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Qué ver en Segovia

Apr 11, 2022
12 min read

Segovia, ubicada a los pies de la Sierra de Guadarrama y a medio camino entre Madrid y Valladolid, es una ciudad que, a priori, parece pequeña, pero que sin embargo tiene una lista interminable de monumentos únicos que conocer y disfrutar. Hoy propongo una primera aproximación a la ciudad realizando un paseo por lo más conocido dentro del casco antiguo, del recinto amurallado. Un recorrido desde el Acueducto romano al Alcázar pasando por la Casa de los Picos, la plaza de Medina del Campo con su iglesia de San Martín, la Catedral en la Plaza Mayor o la iglesia de San Andrés. Todo a través de la Calle Real, la más comercial de Segovia.

En este breve paseo no hay que perder detalle, sobre todo por las calles Muerte y Vida, San Francisco, Calle Real, Fernández Ladreda o la Plaza de San Martín. En ellas destacan bastantes edificios cuyas fachadas están decoradas con dibujos que se repiten por toda su superficie. Hablamos del esgrafiado.

El origen de la palabra viene del vocablo italiano sgraffiare, puesto que la herramienta utilizada para su realización era el grafio. Y la técnica alcanzó su punto álgido en el Renacimiento italiano y desde allí se exportó a otros lugares del mundo. A la Península Ibérica parece que sin embargo llegó antes que a otros lugares de Europa, quizá gracias al Camino de Santiago.

A mediados del siglo XIX el Ayuntamiento de Segovia publicó una ordenanza que obligaba a los propietarios de las casas que quedaban intramuros a que mejoraran el aspecto exterior de sus viviendas para mejorar la imagen de la ciudad. Por este motivo casi todas las fachadas de este estilo que podemos ver datan de aquella época. Los restos más antiguos que se conservan son los del Alcázar, del Torreón de Lozoya, del Palacio del Conde Alpuente y del Palacio del Conde Cheste, todos ellos del siglo XV.

Esta técnica ornamental, cuyo origen es el mudéjar (aunque ya está documentado en la época de los etruscos), se utilizaba tanto en interior como en exterior de las casas nobles. Esta fórmula no solo servía como elemento decorativo a la vez que tapaba imperfecciones, sino que además protegía la pared de los elementos atmosféricos.

Para llevar a cabo el esgrafiado se usaban agua, cal/cemento y arena/paja. En primer lugar se aplicaba una capa sobre el muro dejándola bien lisa y después, con una plantilla, se iba marcando el patrón (generalmente un dibujo geométrico, pero en ocasiones también flores) gracias a un punzón. En algunos casos la plantilla se colocaba de forma lineal, en otras por el contrario se iba girando para crear un diseño más complejo.

Pero comencemos por el principio. Por el Acueducto, sin duda el símbolo de la ciudad. Construido en el siglo II (parece que durante los reinados de Trajano y Adriano) para llevar el agua a Segovia desde el manantial de Fuenfría, es uno de los monumentos del Imperio Romano más emblemáticos de la Península Ibérica, además de uno de los que en mejor estado se conserva.

Declarado Patrimonio de la Humanidad (junto a la ciudad vieja de Segovia) en 1985 por la UNESCO, cuenta con una longitud total de 17 kilómetros desde su origen en la sierra. Pero lo maravilloso de su construcción es que sus sillares de granito no se unen entre sí con ningún tipo de argamasa o cemento, sino que simplemente se apoyan unos sobre otros. Una impresionante obra de ingeniería que aún sigue en pie diecinueve siglos después.

Aunque lo cierto es que en la segunda mitad del siglo pasado su deterioro comenzó a ser significativo. El Acueducto se convirtió en lugar de confluencia de cinco carreteras y dos de ellas, ambas nacionales (la N-110 y la N-603), pasaban bajo sus pilares. Este tráfico constante provocó que la construcción sufriera daños físicos como golpes, raspados e incluso accidentes, además de otros químicos como consecuencia de los humos y la contaminación. Todo ello fue haciendo que los sillares se fueran separando, agrietando y erosionando y, teniendo en cuenta que se asientan unos sobre otros sin ningún tipo de material de unión,  había cada vez más riesgo de desprendimiento.

En 1992 el alcalde decidió que había que atajar el problema y prohibió el paso del tráfico bajo sus arcos. De primeras la medida no fue muy buen acogida por los segovianos, pues este corte iba a cambiar la fisonomía de la ciudad por completo y pensaban que iba a ser a peor. Sin embargo, el tiempo ha demostrado que fue una decisión acertada no solo para el monumento, sino también para los lugareños y visitantes.

