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Road Trip por Islandia VI: Día 3 II Parte. Arnarstapi y Playas de Djúpalónssandur y Dritvík

Mar 3, 2020
9 min read

Dejamos atrás la pequeña iglesia de Búðakirkja y seguimos por la costa por el Útnesvegur. Íbamos dirección Arnarstapi, pero nos encontramos con un aparcamiento donde había algunos coches y pensamos que debía haber algo interesante, así que hicimos un alto. El punto de interés resultó ser Rauðfeldsgjá, un barranco alto y estrecho ubicado en los acantilados al sur del glaciar Snæfellsjökull.

Un panel nos cuenta la leyenda asociada con este lugar. Al parecer, Bárður Snæfellsás, descendiente de gigantes y trolls, era el hijo de un rey que vivía con sus voluptuosas y bellas hijas cerca de Laugabrekka en Hellnar al final del siglo IX. Su hermano Porkell vivía en Arnarstapi con sus dos hijos, Rauðfeldur y Sölvi. Un día, cuando los primos estaban jugando en la costa, Rauðfeldur empujó a Helga, la hija mayor de Bárður, a un iceberg y esta acabó a la deriva hasta que llegó a Groenlandia. Helga no resultó herida, pero su padre estaba tan enfadado que mató a los dos sobrinos. Empujó a Sölvi por unos acantilados cercanos que ahora llevan el nombre de Sölvahamar y a Rauðfeldur por este cañón. Tras el incidente Bárður se adentró en el glaciar y no fue visto nunca más, aunque no murió, sino que se convirtió en un espíritu de la naturaleza.

No queda muy lejos del aparcamiento (quizá a unos 5 minutos) y, aunque hay una leve pendiente, no es muy complicado llegar.

Eso sí, una vez dentro de la grieta hay que tener algo de cuidado, pues el espacio es algo limitado y hay una cascada en el hueco, por lo que las rocas están mojadas o incluso el río cubre la zona (depende de las lluvias de los últimos días).

Tras la parada improvisada continuamos unos 5 kilómetros más hasta la pequeña aldea de Arnarstapi, ubicada casi en la entrada del Parque Nacional de Snæfellsjökull. Aunque nació como puerto pesquero y de comercio y tuvo gran relevancia en siglos pasado, durante el siglo XX mucha gente emigró hacia Reikiavik y hoy en día apenas viven unas 50 personas en la zona. Sin embargo, lo que sí se veía mucho desde la carretera eran alojamientos bastante nuevos, sobre todo pequeñas cabañas modernas y minimalistas con grandes cristaleras y precios prohibitivos.  Dejamos el coche en un aparcamiento junto a varios restaurantes y hoteles y nos dirigimos hacia los abruptos acantilados. Antes de llegar nos encontramos con un monumento de piedra en homenaje a Bárður.

Esta obra fue realizada en 1985 por el afamado escultor islandés Ragnar Kjartansson y está dedicado a la pareja local Guðrún Sigtryggsdóttir y Jón Sigurðsson, y a su hijo Trausti, que murió en 1928 con tan solo 19 años.

Desde el monumento sale un camino que lleva a los acantilados basálticos donde anidan miles de aves marinas. Pasear por la costa nos ofrece la visión de múltiples formaciones como consecuencia de la impresionante fuerza del océano al romper contra las rocas y del viento.

Había que andar con mucho cuidado al acercarse a los acantilados, pues hacía un día bastante ventoso. De hecho, no debe ser extraño encontrarse con días y así, y para evitar que los turistas acaben en el océano por no tomar las precauciones adecuadas, había balcones de madera que tenían pinta de recién construidos. Es más, algunos aún estaban por terminar con las máquinas allí aparcadas.

Se ve claramente cómo Islandia se ha ido adaptando al turismo en los últimos años y encontramos un recorrido marcado por gravilla en el que cada pocos metros había un panel de madera que nos señalaba algún punto de interés. A veces se trataba de una bonita vista de los acantilados, otras de alguna roca con forma peculiar y, en muchas ocasiones, de agujeros formados tras haberse ido erosionando la piedra por el efecto de las olas al romper. Nosotros pillamos marea baja, pero cuando va alta parece que se ve aparecer el agua hacia arriba tras romper contra las paredes inferiores.

En la mayoría de los casos había que observar desde la distancia, sin embargo, en alguna ocasión pudimos acercarnos, como a este arco a nivel del mar.

Aunque la marea estaba alta y llevábamos calzado impermeable y de buen agarre, no quisimos adentrarnos mucho más allá. Tampoco era necesario para apreciar el detalle de las rocas.

