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UNA TUMBA PARA LLORAR A NUESTROS MUERTOS

Apr 16, 2020
3 min read
Carlos García Dorantes

En la película Nosotros los pobres, Pepe “el toro” (un humilde carpintero de buen corazón) vive en una vecindad de la ciudad de México, junto con su madre y su sobrina conocida como Chachita, una niña huérfana que marcada por las desgracias acude recurrentemente al cementerio a llorar por su madre muerta, hasta que un día se entera que había estado llorando al sepulcro equivocado. Al final de la película, cuando Pepe sale de la cárcel y se casa con su novia Celia “la romántica”, acuden en familia una vez más al cementerio a rendir respeto a sus muertos. La mujer que le había dicho a Chachita que aquella no era la tumba de su madre le pregunta si se había vuelto a equivocar de sepulcro, a lo que la niña contesta: “ahora si ya tengo una tumba para llorar”.

A más de 70 años de su estreno, la película evidencia un fenómeno aún perenne en el México del siglo XXI: la desigualdad regional, entendida como la manifestación en la cual las regiones dentro de un país, ciudad o comunidad, tienen un acceso diferente e incluso discriminatorio a un nivel o desarrollo de vida, sorprendentemente el tema retoma relevancia en la agenda pública  frente a la inesperada crisis que ha generado la pandemia del coronavirus.

Este tipo de disparidades territoriales, se denotan marcadamente  en la seguridad social. Según el informe del Colegio de México desigualdades en México del año 2018, la distribución porcentual de la población con acceso a seguridad social en las entidades del norte y centro del país, en Jalisco, Colima, Aguascalientes, CDMX y Quintana Roo oscilaba entre el 56.7 y el 66.6, versus a la situación en el sur del país (dónde los trabajadores reciben salarios relativamente más bajos y carecen de un sistema de protección que los ayude a enfrentar circunstancias adversas) que solo era del 17.2 a 27.1, esto se explica, en parte, debido a que los apoyos de los programas sociales se distribuyen conforme a la contribución de cada entidad federativa, es decir, en el esquema mexicano quienes más aportan más reciben, siendo que la esencia de una federación es completamente distinta.

Si ahondamos más en el tema, nos daremos cuenta que en cuanto a salud se refiere, el panorama no pinta mucho mejor. Según un cruce de datos de la SSA y el último censo del INEGI realizado por el think tank en comunicación de negocios EL CEO, México cuenta con 4,291 camas para cuidados intensivos, equivalentes para un promedio de 3.8 camas por cada 100,000 habitantes, pero cuando nos enfocamos en los casos por estado nos encontramos por ejemplo que, mientras en CDMX el número va de 11 camas por cada 100,000 habitantes, en Oaxaca se alcanza el vergonzoso número de 1.2 camas por cada 100,000 habitantes. Lo anterior lleva a la conclusión de que mientras en el norte habrá estados que podrán hacer frente a la pandemia como lo hace Alemania, al sur algunas entidades tendrán que vivir la fase 3 y 4 del coronavirus como lo hará Haití.

Esta controversia Norte vs Sur, solo podrá ser dirimida si el estado establece políticas encaminadas a un desarrollo equilibrado y balanceado aún inexistentes, dónde las entidades que más apoyos reciban sean aquellos con las poblaciones más vulnerables y no necesariamente los que más contribuyan, una política pública que tome en cuenta la densidad poblacional de las delegaciones de la CDMX (puesto el virus se esparce más rápido en estas condiciones) en lugar de focalizar los esfuerzos en zonas cosmopolitas como lo proponen los multimillonarios mexicanos.

En México hay miles de personas que se encuentran en situación de extrema vulnerabilidad frente a la enfermedad que pareciera moverse de manera rápida escondida en el aire, de no asegurar los insumos necesarios para esta población, a todos ellos al igual que a Chachita, solo les alcanzará para una tumba en donde llorar a sus muertos.  

 
 
 

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