Patria, Fernando Aramburu
Premio de la Crítica, Premio Francisco Umbral, Premio Nacional de Narrativa, Premio Euskadi de literatura, llevada a 24 países, traducida a una docena de idiomas y adaptada a Miniserie por HBO, la novela Patria es uno de los fenómenos editoriales más importantes de nuestro país en los últimos años. Yo llevaba años queriendo leerla, pero siempre se me cruzaba otra obra por medio y cuando se estrenó la serie supe que era el momento para abrir sus páginas, ya que si veía su versión televisiva, esto no ocurriría. Maniática que es una.

Patria se publicó en septiembre de 2016, cinco años después de que ETA comunicara el abandono de la lucha armada (20/05/2011) y tres años antes de que confirmara su disolución definitiva (03/05/2018). Ha sido un éxito de ventas y mucha gente considera que refleja a la perfección cómo afectó el terrorismo a la sociedad vasca de las últimas décadas. Sin embargo, no es un libro de Historia, sino que narra la historia de dos familias en una pequeña localidad donde todos se conocen, un microcosmos con su ideosincrasia particular donde se vive de las apariencias, pendiente del qué dirán. Imagino que en ciudades más grandes la realidad sería muy diferente.
La trama se centra en, como decía, la relación entre dos familias, la de Bittori y Txato y sus dos hijos Xabier y Nerea, y la de Miren y Joxian y sus tres vástagos Joxe Mari, Arantxa y Gorka. Ambas residen en un pueblo industrial próximo a San Sebastián y su amistad se remonta a su juventud, por lo que tienen muchas vivencias en común y han criado juntas a sus hijos. En lo temporal la novela transcurre entre la segunda mitad de los ochenta y el anuncio de ETA de que abandonaba las armas. Entre medias el acoso, la extorsión y el posterior asesinato de Txato, dueño de una empresa de camiones, por no pagar el impuesto revolucionario.
La novela arranca cuando Bittori, exiliada a San Sebastián tras el asesinato de su marido, decide volver a su pueblo tras el anuncio de la banda. Han pasado muchos años desde entonces, sin embargo su regreso despierta cierta incomodidad en sus vecinos, especialmente en Miren, la que fuera años ha su íntima amiga, casi su hermana. Por medio de flashbacks vamos conociendo que su relación cambió de un día para otro cuando las calles del pueblo se llenaron de pintadas contra el Txato. Miren, cuyo hijo mayor se había integrado en las filas de ETA, cortó todo contacto de ambas familias posicionándose de lado de Joxe Mari y convirtiéndose en una convencida abertzale. Mucho han cambiado las vidas de ambas mujeres (y ambas familias) desde el momento en que sus caminos se separaran. Bittori, como refería más arriba, acabó marchándose a San Sebastián por casi exigencia de sus hijos y lleva una vida marcada por su condición de víctima del terrorismo. Miren por su parte está volcada en su hijo mayor, encarcelado en una prisión andaluza, y en el cuidado de Arantxa, quien tras un ictus ha acabado en silla de ruedas y con limitaciones de movimiento y habla.
El hilo conductor de la novela, dividida en pequeños capítulos que alternan episodios en diferentes momentos de la historia, es la tensión dramática entre ambas matriarcas y sus puntos de vista, sus duelos, sus demonios particulares y su gestión del dolor. Sin duda bien podría haberse titulado Matria. Quizá por eso son los personajes que tienen más desarrollo, aunque, en general, todos están estereotipados y apenas tienen recorrido en las casi 700 páginas que tiene la novela. Las dos madres representan el típico matriarcado vasco, esa mujer fuerte, dura, de poco afecto (se diferencian en que una sigue siendo una beata y la otra ha perdido la fe) y los dos padres están cortados por el mismo patrón de señor que juega con la cuadrilla al mus, que sale los domingos con la bici a hacer alguna ruta, que no tiene personalidad ni voz ni voto en casa (la diferencia es que uno trabaja en una fundición, mientras que el otro posee su propia empresa).
Xabier y Nerea, los hijos de Txato y Bittori, parecen únicamente servir para exponer dos formas diferentes de llevar el duelo. Mientras que él decide negarse toda felicidad dejando la relación con su novia y volcándose en el trabajo y en su madre cuando su padre es asesinado; ella, a casi 300 kilómetros, sigue con su vida de estudiante que disfruta de las amistades, las fiestas y el sexo esporádico. Ambas posturas se contraponen: él tan familiar, tan protector, tan atado al pasado; ella tan despegada (física o emocionalmente), tan egoísta y buscando pasar página. Y poco más sabemos de ellos, los únicos detalles que van saliendo a la luz no aparecen para configurar sus personalidades, sino que parecen estar únicamente para servir al desarrollo de la trama. Por ejemplo, me da la sensación de que Xabier es médico para así introducir la enfermedad de Bittori y para poder explicarle a esta lo que le ocurrió a Arantxa. Asimismo, la absurda trama del novio alemán de Nerea está metida con calzador para expresar cómo, años después del asesinato, esta se derrumba ante la visión de un cadáver en un accidente de tráfico.
