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Venadito

Apr 25, 2017
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“Hay que cantarle a las cosaspara que aparezcan”,me dijo Felipe.

Y así anduvimos entre el desierto y las espinas, con los zapatos empolvados y el alma despierta.

Venadito, ¿dónde estás que no te veo? ya no te escondas venadito, que quiero verte y platicar contigo.

Y apareció entre los huizaches, brincando, sonriendo.

Y aprendí entonces, que cantar es aprender a ver, y cantarle a la vida es otra forma de rezarle a Dios.

Y así se nos pasó la noche, escuchando los cuentos del venadito que nos contaba cómo había sido el comienzo del tiempo, cuando se creó el mundo entre los cerros.

Habíamos llegado puntuales a la cita con la curandera que buscaba leche para su chivito en medio de la tiniebla, justo ahí, donde se bifurca el escabroso camino de laderas imposibles.

Y recordamos que para hablar con los animales y las plantas y las estrellas es necesario hablar en la lengua del corazón.

Y así fuimos dialogando con la tierra, porque el alma es una lumbre inquieta que se agita alegre con el viento de la noche.

Así se fueron quemando las horas entre la leña, y las estrellas fosforecía sobre nosotros y la nopalera nos protegía con un abrazo mientras contemplábamos un bello atardecer de luna y los risueños tlacuaches se escondían entre las piedras.

Ahí estaban todos reunidos: los enamorados, el caminante del cielo, el mono y la serpiente.

Y así nos fuimos encontrando entre las dudas, desenrollando laberintos, discutiendo a carcajadas.

Despertamos del sueño con sabor a papa caliente, escuchando las palabras del amoroso campesino que se apareció de pronto para mostrarnos su casa, y nos dimos cuenta que todavía existe gente buena en este mundo de lobos, por alguna extraña razón.

Llegó la hora del regreso y también las despedidas, la hora de la poesía para soñar hacia dentro y hacia fuera, con las manos desnudas y los pies descalzos, soñar mundos lejanos en el tiempo-carretera que se iba extendiendo en el horizonte hasta la puesta del sol, era el regreso a la dura jornada llena de contradicciones y desvelos, de nadar contracorriente.

Y aprendimos entonces, que la magia del mundo consiste en cantar: cantarle a la vida para hacerla florecer. ::.

 
 
 

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