TÁCTIL
Tres poemas para amorosos:
Labiodental
El equilibrio oral
de tu nombre
crece,
esparce su aroma
y tacto gutural
como finísima
punzada,
como frágil concierto
de uvas
y polvo,
como remembranza
del vino
y el tuétano.
Me seduce la boca
un morbo
acalambrado
en el acento;
eco de luces
y pájaros
que nos dejan.
El garabato se escurre
al contorno
– rinconcito en
la frente
que hoy me busca.
Crece el borboteo,
como ruido
jurado,
manantial,
pecho,
aguja torcida
y trigo;
Crece,
pellizco
pétalo
y
gaviota
– lengua
de
sal,
labiodental
tronando.
A poca luzCon tantos fenómenos del mundo moderno, sigo despierto en tu recuerdo.
Con la guerra en oriente, con el dolor del pulmón por la contaminación que nos dan los placeres de las transnacionales; sigue el alivio de que estés viva.
Con las muelas del juicio que no me han salido, con el olor de las calles cubiertas de cuerpos rotos, con el ardor de la costumbre laboral en octava de sufrimiento; sigo pensado que me vas a querer.
Con tantos hijos de tantos padres perdidos, con tanta sustancia inevitable e ilegal, con tanta botella tirada en los arrecifes del alma: ¿Apoco no estoy loco por pensar en ti?
Con tanto periodista muerto, con tanta cuarta y con tanto médico cobrando la salubridad del pensamiento – Yo, idiota ¡Inconsciente de la realidad latinoamericana!
A poca luz, te sigo extrañando.
Mineral
Plagas de luz
te brotan
con chispazos
dulces,
de las flacas piernas
los flacos dedos
la flaca cara
tu flaco acento.
Me miras con hambre
como despertando
un nido de abejas
que se nos lazan
en caravana
y ruido.
Me miras plagada,
flaca
y a punto de morderme
con tus muslos
cruzados,
pies descalzos
y breves
al aire.
Despiertas en los sillones
figuras
que quedaran retratadas
por el peso
de tu humor,
contándome chistes
atrás
de la oreja
y quedándote
arrancable del
polvo
y otras mujeres,
pero nunca
del silencio
habitual
con que me llegas
a los músculos.
Me vibras en los cigarrillos
y a altas horas de la noche
cuando estoy solo
y tu mano
está en tu cuerpo
o en otro.
Fracturas el aire
del eco oral
en mi garganta
húmeda,
correando
movimientos
y agujas
en el recorrido táctil,
gutural
en la memoria
de tus selvas
y chillidos.
Creces con los minerales
de mi pecho,
yo te riego
y tú me creces
en aliento de los jugos
y caderas desabrochadas,
tú me creces con la extensión
dudosa
de las fronteras
y goteros,
en el palpito central
del beso púbico,
púbico cansado.
Punzas en mi
cabeza;
mientras me miras
en los recuentos
de cabello mañaneras,
mi ánimo siempre
anda de ti
– esperando…
Eduardo Arrequín

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