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Viaje a Roma II. Día 1: Paseo por el Trastévere

Jan 29, 2025
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Tras acomodar nuestras cosas en el apartamento y refrescarnos, comenzamos nuestro paseo por Roma. Con tan pocas horas por delante hasta el atardecer, no nos merecía la pena acercarnos al centro y perder tiempo en el desplazamiento, así que decidimos acercarnos al barrio del Trastévere, que nos quedaba a mano. Además, mejor empezar con una zona más limitada y no abrumarnos de golpe.

Aunque tampoco es que sea un barrio pequeño; de hecho, este barrio de carácter tradicionalmente proletario, es uno de los más grandes de la capital italiana. A finales del siglo pasado tuvo una época de decadencia, sin embargo, desde hace un par de décadas han ido proliferando bares y restaurantes que lo han convertido en uno de los más populares para comer y pasar el rato.

Es de las pocas zonas de Roma que aún conserva su estructura medieval. Delimitado entre el Ponte Sisto y el Ponte Garibaldi, el Trastévere (cuyo nombre significa en latín más allá del río Tíber) es el típico barrio italiano con su pintoresco entramado de callejuelas empedradas, fachadas coloridas semiocultas por la hiedra, flores en los balcones y ropa tendida.

Comenzamos por la Porta Portese, una antigua puerta de la ciudad que se halla al final de la Vía Portuensis. Fue construida en el siglo XVII para sustituir a la Puerta Portuensis de la Muralla Aureliana que estaba en ruinas por aquellos años. Hoy en día queda medio integrada en el barrio y apenas tiene mucho más que lo que se ve a simple vista.

Los domingos, de 8 a 14h, se celebra un mercadillo en el que se instalan más de 4000 puestos de lo más variopintos. Nació tras la II Guerra Mundial y en él se pueden encontrar desde antigüedades y reliquias con cientos de años hasta ropa por estrenar pasando por libros y coleccionables.

Desde allí nos dirigimos a la Chiesa Santa Maria dell’Orto (La iglesia de la Virgen del Huerto), construida durante la primera mitad del siglo XIV. La iglesia está dedicada a San Cristóbal Mártir, sin embargo, cambió su nombre cuando se trasladó una gran estatua de Virgen con el Niño que se consideraba milagrosa y que había sido encontrada en un huerto. También es conocida como la iglesia de Tintoretto, ya que en ella se puede encontrar tanto su tumba como muchas de sus obras. Y es que no vivía muy lejos de allí.

Su fachada cuenta con doce nichos que albergan sendas estatuas de los Apóstoles, otros cinco en la sección central con estatuas del siglo XVIII que representan la Prudencia, la Caridad, la Fe, la Esperanza y la Templanza.

No muy lejos se encuentra la Basilica di Santa Cecilia, una basílica que se erigió en el siglo IX sobre las ruinas de su antigua casa. Fue en aquel siglo cuando se encontró el cuerpo de la santa en las catacumbas de San Calixto, donde había sido enterrada tras ser martirizada en tiempos de Marco Aurelio.

Cuenta la leyenda que Cecilia fue torturada durante tres días por ser considerada culpable de haber tratado de convertir a su esposo Valeriano y su hermano Tiburzio al cristianismo. Parece ser que la mujer resistió a tres días de torturas y finalmente el verdugo la golpeó tres veces para intentar decapitarla. El Papa Urbano I, que había sido testigo del proceso, decidió enterrar el cuerpo entre los obispos y consagrar la casa convirtiéndola en una iglesia. El cuerpo sería encontrado en 1599 durante unos trabajos de excavación.

El artista Stefano Maderno, con tan solo 23 años, realizó una escultura en mármol que representa a Santa Cecilia en la postura en que supuestamente fue encontrada: tumbada, con la cabeza vendada tres cortes en el cuello que sangran.

La iglesia fue remodelada en el siglo XVIII, pero conserva el gran mosaico en el ábside del siglo IX, un mosaico en el portal y el campanario del siglo XII y el cimborrio gótico.

Bajo la iglesia se pueden ver unas excavaciones arqueológicas romanas previo pago. La visita a la basílica sin embargo es gratuita.

Siguiendo nuestro recorrido dirección al río, llegamos al inicio de la Via della Lungareta, una de las calles más fotogénicas de la ciudad y que sigue el trazado exacto de una antigua calzada romana.

La recorrimos hasta su cruce con la Via del Moro, en su unión con la Piazza di Santa Maria del Trastevere, donde se erige la Basilica di Santa Maria, la iglesia más importante del barrio y según algunas fuentes, el primer sitio oficial del culto cristiano en Roma.

Aunque la primera basílica se construyó en este emplazamiento en el año 337 por orden del papa Calixto I, la estructura actual data de una renovación del siglo XII durante el papado de Inocencio II (1130-1143). Tras el pórtico neoclásico del siglo XVIII, destacan su campanario románico y un mosaico hecho con pan de oro en la parte alta de la fachada original donde llama la atención la inusual imagen de la virgen amamantando al niño.

