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Road Trip por Islandia XVII: Día 7 II Parte. Excursión al Volcán Askja

Apr 15, 2020
6 min read

A medida que nos íbamos acercando a la caldera nos encontrábamos con un paisaje más montañoso y cada vez más y más blanco. Al parecer la carretera había estado cerrada a principios de agosto porque llegó a haber 30 cm de nieve. Sin ir más lejos había vuelto a nevar los dos días anteriores a nuestra excursión. Curiosamente sin embargo ese día teníamos un día despejado y con una temperatura un tanto alta para la zona en que nos hallábamos. Sí, los grados habían ido bajando, pero no tanto como para, por ejemplo, echar en falta los guantes.


En las zonas que no están cubiertas por la nieve podíamos llegar a ver la lava de la explosión de 1961. Y prestando atención podíamos apreciar en algunos lugares cómo se diferenciaba de la de 1875 que quedaba debajo. Y es que son dos tipos diferentes. Recordemos que la más antigua era del tipo Pahoehoe.

El jeep nos dejó en el aparcamiento de Vrikaborgir y nos dieron tiempo libre hasta las 3 de la tarde. Eran las 12:30, por lo que teníamos tiempo de sobra para hacer la ruta A1 que lleva hasta el Lago Öskjuvatn y el Cráter Víti.

Se trata de una ruta de 2,5 kilómetros apta para todos los públicos. Lógicamente hay que llevar calzado y ropa adecuada para la montaña, pero se hace en llano en todo momento y no es necesario tener una especial forma física. Tampoco tiene pérdida, ya que hay colocados postes durante todo el recorrido que marcan la ruta, la distancia y una serie de prohibiciones.

Además, encontramos unos paneles informativos en los que se podía leer algunos datos sobre Askja. Así, descubrimos que hace 14.000 años, durante la Edad de Hielo se formó el sistema montañoso de Dyngjufjöll como consecuencia de repetidas erupciones producidas bajo un glaciar. Más tarde, cuando hace 10.000 años comenzó a menguar el glaciar, una importante actividad volcánica hizo que se vaciara la cámara de magma bajo Dyngjufjöll y que el techo de esta colapsara creando la principal caldera de forma ovalada que se llenaría de nuevo de lava cuando el glaciar desapareció por completo.

La ya mencionada erupción en el año 1875 provocó que 50 km² de Dyngjufjöll se hundieran originando un nuevo cráter de 150 metros de diámetro al que se le dio el nombre de Viti. Un cráter que durante los siguientes 30 años se fue llenando de agua. Mientras aquello ocurría la actividad volcánica no cesó y hubo un nuevo hundimiento de 11 km² que, al igual que el anterior, también se acabó llenando de agua creando un enorme lago de 217 metros de profundidad.

Y eso es lo que nos íbamos a encontrar, así que, tras leer los paneles informativos sobre la formación del Askja, nos pusimos en marcha.

Aunque el primer tramo sí que tiene una pequeña pendiente y hay algunas zonas irregulares con algún que otro agujero, una vez que lo superamos, el resto es una llanura, tal y como nuestra guía nos había comentado.  Al principio el paisaje destaca por el negro de la lava solidificada y de la arena volcánica, pero también hay zonas con un tono más bien tirando a marrón, e incluso con toques naranjas. Esto al parecer se debe a que las montañas contienen hierro.

Lo más sorprendente llega a mitad de camino, cuando de repente el suelo deja de ser negro y pisamos un terreno rojizo


Pero, sobre todo, el color que predominaba era el blanco de la nieve. El día estaba despejado, teníamos unos 10º, se respiraba tranquilidad y aire puro… Estábamos encantados, especialmente pensando que en Madrid estarían a treinta y muchos grados y asados de calor mientras nosotros pisábamos la nieve a unos 1000 metros de altitud.

Unos cuarenta minutos después de abandonar el aparcamiento llegamos al Viti, cuyas paredes amarillentas y aguas azul-verdosas recuerdan la actividad termal de su interior. De hecho, en todas las excursiones remarcan como atracción el poderse dar un baño a unos 24-28º como interludio entre paseo de ida y vuelta.