En determinado momento el camino de grava nos lleva hacia el interior, alejándonos un poco de la costa. Paseamos entonces por una zona verdosa que poco a poco deja aparecer un campo de lava cubierto de musgo. Una vez que entramos en este tramo es más difícil de seguir el recorrido, pues desaparece la grava y queda un estrecho camino en el que apenas cabe un pie. Y es que imagino que no han querido dañar la zona, ya que si se pisa manto de musgo sobre la lava, tardará mucho en volver a crecer. Para no perderse hay que seguir las estacas con pintura roja.

Después de unos 5 minutos, volvimos a ver el océano y los escarpados acantilados. Tras una breve parada para observar el paisaje y hacer unas pocas fotos decidimos darnos la vuelta, porque el camino por el campo de lava seguía y seguía y no tenía sentido que nos metiéramos a hacer una ruta cuando ya teníamos hambre y el sol iba ya en descenso.

Así pues, emprendimos el regreso y, resguardados en el coche, improvisamos una comida tirando de nuestra despensa móvil. Nos comimos un wrap y un sándwich de pan de molde con ensalada de patata. De postre un skyr.

Un poco más tarde de las 2 de la tarde dejamos atrás los acantilados y retomamos la marcha para seguir recorriendo la península. Uno de los tramos más bonitos es el que trascurre entre Arnarstapi y Hellnar, la siguiente población. Ni siquiera podríamos hablar de pueblo, ya que apenas destaca por su pequeña iglesia blanca, la Hellnakirkja (de 1880), y el sendero que lleva a Hellnar View Point, desde donde de nuevo se puede observar la costa.

Tan solo unos kilómetros más adelante llamó nuestra atención un panel y nos bajamos a leer la información, porque a priori desde el coche no intuíamos qué podía ser reseñable en una zona tan desértica.

Resulta que contaba la historia de Björn Pétursson (1555-1596), el único asesino en serie de Islandia. Este criminal era el más pequeño de tres hermanos y vivía en una granja en Öxl, al oeste de Búðir. No queda muy claro su historial, ya que hay diferentes versiones. En algunos casos se habla de 9 víctimas, que fue las que él confesó, y en otros de hasta 18, que fueron los cuerpos que se encontraron (pero él dijo que aparecieron enterrados en su terreno y los movió de sitio. Algo que no se creyeron las autoridades, como era de esperar). Solía matar a viajeros y granjeros que llegaban a Öxl en busca de trabajo.

Fue sentenciado a muerte y ejecutado en Laugarbrekka, el lugar en que nos encontrábamos, en 1596. Primero se le rompieron los huesos de los brazos y las piernas con un mazo, después fue decapitado y finalmente desmembrado y enterrado en tres lugares diferentes para evitar cualquier posibilidad de que volviera a la vida. Poca broma. Su mujer, Þórdís Ólafsdóttir, también fue condenada a muerte como cómplice, aunque su ejecución fue pospuesta porque estaba embarazada. Eso sí, fue forzada a ver la ejecución de su marido.

El hijo de ambos, Sveinn “Skotti” Björnsson, fue también un criminal y fue ahorcado en 1648 por violador. El hijo de este, Gísli “Hrokur” Sveinnsson, siguió con la tradición familiar y también fue ejecutado.

Una historia curiosa, sin duda.

Enseguida volvimos al coche y paramos unos 5 kilómetros después en los Acantilados de Þufubjarg.

Desde el mirador de Lóndrangar se pueden ver los pináculos de basalto que formaron en su día parte de un cráter. Hoy ya está casi desaparecido por la acción de los elementos, pero el panorama es impresionante igualmente. Para los islandeses además este sitio es simbólico, ya que ubican en él una iglesia para elfos.

No muy lejos queda la Cueva Vatnshellir, una gruta de unos 200 metros a unos 32 metros de profundidad formada hace más de 8000 años como consecuencia del paso de las corrientes de magma. Como ya habíamos parado en una muy similar el primer día, nosotros seguimos de largo hasta la playa de Djúpalónssandur.

El sendero más comúnmente usado para bajar a la playa es Nautastigur, que cuenta con unos impresionantes acantilados y formaciones rocosas por todo el lado norte, incluida la Roca Gatklettur, con forma de corazón. Se puede subir a ella y permite ver a través de su agujero el glaciar Snæfellsjökull.

Sobre la playa, al norte de los acantilados rocosos se hallan dos lagunas: Djúpulón (que significa lagunas profundas y da nombre a la playa) , y Svörtulón (que se podría traducir como laguna negra). Sus niveles suben y bajan con la marea y en Djúpulón solamente la parte a nivel de superficie consta de agua dulce, por lo que hay que tener cuidado si se quiere beber de ella. Svörtulón tiene, al parecer, mejor agua.

