Sonata a deshoras (o el poeta cabalgando la acidulada noche)
La noche respira y se vuelve otra sustancia, enervante, como el delirante aroma de sus pechos prohibidos aún por florecer, como roídos cuerpos que preguntan dónde yacen sus propias tumbas.
El sapo de los tres ojos mora en su fortaleza hecha de crepúsculo y penumbra, bebe chicha morada mientras croa las viejas baladas que aún resuenan en el estanque, la vida es una cosa compleja, difícil de aprehender con las manos y la lengua, es un rechinar de dientes sobre el concreto, el beso hiriente del huizache, una marea de carne a la deriva, el dulce licor de la muerte, una tierna epifanía, la embriaguez del amor y su vestido rojo lleno de espinas.
Suena la hecatombe en las percusiones del corazón, las fiebres de saberse animal herido, con los sueños y la sangre, siempre dispuestos a pintar paredones de grises ladrillos, umbríos de tanto esperar y esperar el tiempo de la dicha que a veces pasa y nunca se detiene en el baldío donde juega mi risa amarillenta, entre los columpios, el calor de saberse hombre encarnado en la tierra, un cúmulo de preguntas sin respuesta, un eterno diambular por callejones sin salida y tus labios que siempre regresan y tus ojos que siempre fosforecen en la pálida noche serena que no revienta, todo calma, el correr del agua de coladera que se hace río y fétido mar, tan susceptible, óxido de navíos encallados para siempre en las arenas del recuerdo, una pareja de pájaros muertos bajo el muelle, un aluvión de cosas por decir y por hacer, el tiempo breve que se escurre de la boca a la entraña, muérdago rojo, oscura salvia que llueve de mis párpados amaneciendo, las flores caníbales aún se acuerdan de mí y de ti escarbando suspiros en tu cama pasajera, un río entre tus piernas, un ardor que merodea la virgen cordillera de tu cuerpo, selvática y feroz, como las alimañas que moran en la habitación de tu mente, traicionera y profana, voraz y vehemente, así se fueron las horas en el humo del cigarrillo y el copal, las horas inertes que despertaron de su trance en las primeras horas de la mañana, así eras tú como la niebla espesa y gris, sofocante, como un rumor de cuchillos sedientos, el café que se enfría sobre la mesa de madera, un olor a hierba mojada, plegarias que vomitan el nombre secreto de Dios en lo alto de la montaña, como una antigua profecía antes de surcar el laberinto, los días que vuelan intempestivos hacia ninguna parte, los ojos secos que miran vacíos la suciedad del horizonte y la distancia del corazón a la boca, las ganas de saberse eterno, así nos fuimos evaporando, como las olvidadas épicas gestas de las abejas escribiendo la historia desde la colmena, el inminente choque de los trenes, piedra sobre piedra, hombre sobre hombre, una fiera caricia, una dulce dentellada, entre sal y el trueno, una sombra inhabitada, barracudas ciegas, la contradictoria simetría de la condición humana es el terregal de mis ojos tan obscenos que se mueren de mirarte obedeciendo el reptar de la sangre al compás de las velas y el vino, la terrible partitura de tu voz, estertores de mi alma enamorada que desnuda y sueña y desuella toda la violencia del mundo, toda la belleza derramada sobre las flores.
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