Como idea no está mal, es más, nosotros por si acaso habíamos echado chanclas, bañador y toalla en la mochila; sin embargo luego en directo nos dio mucha pereza. En primer lugar porque la bajada entrañaba su dificultad debido a que había que seguir un determinado sendero para no pisar las zonas de alta temperatura y estaba totalmente embarrado. En segundo lugar porque aunque 24-28º de temperatura puede ser agradable, para llegar ahí antes hay que desnudarse a 10ºC. Además, estaba la cuestión de dónde dejábamos las mochilas y ropa mientras tanto. Como tercer obstáculo estaba el volver a vestirse con el frío y todo lleno de barro alrededor. Y finalmente la complejidad de subir por el terreno resbaladizo.

No obstante, no todo el mundo lo vio como nosotros, hubo unos valientes que bajaron y se dieron un breve baño.

Tras el Viti se halla el Lago Öskjuvatn, el más profundo del país. Mientras que el primero, como ya hemos visto, es un lago geotermal, este segundo sin embargo es glaciar. Esto quiere decir que no tiene nada que ver ni el tipo de agua ni la temperatura si comparamos uno con otro.

Separados por una pared, se aprecia claramente la diferencia de color de uno con otro. Y mientras que en Viti está permitido el baño, en Öskjuvatn está prohibido. Parece que las corrientes y remolinos lo hacen muy peligroso. Durante el invierno la superficie del Öskjuvatn llega a congelarse, así que el contraste debe ser mucho mayor entre ambos. Si le añadimos un manto de nieve cubriendo todo, el panorama debe ser de otro mundo.

Aunque nadie más bajaba al Viti, sí que vimos que había gente que bajaba por su ladera para acercarse más a Öskjuvatn, así que probamos a hacer el cabra nosotros también. No es que fuera muy sencillo, porque había una importante pendiente y estaba todo embarrado. Además era un barro que se nos metía entre las huellas de las zapatillas y no se soltaba, por lo que perdíamos el agarre de las suelas y además los pies nos iban pesando cada vez más. Pero había un señor mayor un tanto encorvado con dos bastones que se lanzó a la aventura y dijimos “pues nosotros también”.

Llegamos así a un saliente desde el que se aprecia todo el cráter del Viti y a nuestra izquierda el inmenso lago glaciar.

Tras explorar un rato la zona, a eso de las 2 y algo emprendimos el camino de vuelta hacia el aparcamiento parando de vez en cuando a echar las últimas fotos.

Con todo el grupo ya listo, volvimos sobre el camino que habíamos llegado para dirigirnos a una última parada antes de emprender el regreso a la civilización. Hicimos un alto en el refugio Dreki, donde nos dieron una media hora para comer y dar un paseo por los alrededores.

El refugio está totalmente equipado para los montañeros. Cuando se va por libre hay que pagar por usar sus instalaciones, pero en nuestro caso no era necesario, pues las empresas que realizan estas excursiones ya tienen un acuerdo y lo gestionan.

Es obligatorio descalzarse nada más entrar, así que dejamos las zapatillas en el mueble junto a la puerta y pasamos a la amplia cocina. No sabíamos que podíamos cocinar, si no, nos hubiéramos llevado una sopa de sobre de nuestro alijo en lugar de unos sándwiches. En cualquier caso, tampoco teníamos mucho tiempo, así que mejor no tener que perder tiempo en calentar el agua y luego fregar los cacharros.

Tras comer recogimos la basura y pasamos por el baño, que está en una cabaña aparte. Y parece que cada vez tienen más demanda, pues junto a ella estaban construyendo más edificios, no sabemos si darían servicio como alojamiento o como zonas comunes.

Aún nos sobraban unos diez minutos, así que nos acercamos a la Garganta Drekagil (del dragón), que sirve de punto de partida para las rutas A2, A3 y A4, de alta dificultad. Nosotros solo nos asomamos unos pasos, no contábamos con tiempo para más, ni siquiera para la A3, que es la más corta de todas.

A las 15:40 volvimos a subir al 4×4 para poner rumbo a Reykjahlíð. Nos esperaba un viaje sin paradas de tres horas, así, no es de extrañar que acabáramos todos (menos el conductor y la guía) echando una siestecilla al compás del traqueteo.

Cuando llegamos a Reykjahlíð aprovechamos que el supermercado aún estaba abierto para hacer algo de compra y así no tener que parar al día siguiente. Pero aún nos quedaba tarde, y como nos habíamos quedado con ganas de darnos un baño, decidimos concluir el día en los Mývatn Nature Baths, que cierran a las 12 de la noche.

 
 
 

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