La Playa Djúpalónssandur es de origen volcánico, por eso tiene esa llamativa arena negra. También negras son las pequeñas piedras lisas conocidas como las perlas de Djúpalón (Djúpalónsperlur), que están protegidas. Hay que tener mucho cuidado con estas playas, ya que, aunque parecen tranquilas, en realidad la marea puede subir rápidamente y con corrientes bastante fuertes. De ahí que haya tanto cartel de peligro.

Otro cartel nos cuenta la historia del pesquero británico Epine GY7, que naufragó el 13 de marzo de 1948. Al parecer el barco salió a la mar un día meteorológicamente complicado y con mucho oleaje. Llegó ayuda de los pueblos cercanos, pero tan solo pudieron salvar a 5 de los 19 tripulantes. Si recorremos la playa podemos encontrar aún hoy en día los restos del naufragio. Y es que en vez de recoger el metal para que no sea un peligro para quien la visita, a alguien le pareció buena idea dejarlo allí para recordar el accidente e incluso se indica que se respeten los restos.

En la actualidad, 72 años después, lo que queda son trozos oxidados desperdigados entre la arena y piedras. ¿Quién lo iba a imaginar, eh?

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Junto a esta playa de Djúpalónssandur y rodeada por lava en tres de sus lados, se encuentra la de Dritvík, que entre los siglos XVI y XIX fue un importante puerto pesquero. En el norte de la playa se encuentra la laguna Dritvíkurpollur, el principal puerto al que llegaban los barcos de remos. En una temporada normal llegaba a acoger entre 40 y 60 embarcaciones y había entre 200 y 600 hombres trabajando. Hoy está obviamente en desuso, pero aún queda un detalle que recuerda su pasado: las aflraunasteinar, o rocas de levantamiento de peso.

El levantamiento de piedras es una actividad muy extendida en el norte de Europa, y especialmente en Escandinavia, Escocia e Islandia (donde se conoce como Steintök). Yo pienso en levantamiento de piedras y me viene a la cabeza el Harri-jasotze de los vascos.

Cada una de ellas tiene un nombre y peso diferentes:

  • Amlodi: novato, 23 kilos

  • Hálfdraettingur: media fuerza, 54 kilos

  • Hálfsterkur: fuerza suficiente, 100 kilos

  • Fullsterkur: plena fuerza, 154 kilos

El motivo por el que están colocadas en esta playa es porque guardan relación con el mundo de la pesca. Y es que tradicionalmente estas rocas servían para evaluar la fuerza de los candidatos marineros. En función del peso que pudiera levantar, así podía optar para un puesto u otro. Así, por ejemplo, para ser remero se requería ser capaz de levantar al menos la piedra Hálfdraettingur a la plataforma a la altura de más o menos la cadera.

Había más gente paseando por la playa y algunos hicieron el amago de levantarlas. Nosotros fuimos más cautos y no quisimos arriesgarnos a acabar deslomados ya al principio de nuestras vacaciones. No había necesidad. Anduvimos por las playas y alrededores un rato y de nuevo volvimos a la carretera. Eran las 4 de la tarde y estábamos en la parte más occidental de la península, aún nos quedaba un buen tramo y no tantas horas de luz.

Seguimos pues con nuestra ruta hacia el Parque Nacional de Snæfellsjökull, uno de los tres que existen en Islandia (Þingvellir y Vatnajökull son los otros dos). Se extiende por 170 km2 y recibe el nombre del famoso volcán que bloqueó el espacio aéreo hace unos años. También es conocido por ser el lugar en que Julio Verne situó la puerta de acceso al Viaje al centro de la Tierra: “Desciende al cráter del Yocul de Snefells que la sombra del Scartaris acaricia antes de las calendas de julio, audaz viajero, y llegarás al centro de la Tierra, como he llegado yo.“

Este volcán formado a raíz de varias erupciones explosivas, está dormido desde 1219, por lo que con el paso del tiempo se ha ido asentando un glaciar sobre su cima y laderas. Sin embargo, como tantos otros, está en peligro, ya que como consecuencia del calentamiento global se estima que podría desaparecer entre 2030 y 2050. Mientras tanto, se puede ascender a su cumbre a 1.446 metros de altitud bien por libre, o bien por excursión, si no se cuenta con un vehículo apropiado para recorrer las carreteras F.

Obviamente no contábamos con tiempo para ello, por lo que seguimos adelante. Su silueta nos acompañó durante el viaje por la carretera Útnesvegur.

 
 
 

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