Serie Terminada: Orange is the new black
Orange is the new black se basa en la historia real de Piper Kerman, una urbanita, casada y con planes de futuro que, después de que una cómplice la delate, se encuentra con que ha de cumplir una condena de 15 meses por un delito de blanqueo de dinero unos años antes. La creación de Jenji Kohan fue la sorpresa de la temporada en su estreno en Netflix allá por 2013 con su estilo tragicómico y su elenco coral. Y es que aunque se basa en el libro que escribió Kerman tras su paso por la cárcel, ella no es protagonista absoluta, sino que hay más de una veintena de personajes diferentes, cada uno de ellas con sus circunstancias, sus problemas, sus matices y sus caracteres. El punto en común es que todos tienen que sobrevivir entre rejas.
La primera temporada se centra sobre todo en presentar a las mujeres que comparten la prisión y se alterna el presente con los flashbacks para completar sus historias. Se va rotando así el protagonismo entre todas ellas y permite al espectador adentrarse de lleno en la serie. En las siguientes temporadas se mantiene esta dinámica y, aunque pierde la novedad, mantiene la frescura gracias a la introducción de nuevos personajes y a su tono. Orange is the new black ha jugado siempre muy bien con el humor negro, sobre todo explotando la vis cómica de las situaciones a las que se ha ido teniendo que enfrentar la chica pija de Brooklyn. Sin embargo, poco a poco la serie va evolucionando y se plantea una explícita denuncia social poniendo en el centro el sistema de prisiones estadounidense y por extensión a las políticas neoliberales.
El cambio comienza a verse cuando en la tercera temporada la cárcel pasa de ser pública a privada y por tanto se comienza a mirar cada céntimo que se invierte en ella: aumenta el ratio de reclusas por personal, se recorta el presupuesto de limpieza o comida, se aprovecha cada centímetro de los espacios comunes, se eliminan actividades… Y aunque las cosas van cambiando poco a poco, estas nuevas medidas generan un clima de tensión (alimentado además por guerra de bandas) en el que tan solo hace falta una chispa para que todo salte por los aires. En este caso la mecha se prende con el asesinato de Poussey a final de la cuarta temporada. En realidad es accidental, sí, pero es la consecuencia de la deshumanización de las reclusas y de reducirlas a números en una tabla de excel o balance. Y por desgracia, algo que sigue ocurriendo a día de hoy como hemos visto en Mineápolis con George Floyd.
Y con este ambiente de ira, rabia y sensación de injusticia estalla el motín.
La quinta temporada rompe totalmente la serie creando una nueva narrativa. Pretende mostrar un arco argumental principal cerrado en el que la acción se desarrolla en 72 horas de revuelta. Sin embargo, quiere hablar de tantas cosas que se pierde. Y lo más importante, pierde el tono que la caracterizaba subiendo el drama y bajando la comedia. Ni siquiera el concurso de talentos en el 5×04 arranca la sonrisa.
Quizá es porque lo que está contando es demasiado serio como para aceptar frivolidades. O quizás porque se le da protagonismo a algunos personajes insufribles. Además, durante toda la temporada da la sensación de que no va a ir a ningún lado. El sistema se convierte en el principal villano (aunque en cierta manera ya estaba ahí de fondo) y no tienen ni la más remota posibilidad de ganar. Sabes que, si alguien sufre las consecuencias del incidente, desde luego no van a ser los guardias. Y así ocurre. Cuando el motín es sofocado las reclusas son separadas en dos grupos y trasladadas a dos cárceles diferentes. La serie sigue a las que son enviadas a la de máxima seguridad, una que está dividida por bloques y, de alguna forma, por clases. Cada uno de los sectores de este centro penitenciario cuenta con un color de uniforme diferente, lo que crea ya un sistema de bandas. Las protagonistas se encuentran de nuevo en la casilla de salida creando lazos para sobrevivir en un nuevo entorno con nuevas presas y nuevos guardias.
Aunque la serie intenta avanzar tras el motín y resetearse introduciendo esta nueva cárcel y nuevos personajes, lo cierto es que es la peor temporada de todas. No atraen las dos nuevas villanas, dos hermanas que entraron en la cárcel hace mil siglos por haber matado a su hermana pequeña. Su historia no se sostiene, como tampoco la de sus secuaces Malison o Papi. Tan solo resulta interesante la trama de Taystee, acusada injustamente del asesinato del guardia Piscatella, que muestra de nuevo cómo no se puede luchar contra el sistema (en este caso judicial).

La séptima y última temporada recupera un poco el tono de la primera volviendo a poner en el centro a Piper, quien, por una suerte de carambola, es puesta en libertad. Orange Is the New Black vuelve a sus orígenes mostrándonos a una protagonista perdida. Esta vez está libre, pero preferiría estar presa para no estar lejos de su pareja, además, la reinserción no es nada sencilla y no sabe ni por dónde empezar a poner en orden su vida.
Paralelamente seguimos conociendo el rumbo del resto de protagonistas. Esta temporada recupera el nivel de la primera temporada mostrando la evolución de cada una de ellas para darles un cierre. Algunas han encontrado un propósito en su vida, otras han tirado la toalla. Orange Is the New Black no pretende ofrecer un final feliz. Muy al contrario. Deja claro que, por mucho que se intente cambiar el sistema, la casa siempre gana. Lo que sí procura es al menos mostrar un epílogo de cada una de ellas en su lucha con el gran antagonista: el Sistema. Sin embargo, pese a que vuelve a sus orígenes de alguna forma, también ha evolucionado. En esta ocasión abandona el tono más o menos amable que tenía en sus inicios para usar uno de crítica social bastante serio. Y lo hace gracias a un elemento nuevo: el de los Centros de Internamiento de Extranjeros que alude claramente a la política migratoria de Trump. La entrada de PolyCon (la empresa propietaria de Litchfield) en el negocio de los centros de detención de inmigrantes permite que la serie muestre una cara más cruel aún del sistema mostrando lo bien que casan el neoliberalismo y las políticas fascistas. Lo importante es ganar dinero, no importa cómo se consiga.
Orange Is the New Black ha sido una serie con sus altibajos, no obstante, ha brillado más en aquellos momentos en que se ha centrado en las relaciones humanas de las protagonistas. Ha desplegado un catálogo de personajes femeninos de lo más variopinto que le ha permitido romper los esquemas a los que estábamos acostumbrados en la ficción o la literatura y explorar posibilidades narrativas que hasta la fecha no se habían puesto sobre la mesa. Por una vez no se trataba de mujeres sin nombre ni personalidad que solo eran apéndices de los protagonistas masculinos (madre, hija, hermana, novia…); en OITNB se podía encontrar desde la más noble e inocente a la más malvada pasando por miles de caracteres con cientos de matices. En ellas hemos encontrado historias de fracaso, de superación, de pérdida pero también de emprendimiento. No había dos personajes iguales, cada una tenía su propio universo independientemente de su clase social, su color de piel, su edad, su talla, sus adiciones, sus problemas mentales o su orientación sexual (definitivamente ha dado mucha visibilidad al colectivo LGTBI). Y ha funcionado bien gracias a una buena elección de actrices, la mayoría de ellas poco conocidas pero cuya carrera ha despegado tras su paso por Litchfield, muestra de que la serie no ha pasado desapercibida.

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