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San Juan de la Cruz: la vigencia de una experiencia de amor.

Dec 15, 2022
9 min read

Por: Diego Pereira Ríos.

Este miércoles 14 de diciembre, toda la familia del Carmelo celebró la Solemnidad de san Juan de la Cruz, un pequeño y simple fraile católico que vivió en el siglo XVI, pero que nos sigue enseñando un camino de la plenificación humana. Como hijo de su época, dentro de una estructura de Iglesia medieval, marcada por un fervor evangelizador y apostólico, fray Juan se vio a sí mismo como quien no se plegaba al estilo de vida cristiana de su momento. En un Iglesia de lujos, de riquezas, de posiciones sociales con influencias políticas, encuentra en la soledad, la pobreza y el silencio el camino más certero para ser fiel al llamado recibido. Su búsqueda sincera de Dios, su autoconocimiento y el descubrimiento de la realidad desde su propia inteligencia, le llevan a hacer una elección de vida muy distinta al de la gran mayoría de sus contemporáneos. Su meta es clara: quiere alcanzar la “unión con Dios”, en Jesús para ser uno con él. No para jactarse de ello, sino simplemente porque no puede vivir de otra manera. Sólo el amor de Dios, recibido en Jesús y con la gracia del Espíritu Santo, es capaz de transformar su naturaleza humana en divina. Si bien es imposible exponer la profunda enseñanza espiritual de san Juan de la Cruz en un texto tan corto, procuraré presentar algunas ideas de forma simple, de modo que el lector pueda reconocer la riqueza y la actualidad de su doctrina, y su vigencia para el ser humano de hoy.

Un acercamiento mínimo a su propuesta espiritual

Lejos de haber sido un hombre insensible o alguien a quien el mundo exterior no le afectaba, fray Juan fue un hombre de una naturaleza pujante. Sus pasiones eran fuertes y su necesidad de amar lo impulsaba a colocar todos sus esfuerzos en lograr su cometido. Con gran claridad y conocimiento de la naturaleza humana supo, desde su propia experiencia, la fuerza que tienen los sentidos corporales y por ello aprende a dominarlos, para que lo conduzcan hacia el amor de Jesús. Habló acerca de la purificación de los sentidos enseñándonos que los sentidos, como don de Dios al ser humano, son siempre buenos y necesarios, pero necesitan ser orientados hacia Dios. Si la vista, el oído, el olfato, el tacto y el gusto, no nos llevan al encuentro con él, que siempre es una experiencia de amor sublime, purificador, gratificante, pacífica y deleitable, debemos hacer el esfuerzo en purificarlos. No se trata de anularlos o cooptarlos, sino que se trata de llevarlos hacia Dios que se encuentra en toda la Creación y también en su creaturas. Quien busca a Dios con el corazón vacío y sediento es capaz de llenarse de él y aprende a relacionarse sanamente desde Dios mismo.

Para lograr esta purificación, es necesario procurar a Dios en la oración. Es ella el camino que nos facilita el encuentro con él y es desde él nuestra oración se hace cada vez más realista y nos descubre nuestra propia naturaleza. “La oración es precisamente el vuelo del alma hacia Dios; es la adhesión de la voluntad del hombre a la de Dios, expresada en el íntimo coloquio con él”1. Cuando muchas veces nos vemos llevados por los sentidos a los placeres más corporales, la gracia divina recibida en la oración nos va ayudando paulatinamente a procurar deleitarnos en Dios. Por eso –recomendaba fray Juan- presentarnos a la oración con sinceridad, hablando con él desde lo que somos, tenemos y deseamos, es la seguridad de que Dios irá colocando en nosotros, gota tras gota, sus propias intenciones para que su voluntad sea en nosotros. Como decimos en el Padrenuestro: “Hágase tu voluntad”, así Dios nos va transformando en él, purificando nuestra manera de mirar, de hablar, de tratar con los demás. En esa oración sincera podemos pedirle a Dios que nos haga cada vez más como él: “manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29).

