Viaje a Azerbaiyán y Georgia XIII: Día 5 II. Tiflis
Continuamos con nuestro paseo por Tiflis pasando la Plaza de la Libertad y adentrándonos en un casco histórico de lo más pintoresco con calles adoquinadas, coloridas viviendas, pequeños comercios y zonas de restauración.
En nuestro camino nos encontramos con varios centros religiosos. El primero de ellos fue la Catedral Sioni, que, siguiendo la tradición georgiana medieval de nombrar iglesias según lugares de Tierra Santa, hace honor al Monte Sion en Jerusalén. Terminada en la primera mitad del siglo VII, esta iglesia, ha sido destruida y reconstruida en numerosas ocasiones.
Es una iglesia muy sencilla, aunque en su interior alberga una de las reliquias más importantes del país, la cruz de Santa Nina, mujer que consiguió la evangelización del territorio de Iberia (hoy Georgia). Esta cruz latina con los brazos horizontales ligeramente curvados hacia abajo está realizada con dos ramas de parra y, de acuerdo con la leyenda, está entrelazada con los cabellos de la santa.
Nuestra siguiente parada fue la Iglesia Jvaris Mama, construida en el siglo XVI sobre las ruinas de un antiguo templo del V, del que aún se conservan algunos restos en la parte posterior del edificio. Le debe su nombre a una antigua iglesia ortodoxa georgiana de la ciudad de Jerusalén.
No muy lejos se encuentra la Gran Sinagoga del Rey David, conocida también como la Sinagoga georgiana, Sinagoga sefardí o Sinagoga de los judíos de Akhaltsikhe, pues de ahí eran quienes promovieron su construcción a principios del siglo XX. Con un exterior bastante sencillo en ladrillo rojo georgiano tradicional, dirige su entrada hacia Jerusalén.
Durante siglos los judíos convivieron en Georgia sin ningún tipo de problema. Coexistieron pacíficamente con otras religiones hasta la llegada del gobierno bolchevique, que provocó un éxodo masivo de los judíos de la región. En 1994, tras la independencia de Georgia, se emitió un decreto sobre la protección de los monumentos religiosos, culturales e históricos judíos.
Desde allí dirigimos nuestros pasos hacia el puente Metekhi para volver a cruzar el río Kurá. Desde él, si nos giramos, tenemos una magnífica panorámica de la zona de los baños (ya volveríamos más tarde) y la fortaleza en lo alto de la montaña.
Cruzando el río, a nuestra izquierda, podíamos ver el Puente de la paz, que tuvo que ser traído en 200 piezas sin montar desde Italia a la capital georgiana.
De construcción relativamente reciente (se inauguró en mayo de 2010), esta pasarela peatonal de 156 metros y con forma de arco está realizada en cristal y acero. Lleva incorporadas más de 10.000 bombillas LED, que se encienden a diario 90 minutos antes de la puesta de sol.
En el lado opuesto encontramos una colina donde la leyenda dice que fue martirizado en el siglo VIII el patrón de la ciudad. Allí destacan la estatua ecuestre del Rey Vakhtang Gorgasali y la capilla Metekhi.
Esta iglesia ortodoxa fue fundada por Vajtang I Gorgasali en el año 455. Destruida en 1235 durante la invasión de los mongoles, fue reconstruida en 1289. Y aunque en la época soviética fue usada como teatro, en 1988 volvió a su función original.
Una vez cruzado el puente llegamos al Parque Rike, un terreno que hace unos años era un campo de asfalto que los locales usaban para aprender a conducir. Hoy es uno de los espacios públicos más famosos de Tiflis con zona infantil, espectáculo nocturno de luces y punto de partida del teleférico que lleva a la fortaleza de Narikala, en la cresta de Sololaki.
Pensábamos que con la tarjeta que habíamos sacado el día anterior en el aeropuerto íbamos a poder subir porque tenía el dibujo de un teleférico, sin embargo, tuvimos que sacar la metromoney en taquilla. Ya con nuestro título correcto, montamos en la cabina y disfrutamos de las vistas a medida que íbamos cogiendo más y más altura.
El trayecto apenas dura unos minutos y enseguida estábamos en la Fortaleza Narikala, que en su día, como parte de la Gran Ruta de la Seda. Data del siglo IV a.C. y ha sido extendida y expandida varias veces a lo largo de su historia. Durante los siglos VII y VIII fue ocupada por los árabes, quienes la reconstruyeron y dejaron su impronta en el estilo. Más tarde, entre el XI y el XII fue el turno de los mongoles. Su estado actual se debe al terremoto que asoló la ciudad en 1827.