Una vez dentro sorprende su magnitud. Su imponente interior cuenta con 21 enormes columnas de mármol reutilizadas de las Termas de Caracalla y un espectacular techo de madera.

En la capilla del fondo a la izquierda se expone una tabla datada entre los siglos VI y VII en la que está representada la virgen de la Clemencia con una técnica de pigmentos y cera que utilizaban en el Imperio Romano. Además sorprende que tanto la zona del altar como la bóveda central están totalmente decoradas de arriba abajo. 

En la plaza no solo destaca la iglesia, sino también sus palacios del siglo XVII y la Fontana di Santa Maria in Trastevere, una de las primeras fuentes que se construyeron en la ciudad y, durante mucho tiempo, la única fuente pública en el barrio.

Esta obra de tres grandes arquitectos (el renacentista Donato Bramante y los barrocos Gian Lorenzo Bernini y Carlo Fontana) y, a pesar de haber pasado por numerosas intervenciones a lo largo de los siglos, conserva prácticamente su arquitectura original. Inicialmente contaba con dos cuencos de tamaños diferentes superpuestos, sin embargo, el segundo fue suprimido en el siglo XV, momento en el que se le añadieron las cuatro cabezas de lobo alrededor del cuenco restante.

En el siglo XVII la fuente fue trasladada al centro de la plaza y se aumentó el caudal de agua. Además, se le añadió el escudo de armas de Alessandro VII y cuatro conchas dobles. Posteriormente, en 1873, el Ayuntamiento hizo construir la fuente en un tipo de mármol gris y se añadió el S.P.Q.R. en la parte externa de las conchas.

Tras la parada en esta bulliciosa plaza, seguimos por la Via del Moro, una de las calles más transitadas y típicas del Trastevere plagada de bares y restaurantes. Comienza en la Piazza di Sant’Apollonia y va a morir en la Piazza Trilussa, junto al Tíber, a la altura del Ponte Sisto. Entre medias, esta estrecha y bohemia vía, queda atravesada por otras callejuelas igualmente pintorescas como la Via della Pellicia, el Vicolo di Renzi o el Vicolo del Cinque.

Y si la Via del Moro y sus calles adyacentes están llenas de vida, la Piazza Trilussa no le tiene nada que envidiar. Esta plaza, que es una de las más famosas de Roma, es uno de los lugares más concurridos de la ciudad. Y más un sábado de mayo, con clima agradable, a las 7 de la tarde cuando la gente sale a dar un paseo y cenar.

En la plaza se encuentra la Fontanone dei Cento Preti (La Fuente de los Cien Sacerdotes), una fuente encargada por el Papa Pablo V Borghese en 1613 para abastecer de agua al Hospicio de los Cien Hermanos. Originalmente este arco con una hornacina central flanqueada por dos columnas jónicas se ubicó en la Via Giulia, cerca del hospicio. Sin embargo, tras una inundación en 1870 fue desmantelada y, para cuando se volvió a reconstruir, se hizo en este emplazamiento, en lo alto de un tramo de quince escalones y mirando al puente Sisto.

Encontramos también una estatua en bronce de 1954 del poeta Carlo Alberto Salustri recitando uno de sus poemas. Este autor, famoso por sus poemas irónicos que apelaban a los políticos corruptos, es quien da nombre a esta animada plaza.

Para verla mejor, ya que había demasiada gente para poder apreciarla entre los músicos tocando y la gente viéndolos actuar, cruzamos el Ponte Sisto, un puente construido por orden del Papa Sixto IV para el Jubileo de 1475 para favorecer el tránsito de los peregrinos entre los barrios al otro lado del Tíber y el Vaticano. Y es que el anterior puente se había derrumbado siglos atrás y desde entonces había que dar un importante rodeo.

Volvimos sobre nuestros pasos hasta tomar el Vicolo del Cinque y nos perdimos un poco callejeando por él y por el Vicolo del Bologna, disfrutando de las callejuelas que cada vez se iban llenando más y más de gente tanto paseando como en las terrazas de los restaurantes.

Fuimos a dar a la Via della Scala, donde destaca la Chiesa di Santa Maria della Scala, una iglesia cuyo nombre y origen están relacionados con un icono milagroso de la Virgen María, que estaba en una escalera exterior adosada a una casa cercana.

Cuenta la leyenda que una niña muda recuperó el habla gracias a las plegarias de su madre. Desde entonces, aquella virgen en la escalera se convirtió en parada obligatoria de muchos peregrinos que acudían para ser curados, tanto que el Papa Clemente VIII mandó construir en 1592 una iglesia con convento anexo. En 1597 el complejo fue encomendado a las Carmelitas Descalzas.

Con planta de cruz latina, una sola nave y tres capillas a cada lado alberga en su interior varias obras de arte como la Decapitación del Bautista del pintor holandés Gerrit van Honthorst. Sobre su puerta de entrada destaca en un nicho la estatua barroca de la Virgen y el Niño del escultor Francesco di Cusart.

