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TÍTERE

May 12, 2019
3 min read

¡Con tanta facilidad! –Me movías el cuerpo

Un hombre despierta con grave resaca en el apartamento equivocado, enciende un cigarrillo a pesar de que la garganta le raspa engranes solo conocidos por el cáncer y trata de vestirse sin despertar a la mujer que sí conoce y, con la que no debería estar. Pasa al baño primero (las despedidas inútiles no son lo que buscas al cagar en casa ajena.) Se peina un poco, vuelve para echarle un vistazo al par de piernas en la habitación y nota cierta fragilidad en las manos que tiemblan zumbando como tronar de cartílago. En vez de café, destapa otra cerveza, solo bebe la primera mitad y sale sin que nadie le enseñe por donde debe ir.

Afuera, nota que hay un día bastante agradable, está en Bogotá y los días son agradables a pesar de que sean nublados. La gabardina color vino que nunca lava, se nota fantástica en contraste con el azul del tiempo. Pasa por la puerta principal, el guardia le abre y no sospecha que dejó a una mujer abandonada en cualquier rincón del complejo inmobiliario. Antes de salir tomó un billete de cincuenta mil del bolso de la señorita, no tendrá que irse en Transmilenio. Alza la mano y a la primera atina un taxi, sube al auto, da la dirección y se plantea no pensar mucho mientras el tráfico citadino le hace pagar más de lo necesario (así sea robado.)

La ventana le mostró parte del dolor en las personas – de quienes deben dormir duro para olvidar penas y no son afortunados como aquellos hombres que viajan en auto. Le duele la garganta, paga el taxi porque ha llegado a su pensión de universitario y enciende otro cigarrillo antes de entrar. Dentro, todo está común, nada ha cambiado y seguramente no cambiará por más que se ausente, toma el plato de comida que corresponde al desayuno y va a su habitación a descansar.

Algo le recuerda melancolía, un año después seguirá igual, pero es que ahora es extranjero y está a punto de cometer atrocidades por una mujer nativa. Decide terminar el desayuno, no tiene obligaciones mayores porque es fin de semana, se quita los lentes, se quita la ropa, se quita de la mente el olor del sexo y así duerme; sin lograr paz.

Despierta con pocas fuerzas, el día anterior le realizaron alquimia en el cuerpo. La mujercita por la que duerme insatisfecho le colocó hilos rojos por todo el torso, le besó la cara con canela y lo embalsamó con sangre y miel -Nadie sabe cómo responder ante eso. La garganta sigue raspando, seguramente le dará temperatura y locura. Se da un baño (nunca es tarde para despertar) se enjabona las partes donde quedan residuos de dulzura, se talla firme las esquinas que fueron más utilizadas y bebe agua directo de la regadera.

Al vestirse sabe que hay lugares que están incompletos en su cuerpo, hay himnos difuminados y orificios que corresponden a las agujas con que lo movieron rígido pero erótico. Coloca algunas telas planchadas sobre su desnudez, bien sabe que hay que tapar lo que está incompleto (y a pesar de que lo estuviera) siempre hay que tapar todo por aquello de la morbosa ciudad en la que vive.

Es sábado y no fue a la clase que le daría puntaje extra, va a la tienda y saluda a los vecinos, pide dos botellas de vino y retorna a la habitación donde no hay aire ni tampoco pasa el tiempo. Destapa con un cuchillo y un zapato ambos cristales, jamás compró un sacacorchos porque era inútil. Se sienta en la esquina más cómoda de la cama, no va por su comida porque comer le haría sentir menos ebriedad, no usa un vaso y sorbe directamente de la botella mientras la incertidumbre contagia, pequeños dolores en el pesar del pecho.

Se siente ebrio, grita con una punzada al culo GRITA CON UNA PUNZADA EN EL CULO. Prepara otro sorbo de vino OTRO SORBO DE VINO

y lo interrumpe (no una corazonada) sino el timbre que no se apiada:

Es la mujer que dejó abierta en algún rincón de Bogotá, le pide pasar y él accede por la embriagues. Juntos beben todo el vino posible, juntos juntan, juntos juran, juntos beben, juntos y todo lo posible, cruzan… El hombre está asustado al ver nuevamente la ajuga – Algo se inyecta

JAZZ PUMM JAZZZ

La mujer se acuesta al lado del hombre, le quita una costilla y acomoda la aguja. JAZZ PUMM JAZZZ, el hombre ya no está asustado, un chirrido chilla chusco.

Al hombre lo estiran, lo tuercen

– Es un cigarrillo fumado.

La mujer se va, sabiendo que la mejor venganza que le pudo dar un títere, fue dejarlo sin piernas para amar.

JAZZ PUMM JAZZZ

¡¡¡¡

El pedazo de tela, sin músculo: aún quiere hacer el amor.

– Eduardo Arrequín

 
 
 

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