Road Trip por Islandia XXI: Día 9. De Seyðisfjörður a Höfn
Para este día teníamos por delante unos 300 kilómetros en coche por carreteras serpenteantes de los Fiordos del Este, pero antes de marchar, nos quedaba dar un paseo por Seyðisfjörður, que lo habíamos dejado pendiente a nuestra llegada. Así pues, desayunamos, cargamos las maletas en el coche y nos pusimos en marcha.
Esta población fue fundada en 1848 por pescadores noruegos, que se asentaron tras llegar en ferry desde el continente atraídos por la floreciente industria de la pesca del arenque. Aún se conservan muchos de los edificios que se construyeron por entonces.
Es uno de los puertos más resguardados del país gracias a que queda encajado entre grandes macizos rocosos. Como resultado, en invierno sus habitantes se pueden tirar fácilmente tres o cuatro meses sin ver la luz del sol. Además, el hecho de estar ubicado entre montañas también entraña sus riesgos, ya que se producen avalanchas con frecuencia. Y como la única carretera de acceso al pueblo es un puerto, suele quedar totalmente cubierta de nieve y no siempre es fácil o factible llegar. De hecho la serie Atrapados (Ófærð), que toma esta premisa del aislamiento, se ha rodado (además de en Sigló) en Seyðisfjörður.
Como curiosidad, fue desde Seyðisfjörður desde donde se mandó el primer cable telegráfico que conectó Islandia con Europa en 1906.
Durante la II Guerra Mundial el pueblo fue ocupado por las fuerzas británicas y estadounidenses y, como consecuencia, fue bombardeado por el ejército alemán. Esto provocó el hundimiento de un barco que aún hoy en día se conserva en el fondo del fiordo.
En nuestro paseo se respiraba tranquilidad y bienestar, no sé si era por el día despejado, el aire de las montañas, estar aislados o de vacaciones. Lo único que se oían eran las voces de los niños en torno al colegio. No sé si si estaban ya de recreo (era muy pronto) o en alguna clase que significara pasar tiempo en el exterior, porque estaban con bicis, patinetes, corriendo y jugando.
Desde el lago se obtiene una buena panorámica del pueblo con las montañas y las casitas de colores reflejadas en el agua. No me importaría para nada vivir en un entorno así: pequeño, tranquilo, aislado en medio de la montaña, con buena temperatura…
Junto al lago se halla además la zona más turística. No solo por los bares y restaurantes, sino también por la variedad de tiendas taller que venden los famosos jerseys lopapeysa hechos a mano, joyas, cuadros… Y por supuesto, es aquí donde encontramos el famoso arcoíris que conduce a la iglesia de Seyðisfjörður.
Justo al otro lado de la carretera se localiza el supermercado, por lo que queda todo bastante concentrado.
De vuelta al coche vimos la piscina municipal, como no podía ser menos. Y es que no hay pueblo, por muy pequeño, remoto o aislado que sea, que no tenga espacio para disfrutar del agua.
A las 10 de la mañana abandonamos el pueblo y volvimos a la 93, deshaciendo parte del camino que habíamos hecho el día anterior, e hicimos una parada en algo que nos había llamado la atención por la tarde, pero que habíamos pasado de largo. Desde la carretera se veían como unos cubos de colores que parecían tener televisores. Y así era, de cerca pudimos comprobarlo.
Se trata de la obra Heavier Mountain de David, de David shire, y, según el panel informativo, pretende apuntar a la herencia de los nativos de esta zona de Islandia, es decir, enormes montañas y carreteras cubiertas por mantos de nieve. La idea está bien, pero no entendí muy bien qué tenía que ver con los monitores…

Seguimos hasta Egilsstaðir donde hicimos una breve parada en el Nettó y en la gasolinera antes de continuar por la Ring Road, recientemente asfaltada. De hecho, según la señalización, parece que lo que habían hecho fue reconvertir tramos de la 93, 95 y 96 en la 1 y viceversa. Así, mientras que antes la Ring Road pasaba por ejemplo por Thingmúli para llegar hasta Breiðdalsvík, desde el verano de 2019 lo hace por Reyðarfjörður y Fáskrúðsfjörður continuando después por la costa.
