Pincelada
Humedecer el pincel y dejarse ir… para que la pintura se derrita lentamente sobre tu piel, hasta cubrir cada poro, cada relieve de tu cuerpo de madera.
Todos los fuegos al fuego.
Todas mis pulsiones son viento y ceniza, son un canto matutino que brota de la palma y el grueso zacate que circunda el estero bañado por el sol.
Digo que duele cuando duele, y sonrío por fuera cuando sonrío por dentro.
Para quien aprende a mirar en la tiniebla cada ligera brisa, cada chasquido cada zumbido, cada chorrito de agua emanando del subsuelo, cada pasito diminuto de los insectos sobre la cerca, se convierte en la revelación de algo más grande, la naturaleza secreta de todo aquello que se mueve, todo aquello que respira.
Hay que humedecer el pincel para llenar cada hueco, cada pedazo sin luz que se despliega sobre este enorme, azulado y triste lienzo que es el mundo.
Todos los sollozos se hicieron canto.
Voy a deconstruir mi rostro de un brochazo para redibujarlo al siguiente, borrar los pliegues y las espinas de mis entrañas, reprogramar el destino y escuchar al corazón que se mece tranquilo sobre las ramas de los fresnos.
Voy reinventando tu cuerpo en cada curva imposible, en el magnetismo de la sangre que se colapsa en cada caricia, cada borde inexplorado por mis manos derramadas sobre tus caderas, manos que dibujan de memoria la orografía de tu pecho y la densa selva que se oculta entre tus piernas.
Fuera de los barrotes de la inmediatez, el tiempo pareciera otro, pareciera eterno.
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