Siguiendo la via della scala nos encontramos con la Porta Settimiana, la única de las tres puertas originales que se conserva de lo que fuera la Muralla Aureliana. La Porta Aurelia, después conocida como Porta San Pancrazio fue desplazada tras la edificación alrededor de 1600 de la Muralla de Gianicolo, y la Porta Portuensis fue demolida y sustituida por la Porta Portese que vimos al principio.

De todas formas, lo que vemos hoy en día no tiene nada que ver con su aspecto original, que que fue reconstruida en 1498 por orden del papa Alessandro VI y restaurada a finales del XVIII.

Volviendo sobre nuestros pasos, recorrimos la via della scala hasta la Piazza di Sant’Egidio, que toma su nombre de la iglesia homónima dedicada a un monje benedictino y reconstruida sobre los cimientos de una iglesia preexistente en honor de San Lorenzo in Ianiculo.

Su fachada es sencilla, con un gran ventanal decorado. En una de sus paredes laterales, pintada directamente en el muro, está la Virgen del Carmen, una de las más grandes vírgenes pintadas en la ciudad.

A espaldas del Trastévere se encuentra la que llaman la octava colina de Roma, la colina del Gianicolo. Y hacia allá que nos dirigimos para ver atardecer.

Fue allí donde en 1849 tuvieron lugar luchas sangrientas entre las tropas de la República Romana, lideradas por Garibaldi, y las francesas, que habían atacado Roma para eliminar la república fundada en febrero de ese mismo año y restaurar el poder temporal del Papa. El gobierno de la República estaba dirigido por un triunvirato constituido por Giuseppe Mazzini, Aurelio Saffi y Carlo Armellini. Tras una larga y heroica resistencia, la República Romana fue arrollada por fuerzas mucho más poderosas y llegó a a fin el 30 de junio de 1849. Muchos jóvenes hombres que habían llegado desde diferentes partes de Italia y Europa para defender las ideas de libertad y la democracia representada por la República Romana dieron sus vidas en esta colina. Uno de ellos fue Goffredo Mameli, un poeta de 21 años que fue el autor del himno italiano.

Por esta razón, después de que Roma se convirtiera en la capital de una Italia unida, el Gianicolo pasó a ser considerado un símbolo de identidad nacional y allí se creó el parque con monumentos, bustos y lápidas que recuerdan a personalidades del Risorgimento, que lucharon por una Italia unida, libre e independiente.

Cada día, desde el 21 de abril de 1959, desde aquí a las 12 en punto se dispara el cañón para que así todas las iglesias de la ciudad sincronicen sus relojes y las campanas suenen todas en sintonía.

Antes de empezar el ascenso se halla la Fontana dell’Acqua Paola, una fuente de estilo barroco que fue encargada por el Papa Pablo V Borghese en 1612, el mismo de la Fontanone dei Cento Preti de la Piazza Trilussa.

Conocida por los romanos como la gran fuente, está compuesta por cinco arcos que quedan separados por columnas de mármol y tres nichos centrales con cascadas, aunque originalmente contaba con cinco pilas de agua, una por arco. En su parte superior hay dos ángeles alados sosteniendo el escudo papal sobre la inscripción que homenajea al papa responsable de promover la obra. En los extremos se ubican unos dragones y unas águilas.

Todos los materiales empleados para la construcción, como era típico en la época, fueron recuperados de otros monumentos antiguos, como por ejemplo piedras y mármoles del Foro de Nerva y columnas de granito de la Basílica de San Pedro construida por el Emperador Constantino.

Frente a la fuente hay una magnífica terraza desde donde se obtienen unas magníficas perspectivas del centro de Roma desde más de 80 metros de altura. Al no haber visitado aún la zona, no sabíamos muy bien aún qué era cada pico que sobresalía en la vista panorámica.

Subiendo por la Passeggiata del Gianicolo llegamos a la glorieta dominada por la estatua ecuestre de Giuseppe Garibaldi, uno de los artífices de la Unificación de Italia. Creada por el escultor Emilio Gallori, fue inaugurada el 20 de septiembre de 1895, en el aniversario de la toma de Roma en 1870, el evento final del Risorgimiento.

En su base se pueden ver dos grupos escultóricos que representan sendas batallas dirigidas por Garibaldi. Uno de ellos simboliza la que comentaba más arriba que tuvo lugar en 1849 ahí, en la colina del Gianicolo. El otro representa la Batalla de Calatafimi, de 1860, por la que se anexionó el Sur de Italia al Reino de Italia.

Hay además otros dos grupos escultóricos que representan América y Europa, en memoria por las batallas en las que participó Garibaldi para liberar a la gente en ambos continentes, lo que le hizo ganar el reconocimiento de Héroe de los dos mundos.

Asomándonos a la terraza en torno a esta glorieta se ve un magnífico atardecer con la Basílica de San Pietro del Vaticano de fondo.

Sin duda un buen colofón para el primer día. Ya con el sol ocultándose tocaba regresar al apartamento. Y como íbamos a tardar lo mismo andando que esperando a un bus y estábamos relativamente frescos, elegimos el paseo para empaparnos bien de la ciudad.

 
 
 

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