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Qué ver en Cuenca

Feb 15, 2022
12 min read

Ubicada en Castilla La Mancha, en plena serranía, Cuenca se alza en un imponente risco sobre las hoces de los ríos Júcar y Huécar. Esta característica le aporta a la ciudad una peculiar fisionomía como si estuviera emergiendo de la naturaleza. Declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1996 por su singularidad urbanística, alberga un patrimonio arquitectónico muy interesante y bien conservado entre el que destacan las icónicas Casas Colgadas.

La ciudad actual tiene su origen en la fortaleza musulmana de Qūnka, donde residían unas 1000 personas. En 1777 Alfonso VIII la conquistó y le otorgó el Fuero de Cuenca, uno de los más prestigiosos de la historia de Castilla. A partir de entonces la villa empezó a experimentar un gran crecimiento llegando a alcanzar los 6000 residentes dos siglos después gracias a una economía centrada en la industria textil.

No obstante, la pañería se hundió en el siglo XVII y con ella la población, que tardó en recuperarse un siglo. En 1833 se convirtió en la capital de la nueva provincia de Cuenca aunque la situación siguió siendo algo precaria hasta bien entrado el siglo XX.

Hoy en día tenemos una ciudad partida en dos. Mientras que en otros lugares los núcleos urbanos se van ensanchando en torno al casco histórico, en Cuenca la orografía no permite una expansión tal. Así pues, mientras que al norte queda la Cuenca histórica, turística y monumental, a más de 1000 metros de altura sobre el nivel del mar; al sur se extiende una más moderna.

El casco histórico, en el que me voy a centrar hoy, es bastante pequeño y se puede recorrer en una manaña. Eso sí, peso a que su conjunto monumental queda bastante recogido, nos encontramos rincones interesantes entre callejuelas que nos trasladan a la Edad Media.

Dado que el casco histórico está reservado para los residentes, la mejor opción para dejar el coche es el aparcamiento gratuito en el Barrio del Castillo. La ventaja además es que, al encontrarnos en el barrio más alto de la ciudad, podremos disfrutar desde el mirador de la espectaculares vistas de Cuenca y de las hoces entre las que se levanta.

Este barrio le debe su nombre a un antiguo castillo del siglo XIII que se erigía en la zona y que tomaba varios de los elementos de la fortaleza musulmana que allí existía antes de la conquista de Cuenca por Alfonso VIII en 1177.

Actualmente, tras siglos de desidia y abandono, solo se conserva parte de la muralla, sus torres y el Arco Bezudo, una de las antiguas puertas de entrada a la ciudad amurallada.  Justo antes de cruzarlo hay una mirador que ofrece una buena panorámica de la Hoz del Júcar.

Nada más cruzar el arco, a mano izquierda se encuentra el Archivo Histórico Provincial, un edificio de cuatro plantas que entre el siglo X y el XV formó parte del castillo. Cedido por Felipe II al Tribunal de la Inquisición de Cuenca en 1808, fue convertido en cuartel durante la Guerra de la Independencia y Guerras Carlistas. Más tarde, a finales del siglo XIX pasó a ser Cárcel civil, siendo abandonado en la década de los año 70 del siglo XX.

Entre 1985 y 1995 fue rehabilitado y reconstruido y desde entonces funciona como Archivo Histórico custodiando más de 7 km lineales de documentos que datan desde el siglo XIII hasta la actualidad. Fue declarado Bien de Interés Cultural en noviembre de 1997 y en 2007 fue premiado como la mejor obra rehabilitada en Castilla La Mancha en los últimos veinte años.

Frente a su fachada se halla una estatua de bronce de Fray Luis de León, humanista y religioso agustino de la escuela salmantina que nació en Belmonte, Cuenca.

Un poco más adelante, pero en la acera opuesta, hay unas escaleras de bajada que llevan a la Ronda del Júcar, desde donde de nuevo podemos observar el Júcar.

Desde allí también se pueden ver frente al mirador los Ojos de la Mora, dos aberturas en la pared rocosa de piedra caliza pintadas como si fueran dos ojos (es la Escuela de Artes y Oficios de Cuenca quien se encarga cada año de pintarlas de un color).

Hacen referencia a una leyenda que cuenta la historia de unos jóvenes enamorados tras la época de la conquista. Por aquel entonces había una normal convivencia entre las tres religiones, sin embargo, debido a las diferencias culturales no estaba bien visto (en algunos casos incluso estaba prohibido) que se relacionaran entre ellas. No obstante, dado que la mezcla era frecuente, no era extraño que surgieran. Esto es lo que ocurrió entre los protagonistas, un soldado cristiano y una joven mora, quienes se enamoraron y comenzaron a verse a escondidas.

