Road Trip por Islandia XIX: Día 8. Del Lago Mývatn a Hengifoss
Comenzábamos la segunda semana en Islandia y ese día íbamos a abandonar el Lago Mýtvatn para movernos hasta los Fiordos del Este, completando así la media vuelta a la isla. Sin embargo, antes teníamos que subir hasta Húsavík para ver si por fin podíamos hacer la excursión para ver ballenas. Así pues, madrugamos, desayunamos, cargamos el coche y a las 8:15 de la mañana nos pusimos en marcha.
Íbamos confiados, porque ya el día anterior habíamos tenido unos cielos prácticamente despejados en las Tierras Altas y aquella mañana el viento parecía haberse calmado. Sin embargo, cuando llegamos a la oficina de Gentle Giants nos comentaron que sí, los barcos estaban saliendo, pero que había mucho oleaje y debíamos evaluar si eran unas condiciones por las que estábamos dispuestos a pasar. Lamentablemente tuvimos que cancelarlo de nuevo, porque si iba a ser demasiado movido, no lo íbamos a disfrutar (sobre todo yo con mi poco amor al mundo marítimo) y tampoco podríamos hacer muchas fotos. Como para la reserva no habíamos adelantado ninguna señal, simplemente comunicamos nuestra decisión y nos marchamos.
Lo habíamos intentado dos días diferentes y no pudo ser, así que había que pasar página. Sí, era una pena, pero nos quedaban muchas cosas por ver y no podíamos dejar que esta mala experiencia enturbiara el viaje. Sobre todo por algo que no podíamos controlar como era la meteorología. Así pues, ya que estábamos por allí y habíamos descargado el día, nos dimos un paseo.
Ubicada a orillas de la bahía de Skjálfandil, es sin duda la capital de las ballenas no solo en Islandia, sino en Europa. Y es que aunque hay en otras poblaciones en las que se puede contratar esta actividad, no todas llegan al 98% en temporada alta de Húsavík. Todo gira en torno al puerto y a estas excursiones.
Junto a las casetas de las empresas de las excursiones encontramos una curiosa escultura de varios pájaros picando en el césped.
Un panel también nos recuerda que estamos en el norte y los numerosos faros que hay desperdigados por la accidentada costa.
Al otro lado de la carretera se erige la Húsavíkurkirkja, una iglesia que data de principios del siglo XIX, que llama la atención por su estilo suizo. A diferencia de lo que veníamos viendo los últimos días, no tenía una fachada austera y sencilla con un tejado de color, sino que recuerda a los edificios tradicionales de los Alpes con los detalles de su exterior.
Un cuarto de hora más tarde y, dado que estaba comenzando a chispear, volvimos al coche. Echamos gasolina, marcamos el siguiente punto en el GPS y aunque teníamos la opción de una ruta por la costa norte siguiendo la carretera 85, finalmente nos decantamos por la interior por la Ring Road que nos dejaría más tiempo para los Fiordos del Este. Ya que no habíamos podido adentrarnos en los del Oeste, queríamos serpentear la costa opuesta. Según nos había comentado nuestra guía de la excursión al Askja hasta ese mismo verano la carretera principal de la isla no se había terminado de asfaltar en todo su recorrido. En sus ochenta años de vida se habían ido adecuando los tramos más transitados y, al parecer, la costa este no entraba en esos planes. Hasta 2019. Así que estábamos de suerte.
Cuando llevábamos un par de horas de viaje nos encontramos con un pequeño apartadero junto a una cascada, así que aprovechamos el momento para estirar las piernas y comer un tentempié. No teníamos este salto anotado en nuestra ruta, pero según el panel de la carretera se llama Rjúkandafoss y pertenece al río Ysti-Rjúkandi, uno de los tres ríos en Jökuldalur con el nombre Rjúkandi, que nace en el monte Sandfell.
La cascada tiene una altura de 139 metros y es de fácil acceso. Como digo, se ve desde la carretera, y para verla más de cerca tan solo hay que seguir un sendero en una ligera pendiente.
A esas alturas del año el caudal iba un poco bajo, lo que nos permitió meternos por las rocas y ver la cascada de frente.
Tras la breve pausa en la cascada, retomamos el camino rumbo a Egilsstaðir, no muy lejos de allí. Esta pequeña población se asienta sobre la llanura fluvial creada por el río Lagarfljót antes de desembocar en el estuario. Aunque no tiene puerto, la unión de varios núcleos poblacionales. Y es que la planta de producción de aluminio y su aeropuerto han hecho que se convierta en un importante centro local. Cuenta además con hoteles, restaurantes y gasolinera. Aprovechamos que tiene un Nettó para hacer algo de compra. Y ya que eran las 2 de la tarde, nos tomamos un descanso para comer unos sándwiches antes de volver al coche.
Pusimos rumbo a la carretera 95 para después seguir por la 931 bordeando el Lago Lögurinn, que llega hasta Fellabær . Con un área de 53 km² el lago tiene 25 kilómetros de largo, 2.5 kilómetros de ancho en su parte más amplia y una profundidad máxima de 112 metros. Al igual que ocurre con el Lago Ness, también cuenta con su propia leyenda sobre un monstruo, el Lagarfljotsormurinn.
