Tauromaquia
Vivir es una faena permanente,
es esquivar a la muerte que te
roza la entrepierna
en la furibunda cornada de un toro,
es matar o morir,
burlar el destino fatal
en la suerte cruel de hundir la espada
sobre el enemigo,
solo para alargar su agonía
y celebrar su dolor,
es un ritual de la venganza
donde es necesario
asesinar a la bestia
y todo aquello que representa,
una metáfora de la vida que embiste
y destripa al menor descuido,
una fiesta inquisidora
donde matar y morir son sinónimos,
habrá que excretar el rencor
sobre el ruedo,
batirse entre luces y
coloridos abanicos donde
se oculta el asesinato próximo,
la reivindicación de la barbarie
y nuestras ganas de morder,
una oda brutal
a la desgracia humana
y su hambre de regar la muerte,
es una liturgia fúnebre del
dominical baño de sangre,
huir del dolor y hacer que duela
todo al mismo tiempo,
una sed victimaria
siempre insatisfecha.
La valentía innecesaria
es tan parecida a la cobardía,
es una mutilación convertida en trofeo,
un carnicero con delirio de pañuelos blancos
en esta grotesca parodia del arte,
donde el torero es un verdugo
de capucha negra
queriendo imitar a Picasso
con la galanía que otorga
el asesinato impune,
es un héroe victimario
que se encomienda a la ira de Dios
antes de arrojarse sobre las brasas
en su anhelada búsqueda del perdón
y el clamor de la venganza,
ahí va el matador al matadero,
montado sobre la sacramental
maquinaria del pecado
y el negocio de la culpa,
la reinvención de la Santa Inquisición
y el Coliseo romano a la española,
la diversión de la tortura
y su exploración estética.
Será por eso que detesto
las corridas de toros.
::.

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