levantar uno sin conseguir que fuera estable), en la actualidad las seis campanas de la basílica se ubican bajo el reloj de la izquierda. Suenan todas a la vez en los días claves: Navidad, Reyes, Pentecostés y Pascua de Resurrección, además de cada 29 de junio, día de San Pedro y San Pablo.
Nada más entrar a su interior maravilla su pórtico, ubicado entre los cinco arcos que se abren en la fachada. Para su construcción no se escatimó en materiales, recopilando lo mejor de antiguos templos romanos abandonados. Y se nota, pues es impresionante desde los suelos de mármoles de diferente color hasta la bóveda que incluye las esculturas de treinta y dos papas y relieves con episodios de la vida de San Pedro.
La entrada queda flanqueada por dos estatuas ecuestres. Por un lado la de Constantino, obra de Bernini, en la Scala Regia, que lleva a los aposentos papales.
Por otro, en el extremo opuesto, encontramos la de Carlomagno, realizada por Agostino Cornacchini. Esta es difícil no verla, ya que se ubica justo al lado de las taquillas donde se saca la entrada para subir a la cúpula.
La cúpula de la basílica de San Pedro se eleva a una altura total de 136,57 metros desde el suelo hasta la parte superior de la cruz externa, lo que la convierte en la cúpula más alta del mundo. Para ascender a ella se ha de preparar las piernas. Y es que, aunque hay un ascensor, no tiene capacidad para mucha gente y además solo ahorra un tramo y los restantes 320 escalones hay que hacerlos sí o sí. Nuestro grupo, por no esperar cola, subimos el total a pie: los 551 escalones.
Aunque estos están un tanto desgastados y da un poco de mareo la subida constante en círculo, no se nos hizo especialmente dura. Tan solo el último tramo es algo más agobiante, ya que la escalera de caracol es estrecha y empinada. Además, una vez que se decide subir no hay lugar para lamentaciones o cambios de opinión, ya que es de único sentido. Lógicamente, no se llega hasta la altura máxima de la cúpula, pero sí a las últimas columnas que sujetan la última parte de esta. Aunque había obras, no hay palabras para describir el interior de la cúpula, sus frescos, sus letras de la inscripción de nada menos de que dos metros de alto, sus mosaicos… Es impresionante. Sin duda, merece la pena subir tantas escaleras.
Miguel Ángel diseñó la cúpula de San Pedro basándose en la del Panteón de Agripa y en la del Duomo de Florencia, de 43,3 y 44 metros de diámetro respectivamente. La proyectó ligeramente menor (con un diámetro de 41.47 metros) a pesar de contar con los medios técnicos superar con creces esas dimensiones. Parece ser que no quiso hacerlo para respetar a los arquitectos anteriores que habían conseguido tal hazaña. Así como la cúpula de la Basílica de San Pedro está basada en templos anteriores, esta sirvió de inspiración para otros proyectos posteriores, como la Catedral de Saint Paul de Londres y el Capitolio de Washington.
Aunque fue Miguel Ángel quien la inició en 1547 la grandiosidad del proyecto hizo que muriera antes de verla terminada. Los trabajos continuaron primero por su discípulo Giacomo Della Porta y después por Carlo Maderno, quien la concluyó en 1614.
Tras observar el interior, nuestra guía nos dio unos minutos para salir al exterior y dar el giro completo de 360º para disfrutar de las privilegiadas vistas. Tuvimos mucha suerte con el día despejado porque pudimos apreciar todo el Vaticano y Roma rodeando la ciudad. De nuevo, el esfuerzo en las escaleras tiene su recompensa.
La verdad es que me habría quedado allí mucho más tiempo, pero íbamos con los minutos contados, así que, tras dar la vuelta a la cúpula y hacer las fotos de rigor, emprendimos el descenso. Aún nos quedaba por descubrir la basílica por dentro.
Su interior es abrumador. No hay un rincón de los 23.000 metros cuadrados de superficie que no tengan algún detalle. Cualquier otra iglesia, basílica o catedral pisada con anterioridad parece una parroquia de barrio en comparación con San Pedro del Vaticano. Si la intención era impresionar al visitante, desde luego que lo consiguieron. Lo de convertir al cristianismo al hereje, eso ya no, pero desde luego es imposible quedar indiferente ante tanto detalle de suelo a techo, ante la cantidad de obras de arte que alberga, ya sea de pintura o escultura (en lo que se refiere a arquitectura, la basílica en sí misma es una obra de arte). Se necesitarían no horas, sino días, para poder apreciar cada rincón.
No contábamos con tiempo ilimitado, así que nuestra guía nos llevó por los principales puntos. En primer lugar, imposible no destacar la famosa Piedad de Miguel Ángel, esculpida por el artista con tan solo 25 años. Es la única que lleva su firma (en la banda que cruza el pecho de la Virgen) porque cuando la presentó nadie creía que alguien de tan corta edad hubiera sido capaz de realizar tal obra.
Fue encargada por el cardenal de Saint Denis, embajador de Francia ante la Santa Sede, pero para cuando el artista la acabó (tan solo tardó un año), el religioso ya había fallecido, así que se ubicó en su tumba. No sería hasta 1750 que no se trasladaría a San Pedro. Ahora está protegida por un cristal antibalas, debido al ataque que sufrió en 1972 de manos de un sujeto al grito de “Yo soy Jesucristo”. Tuvo que ser restaurada porque al golpearla 15 con un martillo rompió el brazo, el hombro y la cara de María.
Miguel Ángel realizó otras dos Piedad a lo largo de su vida: la Pietá Rondini, que representa a Nicodemo sosteniendo al Cristo yacente junto a la Virgen y María Magdalena; y la Pietá Rondanini, que quedó inconclusa porque murió en plena elaboración (tenía ya 89 años).
