Road Trip por Islandia VII: Día 3 III Parte. Cráter de Saxhólar, Volcán Kirkjufell y Helgafell
En medio del Parque Nacional Snæfellsjökull hicimos una breve parada en el Cráter de Saxhólar, un cráter que erupcionó hace unos 3000-4000 años y que se eleva unos 109 metros por encima del nivel del mar.
Dejamos el coche a los pies del cráter y nos dirigimos a la rampa de metal colocada en la ladera y que nos permite ascender hasta la cima y asomarse al agujero. La subida es un tanto empinada y llegamos a contar unos 388 escalones. No es de extrañar que quien más quien menos hiciera un alto de vez en cuando para tomar aire. Como compensación, la parada permitía disfrutar de las vistas de los campos de lava de los alrededores.
Como venía siendo la tónica habitual en el día, nos encontramos con un viento potente, por lo que había que tener cuidado al asomarse. Lógicamente no había valla alguna. De todas formas, tampoco era necesario ponerse en peligro para tener una perspectiva 360º del Parque Nacional Snæfellsjökull y de la lava cubierta de musgo de los alrededores.
Arriba del todo se ve también el cráter.
En total estuvimos un cuarto de hora entre subir, bajar, otear el horizonte, echar unas fotos y grabar algún vídeo. La hora y la climatología tampoco nos daban mucho más margen, así que cogimos de nuevo al coche y volvimos al camino dirección Hellissandur. Como es habitual en Islandia, no es un pueblo muy grande, pero sí que resulta conveniente en la península, ya que cuenta con hotel, camping y gasolinera. Además alberga el Museo Marítimo Sjómannagarður, donde se encuentra el Bliki, el barco pesquero más antiguo de toda Islandia (data de 1826).
La siguiente población medianamente relevante es Olafsvík, que aunque hoy cuenta con apenas mil habitantes, en su día fue un próspero puerto comercial. Hoy vive de las excursiones para atisbar ballenas. Nosotros teníamos planeado esto para más al norte, así que pasamos de largo volviendo a la carretera 54 y no paramos de nuevo hasta poco antes de llegar a Grundarfjörður, una aldea de apenas 800 habitantes. El motivo es que allí se encuentra el famoso Volcán Kirkjufell y su cascada.
Esta montaña de 463 metros de altura a la que los islandeses le dan este nombre que significa “Monte de la Iglesia” (porque les recuerda al tejado de una iglesia) y los daneses el de “cima de azúcar”(por su apariencia cuando la cima está nevada) siempre ha sido un icono no solo de la península, sino del país. No obstante, en los últimos años ha ganado más relevancia aún tras haber aparecido en Juego de Tronos en la escena en que los Hijos del Bosque crean a los Caminantes Blancos y más tarde en la séptima temporada cuando Jon Snow y su séquito van más allá del muro.

Es uno de los escenarios más fotografiados del país, y no es de extrañar, ya que si nos situamos junto a la cascada Kirkjufellfoss, el conjunto formado por ambos elementos es de postal. Es verdad que la cascada no es ni de las más grandes ni de las más espectaculares, pero es una de las paradas obligatorias en la zona.
Nosotros estuvimos una media hora entre el paseo y las fotos de rigor. El día se estaba nublando y nos quedaban pocas horas de luz, por lo que tampoco podíamos entretenernos mucho más. En días soleados es preferible ir por la tarde, ya que el sol queda a favor y no entorpece ni al mirar ni al fotografiar.
Volvimos al coche para continuar nuestra ruta recorriendo la península entre montañas, ríos y fiordos. De vez en cuando alguna casa salpicada aquí y allá y alguna oveja o caballo.
Poco después de pasar el Hraunsfjarðarvatn volvimos a ver un nuevo campo de lava, el Berserkjahraun, que se extiende durante 7 kilómetros. Muy cerca, al norte de la carretera 54 se halla Bjarnarhöfn, una granja convertida en centro productor del Hákarl, ese manjar vikingo que no es otra cosa que tiburón podrido. Yo personalmente no tenía interés en hacerme la valiente y probar esta apestosa delicatessen, por lo que continuamos nuestro camino hacia el este.
Unos 20 kilómetros después sí que hicimos una breve parada para fotografiar el Helgafell, un cerro de 73 metros de altura al que los islandeses consideran sagrado por ser el lugar al que acudían los primeros vikingos a morir o a enterrar a sus difuntos. Cuenta la leyenda que serán concedidos tres deseos a quien consiga ascender a su cima.
Aún nos quedaba un trecho hasta el alojamiento pero nos estábamos quedando sin luz, por lo que decidimos continuar del tirón, eso sí, hicimos una breve parada en Stykkishólmur, la ciudad más importante y poblada de la península (algo más de 1000 habitantes), para repostar. Desde esta pequeña localidad con un coqueto puerto rodeado de casitas de madera del siglo XIX salen los ferris a los Fiordos del Oeste.
Con el depósito lleno, retomamos la carretera 54, que a partir de aquí nos encontramos llana, pero no asfaltada. Quizá estaban en proceso de acondicionarla y le habían quitado la molesta grava, pero aún faltaba la última capa de pavimento.
Eran ya las 21:30 cuando llegamos al Ravencliff Lodge, nuestro alojamiento para la noche, ubicado casi en la intersección de la carretera 54 y la 60, y que nos devolvería a la Ring Road para el próximo día.
La casa contaba con tres habitaciones, un baño, cocina y salón. Además, el alojamiento tenía un par de espacios más en el exterior al estilo de contenedores-cabaña. Cuando llegamos ya había una pareja jovencita y un grupo de españoles cenando. Nos sorprendió encontrarnos ya no solo con paisanos, sino con gente, pues estábamos teniendo un viaje bastante tranquilo (tampoco es que lleváramos muchos días, es verdad). Ellos venían en sentido opuesto, por lo que estaban a punto de regresar a casa.
La noche apenas nos dio para mucho. Básicamente descargamos el coche, nos dimos una ducha y cenamos unos fideos chinos antes de echarnos a dormir. El día había sido muy largo con 333,4 kilómetros a nuestras espaldas.

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