Ella, mientras tanto, fue prometida por su padre con un joven de su misma religión, y este, cuando se enteró de que los enamorados planeaban casarse, avisó a sus amigos y asesinaron al joven cristiano. Cuando la novia lo descubrió, intentó suicidarse para reunirse con él, sin embargo el cura la avisó que de esta manera nunca lo conseguiría ya que el suicidio era pecado en la religión católica y que por tanto iría al infierno y no al cielo como el soldado. En su lugar se convirtió al cristianismo por recomendación del sacerdote y pasó el resto de sus días en un convento. Tras su muerte mira al casco antiguo desde el cerro.

En la bajada que nos lleva a la ronda podemos observar cómo en el edificio que hace esquina que sobresale una especie de terraza. Parece ser que este saliente no era otra cosa que una especie de letrina que tenía una compuerta para vaciar hacia el exterior. Desde luego había que andar con cuidado si se paseaba por allí.

Como curiosidad, bajo el arco se encuentra la alcantarilla más antigua de la ciudad.

Siguiendo la calle Trabuco, de nuevo cruzando de acera y a continuación del Archivo Histórico, se halla el Convento de las Carmelitas, un edificio del siglo XVII-XVIII de planta de poligonal en estilo barroco.

En 1580 Santa Teresa de Jesús fundó el Convento de las Carmelitas Descalzas de Villanueva de la Jara, en 1588 otro en Huete y un tercero en 1617 en Valera de Abajo. Cuando las monjas de este segundo de Huete decidieron marcharse en 1603, el canónigo Sebastián Covarrubias les entregó su casa y jardines para que levantaran un nuevo convento en la ciudad de Cuenca. Estas lo vendieron a la Diputación en 1978 y desde entonces es la sede de la Fundación cultural Antonio López, que alberga un museo de arte contemporáneo, biblioteca y centro cultural.

Junto al convento se erige la Iglesia de San Pedro, levantada tras la conquista de la ciudad a los árabes sobre una antigua mezquita. La iglesia primitiva constaba de tres naves y torre a los pies.

De planta octogonal en el exterior y circular en el interior alberga entre sus tesoros el artesonado mudéjar de una de sus capillas. Cuenta entre sus estilos una mezcla de románico, gótico, barroco y el neoclásico, y es que ha sufrido cambios a lo largo de los siglos.

En XVI se le adosó la capilla de San Marcos y en el XVII se reedificó la torre debido a su mal estado de conservación y se cubrió con teja el chapitel. Un siglo más tarde la iglesia fue directamente totalmente renovada, como muchas otras de la ciudad.

Un poco más abajo, siguiendo la calle de San Pedro, a mano izquierda, al fondo de un callejón, aparece el Antiguo Colegio de San José, un edificio que fue construido en 1621 como casa palaciega bajo las órdenes del abuelo materno de Juan Bautista Martínez del Mazo, discípulo aventajado de Velázquez (quien además se convertiría en su yerno al casarse en 1633 con su hija Francisca) y quien le sucedería en su puesto como pintor de cámara a la muerte del maestro en 1661.

En uno de sus viajes a Cuenca, Diego Mazo de la Vega decide convertir la residencia de su abuelo en el Colegio de Infantes de Coro San José. Y aunque él no lo vio terminado, porque murió en 1647, el colegio abrió sus puertas en marzo de 1668.

Aquella institución se mantuvo con bastante esplendor hasta bien entrado el siglo XIX, cuando los problemas económicos y las transformaciones políticas y sociales del país le hicieron entrar en decadencia hasta su cierre. En 1953 el edificio reabrió sus puertas, pero esta vez ya como negocio hostelero cuando Fidel García Berlanga se lo compró al obispado. Aunque después cambió de manos, siempre ha sido un lugar que ha acogido a diversos personajes relacionados con la cultura. A principios de los 80 sufrió una fuerte rehabilitación después de haber estado un tiempo en desuso, aunque conservó la estructura. En 2005 fue declarado como bien de interés cultural.

Continuando la bajada nos topamos conlas ruinas de la iglesia de San Pantaleón, un pequeño edificio de estilo románico de planta sensiblemente rectangular. con tejado a dos aguas. De la pequeña nave central tan solo quedan unas pilastras sobre la que se apoyan dos arcos de medio punto y de la fachada únicamente el arco de entrada ojival y abocinado, que data del siglo XII. El edificio fue declarado Bien de Interés Cultural 1992.