Durante prácticamente todo el camino fuimos solos, únicamente nos acompañaba una lluvia intermitente además de la niebla o nubes bajas. Esto no le restaba encanto al paisaje, al revés, le daba cierto encanto al entorno. Si ya de por sí nos gusta recorrer Asturias con sus puertos llenos de curvas entre desfiladeros y con una niebla tan baja que parece que van a salir los trasgus, cómo no nos iba a gustar esta ruta.
A media mañana llegamos a Reyðarfjörður, que, con una extensión de unos 30 kilómetros tierra adentro, es el más largo de los fiordos del este de Islandia.
Aunque toma su nombre del fiordo, a principios del siglo XX, cuando se asentaron los hermanos noruegos Friðrik y Ottó Wathne, pioneros locales del comercio y la pesca comercial, era conocido como Búðareyri. El pueblo fue creciendo poco después de que llegaran, pues se construyó una carretera que facilitó su acceso. Pronto se convirtió en el principal punto de intercambio para la región. Hoy tiene unos 1200 habitantes.
En 1930 se inauguró una importante planta de energía eléctrica que aún hoy en día sigue en funcionamiento. No obstante, se ha quedado corta y, para suplir las necesidades energéticas locales, en 1958 se conectó a la electricidad suplementaria de Islandia State Electricity.
Al igual que Seyðisfjörður, fue ocupado por las fuerzas británicas durante la II Guerra Mundial, momento en que pasó a tener una población de británicos diez veces superior a la de residentes locales. De aquella época quedan vestigios como el aeropuerto, antiguos cuarteles y pequeños refugios de armas.
Hoy la industria pesquera es casi insignificante y vive de la fábrica de aluminio Alcoa y del turismo. Desde el pueblo salen varias rutas de senderismo. Una de ellas recorre el valle de Fagradalur y otra el barranco del río Geithúsaá. También se puede visitar un museo dedicado a la guerra que se fundó en 1995 reacondicionando una planta de congelación vacía y algunos de los viejos cuarteles.
Y si Seyðisfjörður era escenario televisivo para la serie Atrapados (Ófærð), Reyðarfjörður lo es para la coproducción británico-estadounidense Fortitude.
Y de fiordo a fiordo, seguimos por la Ring Road hasta Fáskrúðfjörður, en cuyo interior se asienta la pequeña localidad de Buðir, un rincón francés en Islandia.
Allí llegaron en torno a 1880 muchos pescadores franceses que se quedaron hasta mediados del siglo XX. Poco a poco comenzaron a construirse una iglesia, un hospital (hoy convertido en hotel) y un cementerio para los expatriados galos. Hoy aún se pueden encontrar calles con nombres en francés, un museo dedicado a estos pescadores y banderitas con los colores de Francia.
Continuamos sin parar pasando por otros magníficos escenarios como Stödvafjörður,Breiðalsvík y Berufjörður, donde se ubica la pequeña localidad Djúpivogur, lugar en que paramos a echar gasolina y donde paramos a comernos unos bocadillos.
Antes de marcharnos nos acercamos al puerto, donde se encuentra el peculiar museo de huevos al aire libre Eggin í Gleðivík.
La obra, inaugurada el 14 de agosto de 2009, es idea del escultor islandés Sigurð Guðmundsson, que pretendía representar un huevo por cada ave autóctona. Encontramos nada menos que 34 huevos de granito pintados de diferentes colores, por tanto, entiendo que hay 34 especies locales de aves. Cada uno de ellos se ubica sobre una peana de hormigón con una placa que indica el nombre en islandés y latín de la especie a la que hace referencia.
Todos los huevos tienen un tamaño similar salvo el primero, que es enorme. Esto es porque es del ave oficial de Djúpivogur, el conocido como lómur, gavia stellata o colimbo chico.
Desde allí continuamos hasta el pueblo de Höfn, ubicado en el fiordo Hornafjörður, donde teníamos el alojamiento. Sin embargo, como aún nos quedaba alguna hora de luz (eran las 17:30), habíamos tenido una jornada de coche en la que habíamos estado casi todo el tiempo sentados y al día siguiente teníamos una excursión programada, decidimos continuar un poco más para descargarnos por si llegábamos muy cansados o tarde.

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