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Tauromaquia

Apr 1, 2014
2 min read

Vivir es una faena permanente,

es esquivar a la muerte que te

roza la entrepierna

en la furibunda cornada de un toro,

es matar o morir,

burlar el destino fatal

en la suerte cruel de hundir la espada

sobre el enemigo,

solo para alargar su agonía

y celebrar su dolor,

es un ritual de la venganza

donde es necesario

asesinar a la bestia

y todo aquello que representa,

una metáfora de la vida que embiste

y destripa al menor descuido,

una fiesta inquisidora

donde matar y morir son sinónimos,

habrá que excretar el rencor

sobre el ruedo,

batirse entre luces y

coloridos abanicos donde

se oculta el asesinato próximo,

la reivindicación de la barbarie

y nuestras ganas de morder,

una oda brutal

a la desgracia humana

y su hambre de regar la muerte,

es una liturgia fúnebre del

dominical baño de sangre,

huir del dolor y hacer que duela

todo al mismo tiempo,

una sed victimaria

siempre insatisfecha.

La valentía innecesaria

es tan parecida a la cobardía,

es una mutilación convertida en trofeo,

un carnicero con delirio de pañuelos blancos

en esta grotesca parodia del arte,

donde el torero es un verdugo

de capucha negra

queriendo imitar a Picasso

con la galanía que otorga

el asesinato impune,

es un héroe victimario

que se encomienda a la ira de Dios

antes de arrojarse sobre las brasas

en su anhelada búsqueda del perdón

y el clamor de la venganza,

ahí va el matador al matadero,

montado sobre la sacramental

maquinaria del pecado

y el negocio de la culpa,

la reinvención de la Santa Inquisición

y el Coliseo romano a la española,

la diversión de la tortura

y su exploración estética.

Será por eso que detesto

las corridas de toros.

::.

 
 
 

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