SOBRE HUIR
A darle vuelo…
Alimentando cierto delirio, me he propuesto exponer demonios propios, esto, porque analizando mis platicas cotidianas he alcanzado a notar cierta melancolía recurrente cuando narro mis viajes, es decir, que no puedo evitar la tristeza si en la memoria me florecen personas, lugares, sabores… como si en el acto mismo de recordar existiese un risco inevitable, dónde todas canciones e imágenes son garras de calendarios arañando mi nuca.
Si algo imita en mi paladar el sabor del aguardiente, o del mate; si llego a vislumbrar horizontes con fantasmas y ecos grises; o si el ancho de mi pecho abraza el aire como si fuese el humor del caos el remolino de mi voz… inevitable, el ansia de todas mis voces eructa una temblorosa excitación sempiterna.
Más allá del análisis, quiero un lugar para gritar mis horrores. Edvard Grieg me acompaña.
Todo sitio al que he llegado, es sitio dónde el camaleón de mi nombre conjura y arranca colores ajenos; dónde mi rostro ya no es rostro y una pena profunda se desprende con equilibrio de mi garganta: ¿En qué lugar soy y en cuál dejo de ser? ¡Ya no quiero apellidos, ni acentos! ¿En qué lugar existo?, ¿en cuál existe mi terror?
En la cadena sucesiva de los crímenes pasionales, el más profundo cometido ha sido el de mentir sobre lo que soy.
¡Soy un hombre, no estás viendo!
Pero taxistas, vendedores, romances… todos me exigen una historia, una nacionalidad, un olvido.
Más que viajar, siempre he huido.
Y conmigo he arrastrado, drástico, la felicidad que nunca me da mi lugar de origen.
– Fósforo III

.png)




Comments