La nave lateral de la iglesia se convirtió en calle entre finales del siglo XV y principios del XVI, momento en que quedaron al descubierto las tumbas que había bajo el pavimento. Y es que desde la fundación del templo en el XIII hasta aquel momento se habían venido haciendo enterramientos. Aunque como no fue una parroquia, se cree que es posible que los restos encontrados provenían de personajes (y sus familias) con derecho a enterrarse dentro del templo. Tal vez caballeros hospitalarios, pues un documento de 1355 confirma que San Pantaleón era entonces San Juan del Hospital. También cabe la posibilidad de que fueran vecinos de alguna de las parroquias próximas.

En las 23 fosas estudiadas aparecieron más de un centenar de cadáveres de ambos sexos y diversas edades. Además, en la excavación arqueológica solo aparecieron esqueletos y clavos oxidados, lo que significa que los finados fueron enterrados dentro de ataúdes y envueltos en sudarios. También se llega a la conclusión de que las fosas fueron reutilizadas sucesivamente, desplazándose los cuerpos más antiguos al enterrar a los más recientes. El resto del suelo de la ermita estaría también repleto de tumbas.

Esta práctica de enterrar en iglesias y alrededores dejó de practicarse en el siglo XVIII cuando los pensadores ilustrados comenzaron a advertir del terrible peligro que esto suponía para la salud pública.

Dando unos pasos más se llega a la Plaza Mayor, centro neurálgico de la parte alta de la ciudad. Aunque es monumental, no tiene grandes dimensiones. Ni tampoco una forma cuadrada y porticada como las de Madrid o Salamanca.

Es el lugar de encuentro por excelencia de Cuenca, no en vano, en ella abundan los bares. La plaza también es testigo de las fiestas de San Mateo, los festejos más populares, participativos y multitudinarios de la ciudad que conmemoran la conquista de la ciudad por Alfonso VIII en 1177.

En ella se encuentra el Ayuntamiento, una construcción que queda encajonada entre edificios  de fachadas de colores. La Casa Consistorial ya se encontraba en este lugar a finales del siglo XV, aunque por aquel entonces el espacio se llamaba Plaza de la Picota. No obstante, aquel edificio con el paso del tiempo fue deteriorándose y tuvo que ser remodelado. Tiempo después se quedó pequeño, por lo que se amplió. Sin embargo, de nuevo llegó a quedar en tal mal estado que finalmente a mediados del siglo XVIII tuvo que ser demolido y vuelto a levantar. Pero claro, el espacio que quedaba era limitado, de ahí que tan solo tenga tres arcos.

De estilo barroco de la época de Carlos III, la fachada queda articulada en tres plantas. La primera de ellas permite gracias a sus arcos acceder a la calle principal. La segunda, con un balcón corrido y dividida por tres ventanas, alberga la Sala del Ayuntamiento y las oficinas. Finalmente, la planta superior cuenta con seis ventanas y queda coronada por un ático rematado por la figura de un león.

Frente a él se erige el Convento de las Petras, un enorme edificio a tres calles fundado el año 1509 por el Canónigo de la Catedral de Cuenca. De también estilo barroco y planta elíptica pertenece a la Orden Justiniana, que proviene de la primera congregación de Canónigos Regulares fundados en San Jorge de Alga de Venecia en 1404 por San Lorenzo Justiniano.

Y presidiendo la plaza y atrayendo todas las miradas se encuentra la Catedral de Santa María y San Julián, el templo religioso más importante que visitar en Cuenca. Y es que no en vano, fue el primer edificio que se construyó en Cuenca tras la expulsión de los musulmanes a manos del rey Alfonso VIII y pretendía precisamente mostrar todo el esplendor del poder eclesiástico.

Su fachada destaca por su gran rosetón, sus tres grandes puertas de arco apuntado y una talla de San Julián, patrón de la ciudad. Tuvo que ser reconstruida a principios del siglo XX por los daños que sufrió con el derrumbe de la Torre del Giraldo.

Erigida sobre una mezquita árabe que había sido derruida previamente, disputa el título de primera catedral gótica de España con la Catedral de Ávila. Y es que. aunque comenzó a construirse en un momento en que predominaba el románico en el territorio nacional, la esposa del rey Alfonso VII, Leonor Plantagenet (hija de Enrique II de Inglaterra y de Leonor de Aquitania), aportó la influencia normanda a la corte.

No obstante, a pesar de tener un predominante estilo gótico normando, como se construyó en varias fases (de hecho nunca llegó a ser concluida por falta de presupuesto) y sufrió varias reformas y ampliaciones (además de un incendio en 1837), cuenta también con reminiscencias románicas y detalles barrocos y neogóticos. Por su parte, la mayoría de la decoración interior actual es renacentista y data del XVI.

