¿QUÉ HAY DETRÁS DE CELEBRAR?
Inmerso en mí, con el sabor de la memoria en cada línea gustativa, es que decido hacer llegar nuevamente mis angustias al común de quien frecuenta este espacio tan fascinante.
Si bien mis intervenciones han ido en vorágine de temas y, particularmente, con una evolución en los modos en que empuño la consciencia y la crítica, pasando de fragilidades hoy quiero encaminar a un tema más dulce: ¿Qué hay en el acto de celebrar?
Entiendo la insolencia con que allegados nos han de obligar sin empatía (y más en fechas decembrinas) a la corriente de sonrisas falsas, hipocresías chispeantes y maldades infantiles envueltas en papel para reglo, pero el acto de celebrar es en sí mismo un hecho que requiere análisis profundo.
¿Qué lleva a un ser a festejar?
Pienso que no entender la existencia es el primer paso para descubrirse en soledad, pero es requerida la crítica constante a uno mismo y la duda de lo que acontece, para desarrollar una firmeza en el ocio, impidiendo que las bestias de la vulgaridad infrinjan el acto de conocerse y conocer el mundo.
En este sentido, considero hay dos tipos de celebraciones, pendiendo a su vez, de dos tipos de seres: aquella festividad interna que viene de quien mira atento al mundo, en pos de descubrir la belleza en lo despierto, lo fluvial, lo celeste; y aquella que emana de un ser alienado, sin búsqueda ni cuestionamiento alguno, de aquel que solo requiere divertirse para que el tiempo sea caballo arisco, violento, sin rumbo y desdichado.
En el primer ser encontramos el ascenso de la creatividad y el análisis. La fiesta que nace de aquellos que enfocan con el alma, requiere paciencia para descubrir una razón (divina o terrenal) una minucia, un trinar, de aquella ave indiscreta que es el azar en el mundo. Conociendo, partiendo de que todas las posibilidades están echadas en la baraja de la vida, con esfuerzos para uno mismo es que se encuentra la felicidad en la contemplación tanto del caos como del orden, y así, brevemente alumbran las danzas, cantos y costumbres del amor.
En el segundo espécimen, encontramos un aburrimiento de lo que es él mismo y un constante odio disfrazado de consumismo y derroche. La vanidad la confunden con clase, el dolor con cariño y la soledad con odio. El problema de aquellos es que no saben diferenciar entre valor y estupidez, entre felicidad y pereza. Todos pensamientos que les nacen son tristemente cegados por el común denominador idiota con que nos educan los medios y, por fortuna, sus ideologías y modas no son más que desecho de la historia; vomito, restos pusilánimes y miasmas del raciocinio humano. La celebración que brota de estos, no es más que el resultado se sentirse solos (sin soledad auto-constructiva) y de una humillante insistencia por querer disfrutar bestialmente, insensiblemente, primitivamente… de los placeres.
¿Qué es en realidad un festín, pregunto? ¿Aquello que con un bocado sacia por completo el hambre, o un montón de manjares apilados que nunca terminan por bastarle al cuerpo?
Entonces, respondiendo a nuestro primer cuestionamiento, es vital referir que no existe una sola dirección para que el acto de celebrar nazca; depende del ser y de resto de volatilidades más.
Lo importante, es en sí, entender por qué uno celebra, para quién lo hace y alertar si en ello no existe más que vanidad acumulada, porque si es el caso, tristemente estaremos enfrentando, pues, a que nos mentimos cínicamente, pues no estamos celebrando, estaremos compartiendo nuestra hipocresía, con otros hipócritas.
Fósforo III

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