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TÁCTIL

Jun 24, 2019
2 min read

Tres poemas para amorosos:

Labiodental 

El equilibrio oral 

de tu nombre 

crece, 

esparce su aroma 

y tacto gutural

como finísima 

punzada, 

como frágil concierto 

de uvas 

y polvo, 

como remembranza 

del vino 

y el tuétano. 

Me seduce la boca 

un morbo 

acalambrado 

en el acento; 

eco de luces 

y pájaros 

que nos dejan. 

El garabato se escurre 

al contorno 

– rinconcito en 

la frente 

que hoy me busca. 

Crece el borboteo, 

como ruido

jurado, 

manantial, 

pecho, 

aguja torcida 

y trigo; 

Crece, 

pellizco 

pétalo 

y 

gaviota

– lengua 

de 

sal, 

labiodental 

tronando. 

A poca luzCon tantos fenómenos del mundo  moderno,  sigo despierto en tu recuerdo.  

Con la guerra en oriente,  con el dolor del pulmón  por la contaminación  que nos dan los placeres de las  transnacionales;  sigue el alivio de que estés viva. 

Con las muelas del juicio  que no me han salido,  con el olor de las calles cubiertas  de cuerpos rotos,  con el ardor de la costumbre  laboral en octava de sufrimiento;  sigo pensado que me vas a querer. 

Con tantos hijos de tantos padres perdidos,  con tanta sustancia inevitable  e ilegal,  con tanta botella tirada en los arrecifes  del alma:  ¿Apoco no estoy loco  por pensar  en ti? 

Con tanto periodista muerto,  con tanta cuarta y con tanto médico cobrando  la salubridad del pensamiento – Yo,  idiota ¡Inconsciente de la realidad latinoamericana! 

A poca luz,  te sigo extrañando. 

Mineral

Plagas de luz 

te brotan 

con chispazos 

dulces, 

de las flacas piernas 

los flacos dedos 

la flaca cara 

tu flaco acento. 

Me miras con hambre 

como despertando 

un nido de abejas 

que se nos lazan 

en caravana 

y ruido. 

Me miras plagada, 

flaca 

y a punto de morderme 

con tus muslos 

cruzados, 

pies descalzos 

y breves 

al aire. 

Despiertas en los sillones

figuras 

que quedaran retratadas 

por el peso 

de tu humor, 

contándome chistes

atrás 

de la oreja 

y quedándote 

arrancable del 

polvo 

y otras mujeres, 

pero nunca 

del silencio 

habitual 

con que me llegas 

a los músculos. 

Me vibras en los cigarrillos 

y a altas horas de la noche 

cuando estoy solo

y tu mano 

está en tu cuerpo 

o en otro. 

Fracturas el aire 

del eco oral 

en mi garganta 

húmeda, 

correando 

movimientos 

y agujas 

en el recorrido táctil, 

gutural 

en la memoria 

de tus selvas 

y chillidos. 

Creces con los minerales

de mi pecho, 

yo te riego 

y tú me creces 

en aliento de los jugos 

y caderas desabrochadas, 

tú me creces con la extensión 

dudosa 

de las fronteras 

y goteros, 

en el palpito central 

del beso púbico, 

púbico cansado. 

Punzas en mi 

cabeza; 

mientras me miras 

en los recuentos 

de cabello mañaneras, 

mi ánimo siempre 

anda de ti 

– esperando… 

Eduardo Arrequín

 
 
 

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