Adosado a la catedral por su lado sur, se encuentra el Palacio Episcopal, cuyas obras comenzaron a principios del XIII y terminaron a mediados del siglo con la segunda fase de la catedral. Desde finales del XV hasta 1530 acogió el Tribunal de la Inquisición. Posteriormente en el siglo XVI hubo nuevos trabajos y finalmente en el XVIII se levantó la portada principal, en cuya puerta de acceso se esculpió el escudo del patrocinador de esta última reforma, el obispo Flores Osorio. Hoy alberga el Museo Diocesano Catedralicio de Cuenca.

En la plaza cercana se erige la estatua de Alfonso VIII en combate rodeado, también, por casas de colores.

En las proximidades del palacio encontramos otra terraza, el Mirador de Ronda, desde donde se pueden ver los rascacielos medievales del barrio de San Martín.

Estos edificios del siglo XV se construyeron pegados al barranco ante la escasez de terreno en la época. Tienen la particularidad de que mirándolos desde sus entradas principales en la calle Alfonso VIII da la sensación de que se accede a casas de tres o cuatro plantas de altura; sin embargo, mirándolas desde sus fachadas sobre el río Huécar, vemos que tienen incluso once o doce plantas.

En este mirador en la Plaza de Ciudad de Ronda tenemos a nuestra espalda la trasera del Museo de Cuenca, y a la izquierda la de las Casas del Rey, más conocidas como las Casas Colgadas. Sin duda, uno de los principales reclamos de la ciudad.

Ojo, no confundir Casas Colgadas con Casas Colgantes, que a los conquenses no les hace ni pizca de gracias. Como decía el comediante José Luis Coll, originario de Cuenca, “Las casas son colgadas, los mocos son colgantes”. Se denominan así porque tienen una gran parte de ellas en voladizo, es decir, sin ningún material sólido bajo ellas. Eso sí, de alguna manera están ancladas a la pared para no derrumbarse.

El origen de estas casas es incierto, aunque se sabe que ya existían en el siglo XV, al igual que los rascacielos. De la misma manera que estos, las Casas Colgadas fueron fruto de la forzosa adaptación de la construcción a la fisonomía del terreno tan particular de la ciudad. En la época medieval todo el borde de la Hoz del Huécar estaba dominado por viviendas de este tipo. En la actualidad sin embargo tan solo se conservan tres de ellas.

Construidas inicialmente en piedra, a lo largo de su historia han sido reformadas en varias ocasiones, y cuando fueron abandonadas y acabaron prácticamente en ruinas, se reconstruyeron en hierro. Tras su compra por el ayuntamiento y una última remodelación en la década de los 60, dos de ellas, las ya mencionadas Casas del Rey, abrieron sus puertas como Museo de Arte Abstracto, creado por el artista Fernando Zóbel. La tercera casa, la de la Sirena, desde donde cuenta la leyenda que se arrojó al vacío Catalina, amante de Enrique II de Castilla, alberga un mesón de comida tradicional.

La mejor panorámica de las Casas Colgadas  y de cómo la ciudad de Cuenca emerge desde la roca se obtiene desde el Puente de San Pablo (o desde el cercano Convento de San Pablo).

Este puente de más de 100 metros de largo y que se alza sobre unos 50 metros sobre el río Huécar fue construido en hierro y madera en 1902 después de que el antiguo puente de piedra del siglo XVI se fuera deteriorando con el paso del tiempo. Los constantes desprendimientos y hundimientos parciales provocaron que en 1895 fuera dinamitado. Aún hoy en ambos extremos de los precipicios se pueden apreciar partes de aquel puente de piedra original que usaban los clérigos del Convento de San Pablo para cruzar hasta la catedral.

Aunque es firme (recuerdo uno mucho menos estable cuando visité Cuenca de pequeña con el cole), no es muy apto para gente con vértigo, y menos aún si hace aire, ya que se notan las vibraciones de la pasarela.

El Convento de San Pablo de la orden de los Dominicos, encaramado en un promontorio sobre la Hoz del Huécar, fue fundado y costeado en 1523 por el canónigo Juan del Pozo y Pino. Se compone de claustro de dos alturas, planta rectangular y estilo plateresco, estancias que se fueron añadiendo en épocas posteriores e iglesia.

Con estructura gótica y decoración renacentista cambió con el paso de los siglos de dueños hasta que finalmente en 1991 se reconstruyó para reabrir dos años después como Parador de Turismo. Su iglesia adosada alberga el Espacio Torner, un museo de arte.

Y con esta construcción, que es un claro ejemplo de la integración con el entorno natural de Cuenca, llegamos al fin de la visita por una ciudad única y a un paso de casa.

 
 
 

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