El mejor lugar para disfrutar del Acueducto es la Plaza Azoguejo, espacio que en la Edad Media funcionaba como mercado. Hoy en día es el punto de partida de la mayoría de las visitas a la ciudad, y es donde se encuentra la oficina de Información y Turismo.

Es en esta plaza donde el Acueducto alcanza su mayor altura, los 28 metros, y donde podemos ver su parte central.

Arriba, bajo la arcada pequeña, se pueden ver dos hornacinas, una a cada lado, realizadas para albergar sendas imágenes. En su origen contenían estatuas de Hércules, fundador de la ciudad, pero desaparecieron y en el siglo XVII se sustituyeron por la de la Virgen del Carmen en la cara de la Plaza del Azoguejo y la de San Sebastián en la Plaza de la Artillería. Hoy en día, no obstante, esta última tampoco se sabe qué pasó con ella.

Si se quiere realizar el recorrido entero del Acueducto por el interior de la ciudad habría que subir por la Calle Teodosio el Grande, continuar por la Calle Almira y llegar al final de la Calle los Cañuelos. Poco a poco el monumento va perdiendo altura y niveles hasta convertirse en un muro en el que se ve el canal en su parte superior. No obstante, esto nos lleva por el sentido opuesto a la ruta propuesta hoy.

Otro de los puntos relevantes de camino al Alcázar es la Casa de los Picos. Esta casa construida en el siglo XV destaca claramente por su fachada, que, como bien indica su nombre, está cubierta de picos. Concretamente 617 picos de piedra.

Ubicada en la Calle Juan Bravo, entre el Acueducto y la Plaza Mayor, parece ser que debe su estilo a un interés rupturista, buscaba diferenciarse del estilo judío de la época. Original, cuanto menos. Aunque en cierta manera recuerda a la Casa de las Conchas de Salamanca.

Tras pasar por varios propietarios, el edificio fue cedido en los años 70 al Ministerio de Educación. Fue entonces rehabilitado y desde 1977 pasó a ser la sede de la Escuela de Arte y Superior de Diseño de Segovia.

Muy cerca se halla la Plaza de San Martín y la de Medina del Campo, que aunque hoy en día son dos plazas diferentes, están tan unidas que parecen la misma. De hecho, hasta el siglo XX lo eran. Actualmente sin embargo la Plaza de San Martín ocupa la parte izquierda superior, y debe su nombre, como es obvio, a la iglesia que la ocupa, la Iglesia de San Martín, del siglo XII.

Este templo de origen mozárabe y estilo románico, cuenta con tres naves, una cabecera de tres ábsides y una torre que fue reconstruida en ladrillo en el siglo XIV. La iglesia tiene además la particularidad de que su alería porticada rodea todo el edificio, excepto la puerta principal.

A la derecha de la iglesia, y en varios niveles, se extiende la Plaza de Medina del Campo, que recibe este nombre como agradecimiento a esta localidad vallisoletana que ayudó a Segovia durante el levantamiento comunero.

Esta plaza, pese a no ser de un tamaño excesivo, cuenta con una buena variedad de edificios relevantes y es una de las más importantes de la ciudad. En primer lugar destaca el Torreón de Lozoya, un palacio construido entre los siglos XIV y XVI que hoy alberga exposiciones de Caja Segovia.

Junto a esta construcción se hallan dos casonas renacentistas del siglo XVI, la Casa Solier (conocida como Casa de Correos por haber pertenecido en el siglo XVII al correo mayor y estafeta mayor de la ciudad) y la Casa Bornos.

Frente a estas fachadas, erigida sobre unas escalinatas, se encuentra la estatua del comunero Juan Bravo.

A medio camino entre el Acueducto y el Alcázar de Segovia encontramos la Plaza Mayor, la que es, junto con la Plaza del Azoguejo, es el corazón de la ciudad. Denominada Mayor desde 1461, ha tenido otros nombres durante algunos períodos históricos. Por ejemplo, fue renombrada como Plaza de la Constitución en la época de la Restauración borbónica y Plaza de Franco durante la dictadura, aunque en realidad siempre ha sido conocida por los segovianos como Plaza Mayor.

En el centro de esta ubicación se erigía la Iglesia de San Miguel, un templo cuyo techo colapsó en 1532 durante una misa. Este suceso propició que el espacio se abriera uniendo tres plazas: la de San Miguel, la del Caño y la de la Panadería y que se iniciara una reestructuración urbanística de la zona. Se levantó entonces el edificio del Ayuntamiento, una construcción con fachada de granito, torres con chapiteles de pizarra y reloj con campanas que paulatinamente quedó flanqueada por casas delimitando así el perímetro de la plaza.

