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Road Trip por Islandia V: Día 3. Acantilados Gerðuberg, Bjarnarfoss y Búðakirkja

Feb 26, 2020
4 min read

Dado que el primer día sabíamos que íbamos a madrugar mucho para coger el vuelo, había programado un segundo día un tanto relajado. Lleno de paradas interesantes, claro, pero que podríamos hacer tranquilamente sin tener que madrugar tanto y, además, pudiendo acostarnos pronto. Sin embargo, para el tercer día nos esperaba un día bastante completo.

A las 7 ya estábamos en pie, listos para una una ducha que nos activara y un rico desayuno.

Un poco antes de las 9 de la mañana, después de haber desayunado y cargado nuestras pertenencias en el coche, pusimos rumbo noroeste para adentrarnos en la Península de Snæfellsnes. De esta península de tierra volcánica que se adentra en el océano se dice que es como Islandia en miniatura, por tener un poco de todo lo característico de la isla en un territorio relativamente reducido. En ella podemos encontrar cascadas entre columnas de basalto, el Parque Nacional de Snaelfellsjökull, Kirkjufell (la montaña más fotografiada del país), la cascada Kirkjufellfoss, extensos campos de lava, acantilados como Lóndrangar, islas rocosas a las que acuden los frailecillos, playas como Djúpalónssandur o Ytri Tunga y pequeños pueblos con típicas casitas de madera como Búðir, Hellnar o Arnarstapi. Y aunque su mayor atractivo es sobre todo geológico, paisajístico y natural; también es un lugar relevante desde un punto de vista histórico, ya que desde Snæfellsnes salió Erik el Rojo hace más de mil años en busca de tierras lejanas.

Tomamos la carretera 54, una vía que nos lleva a través de una llanura donde destacan al fondo las montañas. El paisaje cambia un poco cuando llegamos al cruce con la 55, pues predominan campos de lava algo más abruptos. La primera parada la hicimos a unos 50 kilómetros del inicio, en los Acantilados Gerðuberg, unos acantilados que, sin embargo, no dan al mar.

En realidad se trata de una pared de columnas de basalto en medio de una llanura. Aunque se ven desde la carretera, merece la pena acercarse . Para ello hay que tomar un camino durante aproximadamente un kilómetro. Es de grava, pero fácilmente accesible. A medida que te vas acercando comprendes la magnitud de las columnas, y es que algunas llegan a superar los 14 metros de alto y metro y medio de ancho.

Nosotros no quisimos pararnos mucho porque teníamos un día bastante largo por delante, pero es de libre acceso y te puedes acercar cuanto quieras, incluso subirte a ellas para observarlas más de cera o divisar los alrededores.

Retomamos el camino por la carretera 54 y volvimos a parar otra vez unos 60 kilómetros después, esta vez para ver la cascada Bjarnarfoss. Este salto de agua fácil de encontrar, pues se encuentra a apenas un par de minutos de la explanada donde se deja el coche. No hace falta mucha indicación más que tomar el camino que sale del aparcamiento.

Eso sí, acercarse a ella conlleva un poco de riesgo. Y es que el ascenso consta de dos partes: una primera de fácil acceso siguiendo el camino, y una segunda un tanto más complicada que supone subir la colina usando las piedras como escalera. En algunas partes se requiere de cierto fondo, pero sobre todo de un calzado adecuado, ya que si ha llovido o está el ambiente húmedo, habrá barro, y puede ser peligroso.

Nosotros íbamos frescos y con botas de buen agarre, por lo que nos arriesgamos a subir hasta estar a los pies de la cascada, y la verdad es que merece la pena.

Es verdad que no llevaba mucho caudal, y si se viene en sentido contrario a nosotros con 2/3 de la isla recorridos quizá ni siquiera llame la atención lo suficiente como pararse. En nuestro caso sin embargo era de las primeras que veíamos, por lo que nos llamó la atención la pared de basalto sobre la que se precipita. Además se trata de un lugar perfecto para sentarse unos minutos a descansar, reponer fuerzas y disfrutar de las vistas. Tanto de la cascada como de lo que hemos dejado abajo.

Antes de quedarnos fríos emprendimos el descenso con mucho cuidado de no caer rodando colina abajo y volvimos al coche a seguir con nuestra ruta, que enseguida tenía una nueva parada. A apenas unos 4 kilómetros, abandonando la carretera 54 y tomando el Útnesvegur, llegamos a la Búðakirkja, una de las iglesias más antiguas construidas en madera en la isla y una de las 3 negras que quedan en Islandia.

Está considerada Monumento Nacional y alberga algunos objetos de gran importancia histórica como la campana de 1672, dos candelabros de 1767, un retablo de 1750 y un antiguo cáliz de plata.

Ya se erigió una primera iglesia en 1703 en Búðir, sin embargo duró poco, ya que acabó demolida unos años más tarde. A pesar de que se volvió a levantar una nueva, esta acabó abandonada en el siglo XIX y finalmente desmantelada. en 1816 Steinunn Sveinsðóttir luchó para que se construyera una nueva, pero la iglesia luterana rechazaba continuamente su petición. Finalmente obtuvo un permiso real pero en el marco de la puerta queda reflejado: “Esta iglesia fue construida en 1848 sin el apoyo de los padres espirituales”.

La señora Sveinsðóttir descansa en el pequeño cementerio junto al tempo.

El entorno en que se encuentra la iglesia es incomparable: a los pies del Océano Atlántico y con la cordillera de Snæfellsnes en el sentido opuesto. En días de invierno destaca su silueta en un manto de nieve, en verano, luce algo menos.

Dejamos atrás la iglesia y nos acercamos a la playa, para lo que hay que atravesar un campo de lava, el Búðahraun.

De primeras pueden parecer piedras sin más cubiertas de césped, pero si nos fijamos detenidamente, sí vemos las marcas de cómo la lava se fue secando en su camino hacia el mar.  En la playa, sobresalen las rocas negras entre la fina arena.

Con lava o sin ella, la playa invitaba a dar un paseo por ella. Nos recordó mucho a aquellas playas desiertas de Escocia por las que paseamos también con chaqueta y botas. Sin embargo, no teníamos tiempo para ello, aún nos quedaba media península y ya era medio día, por lo que volvimos al coche a seguir con nuestra ruta.

 
 
 

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