En este sentido, para fray Juan, la oración es pasar tiempo con Dios como amigo para “hablar de amistad con quien sabemos nos ama”, como decía Santa Teresa. Y si el clima es el del amor, al igual que la necesidad de sienten los amantes, lo que buscamos en la oración es la unión con Dios. “Juan de la Cruz expone la clave de la experiencia espiritual. Dios se unió a todos los humanos una sola vez en el misterio de su Encarnación en lo alto de la Cruz” 2, y a partir de ese momento toda persona tiene la capacidad de unirse a Jesús, el Hijo del Dios vivo y verdadero que se revela en su interior. Como decía el Karl Ranher hablando acerca del ser humano como el evento de la comunicación de Dios: “consiste en la aceptación acabada de esa comunicación divina, que ha sido ofrecida y pensada por Dios en su voluntad salvífica universal, no sólo para algunos hombres, sino para todos” 3. Toda persona que desee sinceramente unirse a Dios es capaz de lograrlo, pero no porque baste su propio querer, sino sobre todo porque Dios decide autocomunicarse en el interior de la persona, en lo profundo de su alma. Allí radica la gracia de la oración: que Dios desea ardientemente ser conocido por y en nosotros. Esta experiencia de fray Juan de la Cruz, es la que vivió y enseñó a sus contemporáneos.

Junto con la oración, san Juan nos enseña también hoy la importancia de la meditación. Meditar implica traer a nuestra mente una idea, un recuerdo, una imagen, un lugar o una situación y procurar concentrarnos en ella de tal manera que podamos retenerla, rumiarla, gustarla. Propone algunos pasos para poder adentrarnos en la meditación: buscar un lugar apartado, colocarnos en presencia de Dios que está con nosotros, concentrar nuestra atención en Jesús y en los actos de amor que ha hecho por nosotros. Desde allí, tomar conciencia de que todo lo que hizo Jesús lo hizo por amor a nosotros, porque simplemente nos ama, para terminar apaciguando la mente y procurar quedarnos allí, serenos, tranquilos, ante el Dios del amor. Se trata de “dar en Dios, alcanzar a Dios, meter el entendimiento de una manera efectiva en la Divinidad hasta tocar la íntima esencia de Dios” 4. Por eso, desde el ejemplo de Jesús, fray Juan proponía meditar con textos del Evangelio, sobre todo aquellos que tocan las más profundas fibras de nuestro ser. Los diversos pasajes presentan situaciones en los cuales podemos encontrarnos. Podemos ser Mateo, ladrón y cobrador de impuestos, llamados a seguir a Jesús. Podemos ser la viuda, que da en ofrenda todo lo que tiene. Podemos ser el soldado que atraviesa el corazón de Jesús en la Cruz. Ante ello, podemos meditar y hablar con Dios, con sinceridad de corazón. Si bien es necesario saber meditar, aún debemos alcanzar la contemplación. La meditación es aún una oración discursiva donde la mente trabaja ayudada por la imaginación y la palabra que se busca dar en ese coloquio con Dios. Para fray Juan, debemos seguir subiendo hacia la unión con Dios, ya que “la unión del alma con Dios es el objetivo que se menciona sin cesar: el gran deseo y el motivo de todo. Es transformación y participación en la vida trinitaria” 5. Cuando vamos entrando, con ayuda de Dios, en el estadio de la contemplación, san Juan indica que hay tres señales claras: sentiremos que casi no podemos meditar, que no tenemos ganas más que colocar nuestra imaginación y sentidos más que en Dios, y la tercera es esa necesidad de estar a solas con Dios, en una atención continua hacia él, donde todo nuestro ser se dirige a él “en paz interior y quietud y descanso” (Subida). Sin duda que es difícil al inicio, donde muchas veces debemos esforzarnos y serenar nuestra mente con sus preocupaciones. Pero poco a poco, en cada uno de los intentos por llegar a la contemplación, Dios va obrando en nosotros. En ese momento la persona, “todo lo que tiene que hacer entonces es esperar y permanecer lo más abierta posible a la acción divina en ella… es esperar que todo cese y abandonarse totalmente en Dios” 6 .

En estos pasos indicados aquí, pero que implica un proceso mucho más complejo, fray Juan nos indica que nos vamos preparando para el momento culmen de la vida espiritual: la transformación del alma en Dios, por medio del matrimonio espiritual. En ese camino, donde el deseo de Dios es la guía de todo nuestro ser, Dios ve la intención de la persona que quiere alcanzarlo y decide dejarse alcanzar. Y esa unión transformante se da siempre por vía del amor. Un amor que logra conquistar todas las dimensiones de la persona que se encontrará enamorada de Dios. Avisará fray Juan que pueden ser momentos apenas duraderos, y no cada vez que lo busquemos, pero quien es tocado por Dios podrá darse cuenta ya que a partir de ese momento toda la persona quedará transformada. “Aquí Dios ya no da al alma sus regalos, sino que El mismo se da, absorbiéndose en sí. El alma ahora no hace otra cosa que amarlo con el mismo Amor con que el Padre ama al Hijo y el Hijo ama al Padre, Amor que es el mismo espíritu Santo”7. En este sentido, el alma de la persona que transformada en Dios, asemejándose a él y donde quedan unidos el uno al otro, de forma que siente el alma que toda ella se une a Dios.