En cuanto a los hijos de Joxian y Miren poco más de lo mismo: sus personajes son estereotipos. El más evidente es Joxe Mari, presentado como un bruto, un chaval ya no apolítico, sino sin ideas en general, corto de miras, que se deja manipular por el grupo y acaba primero en acciones de la kale borroka y después como miembro de ETA. Arantxa, al igual que ocurriera con Xabier y Nerea, es un medio para un fin (con mucho drama de por medio): es el catalizador del arrepentimiento de su hermano y el pegamento que intenta volver a unir a ambas familias. También Guillermo, su marido (luego ex) está dibujado con brocha gorda. Solo interesa de él que sus padres son de Salamanca y representa por tanto al vasco nacionalista español excluido y señalado por no hablar euskera o tener los ocho apellidos vascos. Finalmente Gorka parece creado para demostrar que de mismos genes y mismo entorno pueden salir dos personas completamente diferentes. Si Joxe Mari no tenía cerebro, por el contrario Gorka es inteligente, está siempre pegado a los libros y acaba publicando sus escritos. Joxe Mari busca hacer algo por su patria por medio de las armas; Gorka recurre a las palabras, a la transmisión de una lengua y una cultura identitaria. Joxe Mari como el impulsivo, el violento, el sin escrúpulos; Gorka el reflexivo, el sensible, el que antes de meterse en un lío prefiere huir. Y sin embargo, Gorka no es un personaje tan blanco como puede parecer de inicio, ya que cuando se entera del asesinato del Txato se queda bloqueado pensando que “han tenido que equivocarse”, dejando entrever que habría víctimas que se lo merecían, y otras que no. Punto aparte merece el modo en que se habla en la novela de la homosexualidad de Gorka, recurriendo de nuevo a los clichés y con muy mal gusto (esas acotaciones sobre los masajes). Su orientación sexual parece estar únicamente ahí para desencadenar los comentarios homófobos de Joxe Mari y que así resulte más desagradable aún al lector.
Y es que en Patria no hay sutilidad. Aunque pretende ser una novela sobre cómo el terrorismo afectó a todo tipo de familias, en realidad a la obra se le ven las costuras ideológicas. Es perfectamente legítimo cuando un autor se quiere posicionar, para eso es su obra; pero se echa en falta cierta honestidad y claridad al respecto. Resulta demasiado evidente, como decía, que presenta al entorno abertzale al inicio, y a ETA después, de una manera muy simplista. Como si todos fueran borregos que se dejan adoctrinar sin más. No estoy muy documentada al respecto, pero esto choca con lo que se nos presentaba el la Línea Invisible sobre los inicios de la banda, donde sus integrantes eran intelectuales, gente que leía sobre socialismo, marxismo, filosofía, que dialogaba sobre cómo lograr la independencia, sobre qué tipo de nación crear… Después sabemos que derivó a una lucha armada y se pueden hacer análisis al respecto (sobre todo cuando tiene lugar en democracia), pero desde luego no una caricatura, que es lo que nos presenta aquí Aramburu. Todo parece conducir a la ridiculización del nacionalismo vasco. Y no solo con Joxe Mari, Miren y el cura del pueblo, sino que hasta aparece uno de Huelva (el compañero de Joxian) soltando soflamas radicales, lo que le quita cualquier atisbo de seriedad a la novela.
Tampoco están muy bien definidas las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad. De nuevo vuelven a ser un detonante para que la trama siga desarrollándose. Aparecen los agentes de la Guardia Civil en el registro domiciliario retratados como unos brutos sin escrúpulos para despertar una reacción en Miren o en un control de carretera como abusadores sexuales al sobar a Nerea. Y por supuesto están los policías torturadores. Unos tipos que parecen más sacados de los años sesenta que de los noventa con sus comportamientos y comentarios sexistas, homófobos y déspotas. Quizá sea verdad aquello de que no hemos avanzado tanto y es cierto que el Estado Español tiene condenas por no respetar los Derechos Humanos en los interrogatorios, pero sorprende que ninguno de los policías dude o contrarreste de alguna manera los actos de sus compañeros. Son personajes planos, sin desarrollo, ni motivación. Son Policía 1, Policía 2, Policía 3… y así según sea necesario para que la historia avance.
