Tacos, canciones, viento y ceniza

“¿Te ha pasado alguna vez que, al igual que ocurre a veces con las canciones, la comida deja de decirte cosas?”, preguntó ella mientras caminábamos por la Zona Rosa, rumbo a una conferencia de prensa.
“Creo que no”, dije sorprendido por la extraña comparación.
“Sí”, insistió ella. “Por ejemplo, a mí me pasó hoy mientras comía un taco de rajas con crema. Antes adoraba las rajas. De repente me entraba tal antojo que tenía que hablarle a mi mamá para que las preparara el fin de semana cuando iba a comer a su casa. Y de repente, nada. Como que perdieron el encanto. Ya no significaban nada para mí, más allá de ser una comida cualquiera”.
Luego de la explicación, entendí mejor lo que quería decir.
“Lo mismo pasa con las canciones”, continuó. “¿Nunca te ha pasado que oyes una canción que te hace sentir cosas muy profundas, de esas que te enchinan la piel y te transportan lejos mientras las oyes, y de repente las vuelves a oír y nada? Vaya, ni siquiera el recuerdo que traen consigo esas canciones vuelve a surtir efecto en nosotros. Así me pasó hoy en la mañana mientras comía un taco de rajas”, terminó su exposición.
Y sí, a todos nos ha pasado alguna vez, me dije a mi mismo mientras seguimos durante algunas cuadras dándole vueltas al asunto. ¿Por qué será que algo que nos hace sentir cosas, de un día para otro se desaparece sin dejar huella? Le pasa a cualquiera.
“Supongo que algo parecido ocurre con las personas”, dije de pronto. “¿O no te ha pasado que en determinada época de tu vida sientes que estás completamente enamorada de alguien y de pronto vuelves a ver a esa otra persona, y ya no sientes nada? Dicen que donde fuego hubo, cenizas quedan, pero a veces pasa que la ceniza se la lleva el viento”, agregué.
Se me quedó viendo, curiosa, con sus ojos grandes, ligeramente húmedos, ligeramente rojos.
“Sí, tienes razón. Nunca me había dado cuenta que las personas son como las canciones de José José o los tacos de rajas con crema”, dijo ella en broma, tratando de quitar el tono solemne a nuestra extraña disertación.
Una ligera brisa sacudía las ramas de los árboles. Pájaros negros graznaban mientras los coches permanecían atorados sobre Reforma. Era una tarde soleada y breve, como las emociones humanas. El viento arrastraba un puñado de hojas sobre la banqueta. ::.

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