Qué ver en Hervás, Cáceres
Extremadura es una de esas comunidades a menudo olvidadas cuando se planean escapadas. A veces porque se suelen buscar zonas costeras, otras porque siempre hay ciudades que han sabido explotar muy bien su publicidad para atraer a los turistas y vienen antes a la mente. Sin embargo, también tiene mucho que ofrecer, como con frecuencia nos recordaba una amiga que es de un pueblecito de Cáceres. Tanto nos insistió, que finalmente este otoño nos escapamos tres amigas para allá. No contábamos con mucho tiempo, porque nos fuimos un fin de semana, así que tan solo teníamos útil el sábado, no obstante, lo explotamos al máximo visitando Hervás, Granadilla y las ruinas de Cáparra.
Hervás, ubicada al norte de Cáceres en el magnífico entorno natural del Valle del Ambroz, es una de las poblaciones de la zona que mejor ha sabido conservar su pasado medieval. Teníamos intención de dar un paseo tranquilamente por sus calles, sin embargo, al llegar a la Oficina de Información y Turismo nos indicaron que justo comenzaba una visita guiada, así que al grupo que nos incorporamos. Ana, nuestra guía nos llevó a lo alto de la ciudad para ubicarnos y ponernos en antecedentes sobre el pasado de esta localidad.
Se cree que los primeros residentes en la zona fueron los celtas e íberos, y que también por allí pasaron fenicios y griegos. Pero, como población, Hervás nació a finales del siglo XII, cuando la orden militar del Temple construyó cerca del río una ermita dedicada a San Gervasio y San Protasio. Es del primer santo de donde proviene el nombre que finalmente recibió el pueblo. Aunque nació como independiente, perteneció durante muchos siglos a la jurisdicción de Béjar en lo político, mientras que en lo religioso dependía (incluso hoy en día) del Obispado de Plasencia. Con unas comunicaciones bastante escasas y la calzada romana de la Plata como línea fronteriza era difícil desarrollar el comercio. No fue hasta 1230, cuando se unieron los reinos de Castilla y León, cuando estas dificultades se solventaron.
Las persecuciones a los judíos a finales del siglo XIV originaron una gran dispersión en Castilla. Los Zúñiga, señores de Béjar, conscientes de que en Hervás hacía falta población y mano de obra, facilitaron su llegada. Unas 45 familias se asentaron en la parte baja (en la alta, cerca del castillo, vivían los cristianos), en torno a la sinagoga (hoy calle del Rabilero) y se dedicaron a diferentes oficios que iban desde tejedor a zapatero pasando por prestamista, recaudador de impuestos… Sin embargo, apenas un siglo más tarde, con el Edicto de Expulsión de 1492 de los Reyes Católicos, esta comunidad judía se vio obligada a marcharse o convertirse al cristianismo.
Aquellos que tuvieron que huir lo hicieron hacia Portugal, donde el rey Juan les permitió el paso durante ocho meses. Eso sí, tuvieron que marcharse con lo puesto, ya que no les permitieron vender sus casas (aunque sobre el papel sí que podían), ni llevarse oro, plata, monedas o joyas. En definitiva, no podrían huir con nada de valor. Los que se quedaron como conversos, en su gran mayoría siguieron manteniendo sus costumbres y ejercían como cristianos de cara a la galería. De ahí que hoy en día, incluso cuando solo residieron durante un siglo en la ciudad, hayan trascendido y se haya mantenido una gran herencia cultural judía, incluyendo tradiciones culinarias de hondo calado, como la patatera.
Yo siempre había pensado que la morcilla patatera nació de la escasez. De aprovechar la patata, la calabaza u otros productos más baratos en lugar de la carne. Sin embargo, según nos contó nuestra guía, nació de la necesidad de los judíos de mostrar que se habían convertido al cristianismo. Dado que muchos no cambiaron de costumbres de la noche a la mañana, o solo lo hicieron de puertas para fuera, tenían que fingir que comían cerdo. Así, mientras de cara a sus vecinos estaban comiendo una morcilla rojiza que daba el pego si no la probaban, en realidad lo que comían era un producto hecho de carne de cordero y patata o calabaza. La parte más colorida fingía ser carne de cerdo aderezada, la blanca, que en realidad era el cordero, la grasa de la carne.
Dado que los judíos eran perseguidos en otras partes del mundo, muchos acabaron retornando como conversos con nuevos apellidos (Castillo, Guerra, Burgalés, Ibáñez, Navas…). Para mediados del siglo XVII Hervás contaba con 350 familias, de las cuales 42 eran descendientes de judíos. La mayoría de ellos se dedicaban al textil, un oficio muy prolífero en la zona.