Con todo lo dicho, no sorprenderá que asegure que la novela no me ha gustado especialmente. Puede que tuviera altas expectativas por la fama que la acompaña, pero es que nada más comenzar ya me fue incómoda de leer. Me costó entrar en la trama por la prosa de Aramburu, una forma de escribir con una sintaxis muy peculiar y que cambia continuamente de narrador (alterna primera persona con un estilo indirecto y un narrador omnisciente) y que por momentos es muy coloquial y de repente recurre a un lenguaje más recargado y plagado de adjetivos. Personalmente tuve la sensación de estar leyendo un borrador en el que se ordenan las ideas de lo que quiere contar y no un producto final que ha pasado por revisión editorial y ha ganado varios premios. Y que por cierto también ha sido acusada de plagio.
La cuestión del idioma quizá sea más complicada de solucionar, ya que es difícil plasmar que dos familias euskaldunes estén hablando en vasco pero el lector llegue a la obra en su versión en castellano. Supongo que por ello salpica el texto de palabras en euskera y de ese tan característico uso del condicional en lugar del pretérito imperfecto de subjuntivo que hacen por tierras vascoparlantes. Eso sí, algo que me chirrió especialmente fue un pasaje en el que Nerea intenta aprender alemán y se sorprende de que a estas alturas de siglo aún hubiera lenguas que usaran declinaciones para su uso diario. Nerea, una joven que se supone que es bilingüe en vasco, un idioma que tiene declinaciones (o sufijación) y casos gramaticales. Sin duda una señal de que el autor no es vascoparlante y que no se ha informado lo suficiente al respecto.
A la ya mencionada inconsistencia de sus personajes y a esta cuestión narrativa y lingüística hay que añadir la falta de ritmo de la novela. Patria parte de la vuelta de Bittori al pueblo en el otoño de 2011 y desde ahí el orden del relato se va estableciendo de una forma no cronológica, sino emocional. Es un suceso del presente el que lleva a volver la vista atrás. Sin embargo, estos continuos saltos temporales no quedan acotados en ningún momento (como tampoco ocurre con los narradores) y dificultan la lectura. Es cierto que el autor se sirve de diferentes sucesos o hitos históricos para situar en un período de tiempo, no obstante, la descripción costumbrista de fondo choca en muchos casos con dicho contexto. Aramburu, que se licenció en Filología Hispánica en la Universidad de Zaragoza en 1983 y se marchó a Alemania en el 85, parece haberse anclado en el País Vasco de los años 70. Y es que no tiene sentido que plasme a un cura con tanto poder en la sociedad de los 80, 90 y menos aún en la de 2011. Por otro lado, las andanzas de Nerea en la capital maña también parecen algo fuera de lugar, quizá porque el autor se basó en su época de estudiante, y en una década las cosas cambian mucho, sobre todo en ciertas edades. Tampoco hay referencias musicales propias de la época en los jóvenes de la novela. Sería lógico por ejemplo que Joxe Mari, además de pósteres con lemas de ETA, tuviera alguno de algún grupo de Rock Radikal Vasco como La Polla Records, Barricada o Kortatu.
En definitiva, Patria no me ha parecido la Gran Novela sobre el Terrorismo, ni mucho menos. El autor plantea una falsa equidistancia, porque en realidad no hay otro camino que empatizar con la familia de Bittori y su dolor. Sí, introduce las torturas para compensar de alguna manera y mostrar que los buenos no eran tan buenos y tenían algún toque de gris, pero es un pequeño capítulo en una novela de 700 páginas. El texto queda reducido al ámbito privado de estas dos familias y su entorno, y ahí no hay debate posible; pero no se puede extrapolar a la vida pública de la misma manera porque no es una cuestión personal sino colectiva. Por tanto, para pasar página no basta con una carta privada donde se expresa arrepentimiento, sino que hay que indagar en las motivaciones, llevar a cabo un proceso de reconciliación y reparación de las víctimas. Y sí, eso tiene una carga ideológica innegable y ha de hacerse desde la colectividad.
Creo que el éxito de la novela de Aramburu se debe más a que sirve de propaganda para algunos sectores para colocar su relato demonizador del independentismo vasco mientras por otro lado se ensalza el relato nacionalista español que a su calidad literaria o a que sea el Libro por excelencia sobre el Terrorismo. Patria es una novela más dentro todas las que se han escrito sobre “el conflicto vasco” en los últimos años, aunque quizá ha sido más conocida también por estar escrita en castellano y no en euskera. En cualquier caso, pese a su fama y su reconocimiento, a mí no me ha gustado.

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