Caminando por la fortaleza entre puestos de artesanía, souvenirs y golosinas llegamos a una enorme estatua de una mujer. Se trata de Kartlis Deda, la Madre de Georgia, una figura de aluminio de nada menos que 20 metros de altura.
Realizada por la artista Elguja Amashukeli, se inauguró en 1958, con motivo del 1500 aniversario de la fundación de la ciudad de Tiflis. En 1966 la autora recibió el Premio Estatal Shota Rustaveli por esta escultura que se ha convertido en uno de los símbolos no solo de la ciudad, sino del país. Representa a una mujer vestida con ropa nacional georgiana que sostiene en su mano izquierda un recipiente de vino en ofrenda a aquellos que lleguen en calidad de amigos, y una espada en la derecha para los que lo hacen como enemigos.
Eso sí, cabe señalar que la escultura original fue sustituida en 1997 por la que vemos hoy en día.
Volviendo sobre nuestros pasos llegamos al mirador junto al teleférico y nos detuvimos unos minutos a observar las vistas de la ciudad.
Como la bajada es siempre más sencilla que la subida, decidimos que en lugar de tomar el teleférico de nuevo, esta vez íbamos a ir por las escaleras de vuelta a la ciudad. Pero antes de bajar hicimos una última parada en el Templo de San Nicolás, una construcción bastante reciente y sencilla. Erigida en 1997, sustituye a la iglesia original, que databa del siglo XII. En su interior se pueden ver frescos que muestran escenas de la historia del país, así como de la Biblia.
La elección fue la correcta, puesto que mientras bajábamos las decenas de escalones que nos llevaban de nuevo al casco antiguo de Tiflis descubrimos el Barrio azeríe o abanotubani, el lugar donde, según la leyenda, cayó el halcón del rey Vajtang Gorgasali y llevo a este a descubrir las aguas termales y fundar la ciudad.
No había mucha gente por sus calles y nos encontramos con interesantes y coloridos edificios, zonas verdes, y puestos callejeros donde vendían zumos de naranja y granada. E incluso alguno de Glühwein.
Ya abajo fuimos a parar a los baños de azufre, construidos entre los siglos XVII y el XIX al calor de las aguas termales sulfurosas de la zona. El más antiguo de todos es el Irakli y el que ostenta el título de más bello es el Orbelani, decorado con minaretes y una fachada con mosaicos de cerámica. No obstante, como tantas otras partes de la ciudad, los baños fueron destruidos y reconstruidos en diversas ocasiones, por lo que lo que encontramos hoy en día tienen ciertas modificaciones con respecto a los originales.
En la antigüedad estos baños no solo se usaban como lugar medicinal o para irse a relajar, sino que eran como centros sociales. Allí se encontraban los vecinos, se presentaban jóvenes con intención de arreglar uniones entre familias, se celebraban fiestas e incluso se hacían negocios. En la actualidad siguen siendo muy populares entre lugareños y visitantes.
Junto a los baños destaca la Mezquita Jumah, también conocida como Mezquita de Tbilisi. Es la única que se conserva en toda la ciudad, herencia de la época de la conquista árabe en la segunda mitad del siglo VII. A principios del siglo XVIII los otomanos construyeron en este lugar una mezquita suní, pero en la década de 1740, cuando Tiflis fue atacada por los persas, estos ordenaron destruirla, para erigir una chiíta en su lugar. Aunque fue reconstruida por el el arquitecto italiano Giovanni Scudieri entre 1846 y 1851, también fue demolida a finales del siglo XIX.
Tras varias reconstrucciones y los años de pertenencia a la URSS, la religión pasó a un segundo plano. Sin embargo, hoy en día, la minoría musulmana que reside en la ciudad (independientemente de si pertenece a la rama chiíta o suní), acude a esta mezquita. Esto la hace ser una de las pocas del mundo en las que fieles de ambas ramas rezan juntos. En un principio lo hacían separados por una cortina, pero el imán de la mezquita la retiró en 1996 y ahora comparten espcaio común.
Con un cuerpo de ladrillo rojo y un minarete cuadrado, lo que realmente destaca es su portada decorada con azulejos azules. El enclave junto a los baños, el río y las casas con balcones tradicionales también ayuda a que sea uno de los lugares más fotografiados de la ciudad.
Dos de los puentes junto a los baños y a la mezquita no se han librado de la moda de los candados y ahora son conocidos como los puentes del amor. A ver cuándo a la gente le deja de hacer gracia esta costumbre que no hace más que añadir peso a los puentes, oxidar sus pasamanos y ponerlos en riesgo.
Llegados a este punto teníamos hambre, por lo que decidimos que era hora de hacer un alto en el camino antes de seguir con nuestra ruta del día.

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