Serie Terminada: The man in the High Castle
The Man in the High Castle, basada en la novela homónima de 1962 de Philip K. Dick, terminó hace un año tras 40 episodios en los que llevaba al espectador a una realidad alternativa en la que los aliados no ganaron la II Guerra Mundial y ahora el dominio global se reparte entre los gobiernos alemán y japonés. Europa, África, el norte de Sudamérica y la mitad de Estados Unidos forman parte del Gran Reich Nazi; mientras que Asia, gran parte del sur de América y la costa oeste de EEUU pertenecen al Imperio Nipón. En esta ucronía de Dick, maestro de la ciencia ficción (inspiró éxitos como Blade Runner o Minority Report), Estados Unidos se ha quedado dividido en tres zonas; además de las dos mencionadas, hay un pequeño territorio neutral entre ambas que va desde las Montañas Rocosas hasta Nuevo México y funciona con relativa y aparente autonomía.
La serie, ambientada en los años 60, aunque tiene el mismo punto de partida que la novela, modifica e introduce algunos elementos que la distancian de esta. Por ejemplo, las misteriosas películas del hombre en el castillo no existen en ella, sino que se trata de un libro. Un cambio bastante acertado, ya que es un recurso que da más juego dentro de un producto audiovisual como es una serie. Por otro lado, se han revisionado los personajes femeninos, dándole un mayor peso y autonomía a Juliana Crain, quien es infantilizada en el libro, e introduciendo algunos que no existían, como el de Helen Smith, quien sirve como vehículo para explicar el papel de la mujer en la sociedad del Tercer Reich, o el de la lideresa de la Rebelión Comunista Negra.
The Man in the High Castle tuvo un proceso de gestación de 7 años antes de llegar a Amazon, y se ha encontrado con varias piedras en el camino a lo largo de su andadura. En primer lugar, Frank Spotnitz, quien desarrolló y adaptó la idea, abandonó tras la primera temporada por incompatibilidad con otros proyectos y porque tampoco estaba de acuerdo con la idea que tenían los productores para continuar la historia. Productores entre los que se encontraba Isa Hackett Dick, hija del novelista. Tras su marcha el equipo de guionistas se autogestionó durante la segunda temporada, ya que no se buscó ningún sustituto, y mientras la calidad de las tramas bajó de nivel, el presupuesto aumentó considerablemente con respecto a la anterior. La tercera temporada no llegaría hasta dos años después, esta vez ya sí con un nuevo showrunner, pero poco después se vio empañada por la dimisión la acusación del ejecutivo Roy Price tras salir a la luz que llevaba años acosando sexualmente a Isa Hackett Dick. Finalmente Amazon decidió que la cuarta sería la última entrega y los guionistas tuvieron que trabajar en intentar darle un cierre digno. Pero como ocurre siempre en casos de finales precipitados, siempre se quedan flecos sueltos.
No obstante, pese a las trabas y a este final algo inconcluso, la sensación que me deja es buena. Cuenta con un buen montaje, una selecta banda sonora y una gran ambientación. Intenta plasmar cierto realismo histórico al mantener vivas a aquellas personas que murieron durante la guerra y que no obviamente no habrían seguido la misma suerte en esta versión. También es un acierto que pese a ser los 60 el retrato de la sociedad se acerque más a la de los 50. Y es que si los alemanes y japoneses hubieran vencido a los aliados, los movimientos sociales y culturales lógicamente no habrían sido los mismos. No sabemos si habría sido realmente así, pero es lo que ocurre con las ucronías, que hay que especular.
The Man in the HighCastle, sin ser una obra redonda, es una serie que consigue mantener el ritmo y el interés durante las cuatro temporadas. Aunque es cierto que la trama nipona me dejó con la sensación de que apenas evoluciona en 40 capítulos. Sí, cambian los mandatarios, pero poco más. Me resultó mucho más interesante la intrahistoria del Obergruppenführer Smith, brillantemente interpretado por Rufus Sewell. Este alto mandatario nazi pronto muestra sus dobleces e incoherencias e invita a la reflexión sobre cómo gente buena puede llegar a hacer cosas terribles por sobrevivir llegando a corromperse en el camino. Y es que John Smith era un combatiente americano que tras acabar la guerra se cambió de bando para mantenerse con vida en un momento en que cambiaban las circunstancias políticas. Se nos presenta como un hombre en una encrucijada que toma una decisión difícil. Con un bebé recién nacido, dejó sus ideas y amigos atrás y se puso el brazalete con la esvástica para asegurarse cierta seguridad. Ahora, años después, puede que no comulgue al 100% con la ideología nazi, pero vive muy cómodo en su puesto de poder y se sirve de él para seguir ascendiendo rápidamente (primero a Oberstgruppenführer, después a Reichmarshall y finalmente a Führer). Y aunque pueda seguir engañándose pensando que lo hace para proteger a su familia, en realidad no deja de ser por ambición.

Además de esta reflexión sobre los dilemas del ser humano ante un momento clave en su existencia, la serie nos recuerda que la democracia no está asegurada, sino que en cualquier momento puede haber un recorte de libertades. Así pues, hay que evitar una sociedad adormecida y luchar día a día. La resistencia simboliza esa lucha contra las injusticias y desigualdades, contra aquellos que están dispuestos a tomar el poder por la fuerza y la represión. Aunque sea una ucronía, el mensaje no se queda desfasado.

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