En 1664 Hervás solicitó al rey Felipe IV la independencia del Ducado de Béjar bajo el argumento de que “tiene 550 vecinos y todas las condiciones precisas para regirse por sí mismo, ya que tiene industrias y riquezas tales como viñas, castañas y huertos y sus vecinos se consideran ser felices”. Sin embargo esta petición fue rechazada, como también lo fue la siguiente en 1687 a Carlos III. No fue hasta 1816 cuando se le concedió la separación y se convirtió en Villa Eximida con la concesión de rollo, horca y cuchillo. Poco después, en 1833, Hervás, Baños de Montemayor y La Garganta pasaron a pertenecer a Cáceres, provincia en la que se mantienen hoy en día.
Y, como decía, estábamos en lo más alto de la ciudad, en el origen de Hervás, donde en el siglo IX se construyó construyó el castillo, la torre y la iglesia de Santa María.
Como se puede comprobar, es una iglesia fortaleza que queda completamente rodeada por una muralla. En su cabecera se erige la torre de Santa María, en cuyo campanario se pueden observar los escudos de los Zúñiga y del obispo de Plasencia, así como cuatro gárgolas.
Desde allí se puede ver el Museo de la Moto y el Coche Clásico, ubicado en un peculiar edificio.
Tras escuchar a nuestra guía y observar las vistas, continuamos con nuestra visita adentrándonos en el barrio judío, la joya de Hervás. En el camino encontramos avisos en el suelo que nos indica la pertenencia de la localidad a la red de Juderías de España – Caminos de Sefarad, una asociación formada por 21 municipios españoles que comparten un preciado legado judío. Entre ellos se encuentran Cáceres, Plasencia, Ávila, Barcelona, Béjar, Córdoba, Estella-Lizarra, Segovia, Toledo y Tudela. Aunque ojo, nuestra guía nos señaló que en este caso no se puede hablar de judería pues el barrio no quedaba cerrado.
Con un entramado de travesías angostas, irregulares y empinadas, el casco histórico de Hervás fue declarado Conjunto Histórico Artístico en 1969 gracias a que es uno de los más y mejor conservados de España. Ha llegado prácticamente intacto hasta nuestros días gracias al empeño de sus vecinos, conscientes del valioso legado cultural y documental. Todas las calles conservan el trazado original por lo que no es raro encontrar recovecos, pasos muy estrechos entre calles y callejones.
En el recorrido predominan casas entramadas con vigas de madera y tejas cuyas fachadas quedan adornadas con símbolos que recuerdan su pasado. Así, no es raro encontrar letras y nombres en hebreo, menoráhs o cruces de David. Incluso los nombres de las calles hacen alusión a aquella época de convivencia entre ambas religiones.
Las construcciones del barrio medieval se realizaron en materiales de proximidad. El primer cuerpo se levantaba con piedras graníticas provenientes del río Ambroz, mientras que el principal lo hacía con entramado de ladrillos de adobe y vigas de madera de castaño. En algunos casos la parte superior contaba con saledizos y voladizos que protegían de lluvia y nieve en invierno, así como del sol en verano. A partir del siglo XIX las tejas a menudo se colocaban también en las fachadas, no solo en las cubiertas, para así preservar el paño de adobe de la acción del viento y el agua y aumentar así su durabilidad.
Las viviendas solían tener la misma estructura:
– Una planta baja que albergaba el zagúan y donde residían los animales que contribuían a la economía doméstica (burros, mulos, caballos, vacas, cerdos, gallinas…), de esta manera proporcionaban calor a la superior. En algunas ocasiones también había un patio o bodega. – Una primera planta donde se ubicaban las alcobas – Una planta superior donde estaba la cocina, donde se secaban las morcillas de la matanza o los productos del huerto.
Los residentes eran en su mayoría campesinos, labradores o tejedores y solían vivir de lo que su huerto producía.
Esta zona junto al río con construcciones medievales se convierte en escenario durante la representación teatral del Festival de los Conversos, celebrado en verano en memoria de todos aquellos judíos que tuvieron que acreditar el cambio de su fe. Esos días el pueblo acoge jornadas gastronómicas, conciertos, exposiciones…
No conocía nada de Hervás antes de la visita y me sorprendió gratamente su entorno, su historia y su encanto. Con la Sierra de Béjar a sus espaldas y a orillas de los ríos Ambroz, Gallego y Santihervás es un pueblo por el que merece perderse en sus calles estrechas y descubrir su patrimonio histórico así como su gastronomía. Empezamos muy bien la ruta del día. Antes de continuar hacia Granadilla hicimos una parada para comer.

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