En ocasiones no se ve desde la carretera, ya que queda oculto por los árboles del mayor bosque de Islandia, el Hallormsstaðarskógur. Creo que era la primera vez que nos encontrábamos con una zona boscosa en el país.
Siguiendo hacia el sur, tomamos un atajo de la 933 que nos cruzaba a la otra orilla para poder ver un par de cascadas. Dejamos el coche en un pequeño aparcamiento e iniciamos la ruta. Hay un sendero bien marcado, por lo que no tiene pérdida. Es cierto que hay una valla a lo poco de empezar, pero, como ya habíamos visto en otras ocasiones, no impide que se pueda pasar, solo que hay que cerrar después.
El inicio ya comienza por una escalera de madera, pero va a peor, ya que lo que sigue es una empinada pendiente. Se agradece que el terreno tenga una especie de malla, porque de esta manera cuando llueve o ha llovido no se queda todo embarrado, sino que aún hay agarre para las zapatillas. Eso sí, no quita que exija un determinado esfuerzo.
La primera parada la hicimos a apenas unos minutos de haber empezado, y es que además de la cuesta se nos puso en contra la meteorología, pues las pocas nubes que poblaban el cielo se movieron y nos dejaron un sol que de repente comenzó a apretar con todas sus ganas. Para más inri había que añadir que íbamos vestidos preparados para aguantar una excursión en barco, así que llevábamos capas de ropa con polar y el chaquetón. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que la gente que bajaba, iba en manga corta con los jerseys atados en la cintura y la chaqueta en la mano. La parte positiva de tener que parar de vez en cuando era que al estar todo despejado teníamos unas estupendas vistas del lago y los alrededores.
A medida que íbamos subiendo (y sufriendo, porque aquello no tenía ni un falso llano) se iba abriendo a nuestro lado un cañón que dejaba intuir una cascada a lo lejos.
Este primer salto de agua es Litlanesfoss, también conocido como Stuðlabergsfoss (cascada de la columna del basalto), y es que precisamente queda enmarcado entre columnas basálticas de entre 15 y 20 metros de altura.
Una vez que la lava se ha solidificado, el flujo continúa enfriándose durante un tiempo considerable, de ahí que se generen estas formas hexagonales. Las columnas más altas están un poco curvadas en la parte superior, lo que indica que la lava todavía se estaba moviendo cuando comenzó su formación.
La cascada no es demasiado alta (30 metros en dos pasos), aunque sí lleva fuerza.
Seguimos ascendiendo y cruzamos alguna que otra pasarela y zona complicada ya sin la malla y totalmente embarrada de los últimos días. Incluso en algún momento tuvimos que atravesar un pequeño arroyo. Poco a poco iba quedando más alejado el aparcamiento y el lago.
Una media hora después de parar en Litlanesfoss vimos por fin la segunda cascada de nuestra parada: Hengifoss, de las más altas del país, con 128 metros de altura.
Aún estaba lejana y había que darle un voto de confianza, pero desde aquella distancia con el cauce del río seco, me dejó fría. Supongo que tuvo mucho que ver el ascenso. Después de aquella paliza que me estaba pegando a sudar, esperaba encontrar una cascada espectacular, rollo Dettifoss, con su atronador ruido al caer roca abajo y sin embargo, apenas había un chorrillo.
Supongo que cuando el río lleva agua es más complicado acercarse tanto, pero en este caso pudimos caminar no solo por la zona verde, sino incluso por las piedras, que a veces era más cómodo porque el barro no se iba quedando en el dibujo de la suela de las botas.
Una vez a los pies de la cascada pude constatar que fue una decepción. Es cierto que lo peculiar de Hengifoss es el entorno: el lago, el cañón Hengifossárgljúfur, la pared de lava y arcilla… pero al ir el río con tan poca agua, quedaba un poco desangelado.
Las capas de basalto fueron formadas hace entre 5 y 6 millones de años como consecuencia de erupciones volcánicas en el Período Terciario. Las franjas rojas intercaladas son sedimentos y suelos viejos que han ganado ese color a medida que el hierro de la arcilla se ha ido oxidando.
Bajo la cascada hay rocas sedimentarias de unos 100 metros de grosor cuyas capas superiores son de piedra arenisca con capas de lignito en las que se han carbonizado troncos de árboles y ramas así como otros rastros de plantas.
Antes de que nos quedáramos fríos por estar parados mucho rato a la sombra después de la caminata, emprendimos el regreso al coche. La bajada fue mucho más sencilla y con una perspectiva diferente. Y es que la cosa cambia cuando eres tú quien baja y ves cómo otros van sufriendo el camino de subida. No te queda otra que darles ánimo.
Una vez en el coche, tras refrescarnos y quitarnos alguna capa de ropa, volvimos a la carretera regresando a Egilsstaðir para allí tomar la 93 dirección a los fiordos.

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