Continuamos visitando las capillas, que tienen principalmente representaciones de algunos de los papas. Se puede ver la tumba de Juan Pablo II o la de Papa Alejandro VII de Bernini.
En el altar mayor, bajo la cúpula, destaca el baldaquino de Bernini, una magnífica obra de 29 metros de altura que encontramos cubierta parcialmente por andamios. Frente a él encontramos la veneradísima imagen de San Pedro, una estatua medieval realizada en bronce que muestra al apóstol sentado en el trono con las llaves en la mano izquierda y la derecha levantada realizando un gesto de bendición.
Los peregrinos besan el pie derecho como muestra de fidelidad al Papa. Como consecuencia, ese pie ha ido perdiendo definición con el paso del tiempo. En el día de su santo, la estatua es vestida con un manto púrpura o rojo, la triple tiara y el anillo de pescador.
Siguiendo con el recorrido podemos observar el monumento a Gregorio XIII, el padre de nuestro actual calendario, o el de Clemente XIII
Hicimos una parada también para observar que lo que de lejos parecen cuadros, de cerca son mosaicos. Originalmente sí que había cuadros decorando las paredes, pero la humedad los deterioraba. Así pues, se decidió trasladarlos a un lugar donde estuvieran protegidos y, en su lugar, poner réplicas realizadas con el método del mosaico. La verdad es que debió llevar muchísimo trabajo, porque las dimensiones son impresionantes. No sabría decir qué es más complicado, si pintar un cuadro o realizar un réplica en mosaico. El resultado desde luego es magnífico. Si no nos lo llegan a decir, ni me habría dado cuenta.
Para concluir nuestra visita a la basílica bajamos a las Grutas del Vaticano, una zona subterránea construida entre 1590 y 1591 para soportar el enorme peso de la Basílica. Inicialmente se concibieron como bóvedas subterráneas, pero pronto evolucionaron hasta convertirse en un espacio sagrado. Fue el Papa Clemente VIII quien en 1592 ordenó la renovación de la cripta medieval llamándola Capilla Clementina. Es el lugar que ahora contiene el sepulcro con los supuestos restos del Apóstol Pedro.
Con el paso de los siglos las grutas siguieron creciendo convirtiéndose en lugar de peregrinación y oración. Hoy funcionan como una basílica inferior, cuenta con seis salas arqueológicas con partes de la antigua iglesia y alberga las tumbas de Papas (en la planta de la basílica tan solo pueden estar aquellos Papas que hayan sido canonizados, el resto se encuentran en la cripta papal de San Pedro), líderes eclesiásticos y otras figuras históricas importantes de Roma (la Reina Cristina de Suecia, los últimos miembros de la familia real Estuardo o la Reina Carlota de Chipre entre otros). Además, conecta con la antigua Necrópolis Vaticana que se encuentra debajo.
Para concluir la visita nos quedaba prestar atención a las cinco puertas de entrada a la basílica. De izquierda a derecha tenemos: Puerta de la Muerte, Puerta del Bien y del Mal, Puerta de Filarete, Puerta de los Sacramentos y Puerta Santa.
La Puerta de la Muerte data de 1963 y es obra del escultor Giacomo Manzú y recibe ese nombre por ser la puerta de salida de los cortejos fúnebres de los papas.
La Puerta del Bien y del Mal es algo posterior. Fue realizada entre 1970 y 1977 por Luciano Minguzzi.
La Puerta de Filarete es la puerta principal y fue realizada entre 1439 y 1445 por Antonio Averulino Filarete, de ahí su nombre.
La Puerta de los Sacramentos es de 1965, obra de Venanzo Crocetti.
Finalmente, la más importante de todas, la Puerta Santa, fue realizada en bronce por Vico Consorti en 1950 y donada al papa Pío XII por los católicos suizos para el jubileo de aquel año.
Esta puerta permanece cerrada y tapiada con cemento por su parte interior en los días normales. Es el Papa quien se encarga de abrirla en vísperas de Navidad del año jubilar con el martillo que utilizó Pío XI en 1933 para después volverla a cerrar y tapiar cuando este concluye. El protocolo dice que mientras da tres golpes dice Aperite mihi portas justitiae, ingressus in eas confitebor Domino (Abridme las puertas de la justicia; entrando por ellas confesaré al Señor). Tras derribar la mampostería, el papa se ha de arrodillar mientra los penitenciarios la limpian con agua bendita. Finalmente, entra en la basílica junto con el resto del clero. No parece que se haya seguido al pie de la letra este año, supongo que por la escasa movilidad del papa actual.
Cuando concluye el año jubileo, en vísperas de Navidad de nuevo, se vuelve a cerrar la puerta y el papa bendice las piedras y la argamasa, pone la primera piedra y doce cajetillas de monedas o medallas de plata y oro. Y hasta dentro de 25 años (salvo que se estipule algún año jubilar especial antes).
En las placas sobre la puerta se indican las dos últimas veces que se abrió la Puerta Santa. En nuestro viaje en mayo de 2024 la inscripción del lado izquierdo recogía que Juan Pablo II fue el encargado en el Jubileo de 2000-2001 y la del lado derecho que Francisco lo fue en el 2015-2016, durante el Jubileo de la Misericordia, un año santo extraordinario. Imagino que en diciembre de este año se moverá la placa de la derecha a la izquierda para dejar lugar a la inscripción correspondiente a este año 2025.
Y con esto concluyó nuestra visita guiada a la Basílica de San Pedro. Aunque, aprovechando que aún nos quedaba algo de tiempo libre hasta la cita en los Museos Vaticanos, decidimos volver a entrar y observar algunos espacios que habíamos pasado rápido con la guía.

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