Un camino espiritual para toda persona.

Quien se acerque a la figura de san Juan de la Cruz, por medio de sus escritos, podrá verse un tanto abrumado por la profundidad de su pensamiento. Sus estudios de filosofía, teología y espiritualidad, hacen de él un pensador de una capacidad muy pocas veces igualable. En sus escritos se percibe una claridad de pensamiento desde el cual se acerca a la naturaleza humana y la describe de una forma excepcional. Pero sobre todo tiene un don magnífico de guiarnos paso a paso hacia el encuentro con Dios en el hoy de nuestra vida, en pleno siglo XXI. Y por ello es llamado de doctor y místico. Doctor porque si algo aprendió lo hizo para enseñar y lo hace con verdadero y seguro oficio de maestro; y es místico porque fue capaz de darse por entero a la aventura más compleja que pueda tener la humanidad: la unión con Dios. Y sin duda lo ha logrado, con grandes esfuerzos, con mucho trabajo, atravesando las mismas dificultades que hoy nosotros podemos vivir, pero con la confianza amorosa en que Dios conocía lo profundo de su corazón.

Partiendo de la realidad inmanente y conociendo la posibilidad de la inmanencia divina, fray Juan de la Cruz “está continuamente acentuando la trascendencia divina y la nada del todo creado” 8. Esto significa dos cosas: primero, que todo lo creado es parte del camino que nos lleva a Dios y por ello no debemos rechazar nada. Nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, nuestros sentidos nos ayudan a experimentar la belleza y calidez del mundo, nuestras esperanzas de felicidad se van encaminando a través de las posibilidades que tiene el ser humano de hacer el bien, a sí mismo y a los demás. En segundo lugar, porque si todo lo creado es posibilidad de realización, ello es así porque Dios mismo lo posibilita como Creador de todo lo existente. Nosotros mismos nos debemos a él y por ello, no podemos pretender menos que alcanzarlo. La dignidad humana nos indica que no podemos conformarnos solamente en poseer bienes materiales y gozos terrenales, sino que debemos aspirar a deleitarnos con lo que Dios mismo nos quiere dar por puro amor. Por eso, ante el amor divino, todo lo creado es camino, no meta, es una escalera que nos conduce al encuentro con el Amor. Por eso dice san Juan que, ante Dios que es Todo, lo creado es nada.

En este sentido el santo Carmelita nos sigue enseñando un camino de plenificación indicándonos que nuestra vida tiene un verdadero sentido que traspasa todo lo que podamos imaginar, o que va más allá de las ofertas de felicidad de este mundo. San Juan nos revela que la grandeza del ser humano es haber sido creado para la unión con Dios por medio de su amor. Amor del cual nosotros apenas logramos desarrollar, pero con la ayuda de Dios podemos llevarlo a límites impensados. Y esta experiencia de amor, si bien puede ser captada por nuestra inteligencia, siempre la supera. Por ello fray Juan elije la poesía para poder expresarla, a menos, de forma tal que pueda experimentarse. De allí que a belleza de sus versos, la delicadeza de cada palabra vertida en su poesía se transformen en cantos que perfuman y embriagan el corazón de toda persona que se acerque a su lectura. En sus versos, fray Juan nos sigue provocando, hablándonos del amor que encuentra en Dios, su Amado, y del vacío que le produce cada vez que se retira de su alma, instándonos a esforzarnos en estar continuamente en su búsqueda. Su invitación sigue vigente, su experiencia de Dios sigue siendo provocadora en un mundo tan necesitado de Dios. Arriesguémonos a conocer a figura del santo de amor, muy propicio para nuestros días.

1) Albani, Angelo-Astrua Massimo, San Juan de la Cruz. Introducción a su doctrina espiritual, CEVHAC, México, 1991, p. 22. 2) Poirot, Dominique, Juan de la Cruz y la unión con Dios, Liberduplex, Barcelona, 1999, p. 128. 3) Ranher, Karl, Curso fundamental sobre la fe, Herder, Barcelona, 1979, p. 162. 4 ) Wojtyla, Karol, La fe según San Juan de la Cruz, BAC, Madrid, 1979, p. 29. 5 ) Poirot, Dominique, Op. Cit., p. 132. 6 ) Nemeck, Francis Kelly, Receptividad. De San Juan de la Cruz a Theilard de Chardin, Editorial de espiritualidad, Madrid,1985, p. 89. 7 ) Albani, Angelo-Astrua Massimo, Op. Cit., p. 70. 8 ) Nemeck, Francis Kelly, Op. Cit., p. 190.

 
 
 

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