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Táctil

Jul 7, 2019
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Reviéntame el corazón a mordidas con la furibunda dentellada de tu tibia indiferencia.

Es el presagio-destino de mis días calavera, la nave doliente y delirante por donde marchan mis restos en el panteón de mis sueños descarnados, el manicomio de tus besos ausentes.

El alma a la deriva es un viejo astillero donde van a morir los fantasmas, un ataúd sin puertas ni ventanas donde se abreva mezcalina para encubrir esta sucia soledad.

El tapiz de mi sangre lleva tatuado el Norte y tu aliento de madera, una quimera de rostros encendidos, un recale de labios silenciosos que incendiaron para siempre la sudorosa piel del horizonte.

Quiere bañarte mi lengua en caricias, en el estruendo de la tarde-taquicardia que me arrastra lejos, un país remoto donde no sale el sol.

Fue el recuerdo de tu boca el que gobernó mis días, soñolientos, mis días de locura intempestiva y necesaria, como un ramo de flores, esa magra carestía de vivir abatido y arrollado por tu nombre de hojarasca.

Al otro lado del tiempo solo sombras, al otro lado del camino solo un desfiladero de crueles verdades con sombrero, un barranco gracioso esgrimiendo conjeturas y nostalgias en la quietud de febrero.

Ahora respiro el aire-insecticida que impregnó mi cuerpo en la criminal reticencia de tus manos radioactivas.

Las fotografías que nos vieron morir de amor son ahora un derrotero de misivas sin respuesta, citoplasma derramado tras la delgada membrana de un recuerdo, el olvido añejado en mis fiebres de poeta errante.

Todavía siento la clarividencia de tus ojos soñolientos sobre los míos, todavía siento el embrujo de tus piernas, esa pulsión animal que nos aúlla en la poesía del tacto y su predisposición a cantar.

Dice Foster Wallace que escribir nos ayuda a afrontar la soledad esencial del mundo (o algo así) y tiene razón, porque la soledad puede ser también una pincelada al filo de la noche, un baño de agua fría, el ataque cardiaco que en ocasiones padece el crepúsculo.

Nada que el tiempo y el ansia no permitan florecer.

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