En el lado opuesto se erigió la nueva Iglesia de San Miguel que sustituyó a la derruida. Con un predominante estilo gótico, conserva la portada románica del templo primitivo en cuyo atrio se celebró la proclamación de Isabel la Católica como Reina de Castilla en 1474. tras la muerte de su hermano Enrique IV.

Junto a la iglesia, en el lugar que había ocupado el teatro de La Zarzuela y el cine Reina Victoria, se levanta uno de los edificios más emblemáticos de la Plaza Mayor, el Teatro Juan Bravo, construido en 1917.

A fines del siglo XIX la plaza terminó de configurarse llenándose de vida con la llegada de los cafés, casas de comidas, restaurantes, hoteles y comercios. Fue entonces también cuando se incorporó el quiosco de música en 1896, diseñado por Joaquín de Odriozola siguiendo la moda tan presente por aquel entonces de la arquitectura de hierro.

En esta Plaza Mayor, como no podía ser de otra forma, se celebraban todo tipo de eventos y acontecimientos, desde el mercado de los jueves, corridas de toros, conmemoraciones de sucesos históricos, manifestaciones, procesiones, misas, juras de bandera… Además, también en sus calles adyacentes se encontraban todo tipo de comercios. Hoy en día sigue siendo punto de encuentro entre segovianos y visitantes.

Y nos falta un último monumento en esta plaza: la Catedral de Segovia, a quien Emilio Castelar, Presidente de la I República, dio el sobrenombre de La Dama de las Catedrales por “su elegancia y enormes proporciones”.

Denominada oficialmente Santa Iglesia Catedral de Nuestra Señora de la Asunción y de San Frutos, fue erigida entre los siglos XVI y XVII. A pesar de que en aquel momento predominaba una arquitectura renacentista, la catedral sin embargo se construyó en un estilo gótico tardío. No obstante, sí que es cierto que incorpora algunas características renacentistas como la concepción del espacio, de los volúmenes y de la luminosidad. Para tener una referencia: en los 33 metros de altura de la nave central de la catedral de Segovia cabría la parte más alta del Acueducto.

Esta catedral no es la primera que tiene la ciudad de Segovia, ya que antes de esta ya existió una de estilo románico dedicada a Santa María en lo que hoy son los jardines del Alcázar. Gravemente dañada durante la Guerra de las Comunidades en 1520, Carlos V decidió que, en lugar de volver a levantarla junto al Alcázar y arriesgarse a que un nuevo levantamiento pusiera en peligro su residencia, fuera construida desde cero en el barrio judío, un espacio que se había quedado vacío después de que los judíos hubieran sido expulsados en 1492.

De aquella Catedral de Santa María se recuperaron para Nuestra Señora de la Asunción el claustro, el coro y la pila bautismal. Y precisamente bajo el claustro se excavó una sala de exposiciones en la que se conservan algunas de las joyas artísticas de la catedral.

Con una planta de tres naves con crucero, con un ábside semicircular en la cabecera y una girola rodeada de capillas, la catedral fue, durante un tiempo, la más alta de España. En su día su torre tenía una altura de 108 metros, pero un rayo se cargó el chapitel original y hoy “solamente” alcanza los 88. Abierta a los visitantes, subir a ella permite otear toda la ciudad y alcanzar a ver la famosa Mujer Muerta.

Su entrada habitual es la puerta de San Frutos, patrón de Segovia, una portada que da a la Plaza Mayor.

Para llegar al Alcázar hay que atravesar la Plaza de la Reina Victoria Eugenia, el recinto ajardinado donde hace siglos se levantaba, como decía más arriba, la antigua catedral. Hoy, además de ser la entrada al castillo, alberga en uno de sus lados la Antigua Casa de la Química, lugar en que su director Louis Proust enunció la “Ley de las proporciones definidas” y hoy acoge las taquillas del Alcázar.

En la plaza se puede ver además una escultura conmemorativa a los Héroes del 2 de mayo.

También, es un buen lugar para obtener una buena panorámica de los alrededores.

Pero por supuesto, lo que destaca en esta plaza es el Alcázar, uno de los monumentos más emblemáticos de la ciudad. Ubicado en un lugar privilegiado sobre el valle por el que fluyen los ríos Eresma y Clamores y con una silueta inconfundible, se eleva sobre un promontorio ofreciendo unas vistas increíbles de la meseta castellana.

