Road Trip por Islandia VIII: Día 4. De la Península de Snæfellsnes a Península Vatnsnes
Y llegó nuestro cuarto día en Islandia. Tocaba poner rumbo norte, pero antes, había que desayunar y volver a cargar el coche. Aunque madrugamos, lo cierto es que para cuando quisimos sentarnos a la mesa, ya habían terminado el resto de habitantes de la casa, por lo que pudimos hacerlo tranquilamente. De hecho, fuimos los últimos en marcharnos, lo que nos permitió poder recorrer las diferentes estancias y hacer fotos con luz.
Nada más entrar nos encontrábamos con un pequeño zaguán en el colgar los abrigos y dejar los zapatos, y seguidamente un cuarto que servía de almacén y tenía los contadores y el router. De frente había dos habitaciones, una de ellas doble y otra triple.
A mano izquierda quedaba el único baño de la casa, bastante espacioso y con una moderna ducha de obra.
En general la casa tenía un estilo bastante moderno y se veía que había sido renovada recientemente, pero que también habían querido mantener ese toque más tradicional de granja en el mobiliario y en algunos detalles. Así se podía apreciar por ejemplo en la puerta de tablones de madera junto a la cocina.
La cocina, aunque de paso, estaba bien distribuida y equipada. En una parte se ubicaba la vitrocerámica y el fregadero, y, en la parte opuesta, los electrodomésticos (microondas, nevera, cafetera, tetera) así como productos básicos como té, azúcar, café, aceite…
Esta nos conducía a lo que parecía ser una ampliación. Es donde se encontraban salón – comedor y nuestro dormitorio.
Nuestra habitación era bastante sencilla. Albergaba la cama, un baúl, una estantería, un burro para colgar la ropa y una lámpara. Pero era lo suficientemente grande como para poder abrir las maletas en el suelo y reorganizar nuestra ropa en función de las necesidades de los días siguientes.
Desde el exterior la casa es sencilla con las fachadas pintadas de blanco y el tejado de rojo. No muy lejos quedaban el resto de cabañas. Y alrededor, la naturaleza.
Salimos de la casa un poco más tarde que habitualmente, ya casi a las 10 de la mañana. Volvimos sobre nuestros pasos del día anterior para tomar la carretera 54. En el cruce con la 60 enlazamos con la 586 y en apenas unos 8 kilómetros llegamos a nuestra parada del día: Eiriksstaðir, o lo que es lo mismo, la granja en que vivió el vikingo Erik el Rojo.
En realidad de la granja original apenas quedan cuatro piedras escondidas en la hierba. Lo que vemos hoy en día es un centro de interpretación en el que se ha erigido una réplica de aquella construcción para que sirva como escenario a unos actores que ejercen como narradores de historias, que explican cómo usar las herramientas vikingas y acercan al visitante a la artesanía, la ropa y arquitectura, todo hecho a mano.
También encontramos un juego de tablero conocido como Hnefatafl, algo así como una mezcla entre el ajedrez y las damas. Consta de veinticuatro atacantes y doce defensores en un espacio de 11×11. El bando atacante es el negro, y es el que ha de intentar capturar al rey (la figura que sobresale), mientras que el defensor (blanco) procura avanzar y alcanzar una de las cuatro esquinas marcadas con un aspa.
Cada una de las partes mueve una pieza por turno, comenzando por el atacante y han de hacerlo del mismo modo que las torres en el ajedrez, es decir para un lado o para el otro. Para comer una pieza al contrario basta con rodearle con otras dos propias. No la pierde, sin embargo, si es el rival quien la ha colocado entre las nuestras.
El rey puede moverse a placer de su trono (la posición inicial) y puede servir para rodear al enemigo, y también se le ataca de la misma manera. Aunque hay un par de excepciones. Una de ellas es que si se encuentra en el trono, es necesario rodearle por los cuatro lados, y otra que si está en una casilla adyacente al trono, serán tres.
Muy interesante descubrir este juego.
La entrada al recinto nos costó unos 10€ al cambio y coincidió que ese día tenían una especie de feria y había actos y representaciones a lo largo de toda la jornada. Como está al aire libre y se puede entrar y salir, la simpática mujer que nos vendió las entradas en la tienda de artesanía nos puso un sello en la mano que tardó días en borrarse.
En nuestra visita pudimos conocer algo más de la vida de Erik el rojo, quien llegó con su padre desde Noruega a Islandia en el siglo X cuando aún era un niño. Se casó y asentó en la zona en un pequeño terreno que les cedió el padrastro de su mujer en los límites de su propiedad. En los primeros años nacerían los dos primeros hijos, Leifur y Þorstein. Parece, sin embargo, que sus otros dos hijos Þorvaldur y Freydís tuvieron como madre a otra mujer. Todos ellos jugaron algún papel en el descubrimiento del Nuevo Mundo.