Esta construcción fue una de las residencias favoritas de las distintas dinastías que han reinado las tierras de Castilla y de España, pero restos de sillares similares a los que se utilizaron para construir el Acueducto encontrados en la roca donde se erige parecen indicar que ya en la época romana hubo algún tipo de castro. Lo que sí está claro es que la existencia de esta fortaleza queda documentada ya a principios del siglo XII.

En él fue donde en 1256 Alfonso X el Sabio convocó Cortes. También fue el lugar desde donde salió en 1474 Isabel la Católica hasta la Plaza Mayor de Segovia para ser proclamada de Reina de Castilla. Durante esta época de los Trastámara el Alcázar se reforzó y se convirtió en residencia de la monarquía, alcanzando sus años de mayor esplendor. De entonces data la decoración gótico-mudéjar de varias salas o la torre Juan II.

Por el contrario los Austrias apenas lo pisaron. A excepción de Felipe II, rey que justamente terminó de darle el aspecto actual mandando incorporar las puntiagudas torres de pizarra al estilo de los Castillos del Loira tan de moda en la época. La capilla del Alcázar fue en 1570 albergó su enlace con Ana de Austria.

El castillo dejó de ser residencia real con el traslado de la Corte a Madrid. Se convirtió entonces en prisión del Estado, manteniendo esta función durante los reinados de Felipe IV y Carlos II.

En el siglo XVIII, el Alcázar se convirtió en sede del Real Colegio de Artillería, recién fundado por Carlos III. Aunque tuvo que ser cerrado un tiempo para su restauración a finales del XIX, ya que un incendio en 1862 destruyó gran parte del edificio y de su contenido. Finalmente, desde 1898 alberga el Archivo General Militar en su primera planta.

Hoy en día se puede visitar su interior en un recorrido que lleva por doce de sus estancias: la Sala del Palacio Viejo (la más antigua), la Sala de la Chimenea, la Sala del Trono (donde destaca su lujosa cúpula del siglo XV), la Sala de la Galera (lugar en el que los invitados esperaban para la audiencia real y donde se halla una gran pintura que recuerda la proclamación de Isabel la Católica), la Sala de las Piñas, la Cámara Regia, la Sala de Reyes, la Sala del Cordón, la Capilla, la Sala de Armas, la Sala Real del Colegio de Artillería y la Sala Vizconde de Altamira y Espera; dispuestas en torno a dos patios, el del Reloj y el Patio de Armas.

También se puede subir a la Torre Juan II, desde donde se ve todo el recinto amurallado. Porque sí, Segovia también fue una ciudad amurallada. Su construcción tiene su origen en la época romana, allá por el siglo III. Después, a finales del XI, tras la conquista cristiana de Alfonso VI, fueron reforzadas para defender la ciudad de los musulmanes y de otros intentos de asedio. Con más de tres kilómetros de longitud, una anchura de dos metros y medio y una altura media de siete y medio, su silueta se adapta a la roca en que se asienta a la ciudad.

Con el paso del tiempo la muralla perdió su función defensiva, hasta que a partir del XVI se comenzaron a construir viviendas pegadas a su perímetro y terminó de perder toda importancia, ya que era imposible de controlar de aquella manera el acceso a la ciudad.

Contaba con cinco puertas y siete postigos y hoy es una de las tres únicas murallas (además de – cómo no- Ávila y Lugo) que quedan completas en España. De las puertas se conservan solo tres, las de San Cebrián, San Andrés y Santiago. De los postigos, cuatro, siendo el más popular el Postigo del Consuelo, junto a la Plaza Azoguejo, ya que desde él se obtienen unas magníficas vistas del Acueducto y los alrededores.

Hay además otros muchos miradores desde los que ver la ciudad desde diferentes perspectivas. El Mirador de la Canaleja queda en esta ruta propuesta, al final de la Calle Juan Bravo. Desde él, además de otear Segovia, si hace un día claro, se puede ver la Mujer Muerta.

Una visita a esta ciudad Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO no estaría completa sin una degustación de su gastronomía tradicional. Por supuesto hablamos del famoso cochinillo, asado al horno durante horas, pero también de la sopa castellana, los judiones de la Granja, los torreznos, las perdices, el conejo y las setas. Y de postre el ponche segoviano (un bizcocho borracho), las tortas, las rosquillas o los florones.

Sin duda, Segovia, es una ciudad con mucho que ofrecer tanto a nivel gastronómico, como monumental. Por sus calles empedradas encontramos los vestigios de prácticamente todas las culturas que han pasado por la Península Ibérica desde la época preromana. Por ello, esta ciudad castellanoleonesa es una de las ciudades más turísticas de España. Y para los madrileños, una joya a un paso de casa.

 
 
 

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