Se cuenta que Erik tenía mucho temperamento y que pronto comenzó a discutir con sus vecinos, seguramente por cuestiones relacionadas con las tierras. Llegó incluso a matarles a algún esclavo, crimen por el que no fue enjuiciado, pero que sin embargo supuso su expulsión de Haukadalur. Emprendió un viaje entonces y acabó asentándose en la isla de Oxney, donde no tardaría de nuevo en tener problemas con los vecinos. Esta vez llegó a un punto tal en que no estaba seguro en Islandia, así que, con ayuda de sus amigos se echó al mar. Tres años más tarde regresó diciendo que había encontrado una vasta tierra y en el verano de 986 volvió con aquellos que quisieron seguirle y establecieron una colonia en Groenlandia.
Su hijo Leifur fue también marinero, siendo también quien llevó la religión cristiana a Groenlandia. Cuando oyó a marineros comentar que había una tierra más al oeste, se echó a la mar y llegó probablemente a la Isla de Baffin y Labrador, en Canadá, convirtiéndose así en el primer europeo en llegar a América (casi cuatro siglos antes de Colón). Durante el invierno se quedó en Terranova y volvió el siguiente verano a Groenlandia a contar las noticias de su expedición. Sus hermanos Þorvaldur y Freydís también harían sendas expediciones.
En el interior de la vivienda asistimos a una sesión en la que un simpático islandés vestido de vikingo nos habló de los usos y costumbres de sus antepasados. Nos explicó cómo se dividían las estancias, para qué se empleaban, cómo se distribuían las diferentes familias que allí residían y que no dormían toda la noche del tirón, sino que lo hacían por tramos más cortos y además sentados, para así no morir asfixiados por el humo de la hoguera central que calentaba el espacio. También nos contó cómo conseguían ese pelo tan rubio (había algún aspecto escatológico al respecto) y se aseaban, cómo vestían y nos mostró las herramientas que usaban.
Fue muy interesante, pero no pudimos quedarnos a las demostraciones y demás actos que tenían programados para la jornada, pues teníamos que continuar con nuestra ruta hacia el norte. Así pues, volvimos a la carretera, retomando la 586 para llegar a Staður y enlazar con la 1. El problema fue que aunque hasta la granja el camino era aceptable, una vez pasada esta se iba convirtiendo en una pista de grava con tremendos baches. Sí, el paisaje era una maravilla, sin embargo, en determinado momento, a mitad de camino vimos imposible continuar, pues parecía que la carretera no iba más allá, sino que terminaba en una casa. Así que no nos quedó otra que regresar por donde habíamos venido, salir a la 60 y desviarnos a la 59 para, entonces sí, tomar la 1.
Hubiera estado bien poder recorrer la 60 y subir a los Fiordos del Oeste, pero hubo que priorizar, así que seguimos hasta la Península Vatnsnes, también conocida como península de las focas ya que en sus costas se pueden ver numerosas colonias de estos animales. Recorrimos la carretera 711 por su parte este (pues continuar por la oeste nos parecía mucho tramo por una carretera de tres cifras) y paramos en Hvítserkur, una formación geológica que también recibe el nombre de “el rinoceronte bebiendo agua”. Aunque también hay quien dice que se parece a un dragón e incluso hay una leyenda que dice que es un troll que, sorprendido al amanecer cuando iba a asolar un monasterio, se convirtió en piedra. Teorías y miradas. Es como las formas de la Ciudad Encantada o de Monument Valley.
Lo cierto es que se trata de un islote que se formó cuando el magma llegó al mar y que se ha ido erosionando y cambiando de forma con el paso del tiempo y la acción de los elementos. Hoy lo llaman rinoceronte, quizá dentro de unos años sea una grulla. O se haya derrumbado.
Dejamos el coche en el aparcamiento y nos asomamos a un balcón de madera ubicado sobre el acantilado, desde donde no solo se ve esta roca, sino también la típica playa negra islandesa. Azotaba el aire, pero el día estaba despejado y se respiraba tranquilidad.
Apenas había gente en la zona, pero vimos cómo un grupito subía por la ladera y nos animamos a bajar. El camino apenas estaba visible, de hecho, en realidad no había uno marcado como tal, sino que seguimos las pisadas de otros valientes que habían abierto la veda. No es que fuera complicado, pero sí es cierto que no era una bajada apta para todos los públicos, ya que la pendiente unida al barro entrañaba cierto peligro. Pero con cuidado y el calzado adecuado llegamos a la playa, donde no nos resistimos a dar un paseo para estirar las piernas tras casi tres horas encerrados en el coche.
Cuando nos cansamos, volvimos al aparcamiento, donde improvisamos una comida ligera que constó de unos sándwiches de ensalada de gamba y un skyr.
Y con el estómago lleno, seguimos con nuestra ruta.

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