Odaelegía al 2020 y la incertidumbre por venir
Llegaste con un estornudo lejano, 2020, reptando entre el frío, con la daga en los dientes, pariendo bichos invisibles que tras varios meses de zozobra y terror habrían de mantenernos atrincherados, en nuestras casas. Nos trajiste la peste, 2020, la necesaria ruina que nos hace valorar lo mucho que tenemos, la vida, un abrazo, una caricia, un último aliento para hacer germinar los sueños en medio de una lluvia de espantos. Muchos te seguirán odiando, 2020, por todo lo que te llevaste, y tendremos razón de llorarle a nuestros muertos que se acumulan por cerros en lo profundo de un deshabitado y amortajado corazón. Fuiste imprevisible, una embestida, un coletazo, asfixiante y doliente, pero también sincero, pues tu gripe mortecina terminó por desnudar lo que siempre fue: la irremediable fragilidad humana, el delirio y el apego, nuestras muchas carencias. Tienes el rostro destruido, 2020, los ojos quebradizos de un médico y una enfermera tras varias noches sin dormir, luchando contra la peste sin tregua, mientras los otros se debaten en el caótico acontecer de la vida cotidiana, para vencer la otra peste del hambre, carnicera. Te fuiste volando, 2020, en el carcelario tedio de la cuarentena, te llevaste las noches de juerga, los niños en la escuela, los paseos vespertinos, las horas de sueño, y sólo nos dejaste silencio para conocernos mejor a nosotros mismos. Muchos te seguirán repudiando eternamente, 2020, celebrarán tu partida desde la insana distancia, y tendrán razón, pero yo te agradezco habernos recordado lo que significa el aislamiento, la vida tan efímera que transcurre sin siquiera darnos cuenta. Llegarán otros años, el siempre incierto porvenir, las dudas, el cansancio, la vida que se abre paso entre la catástrofe y la tiniebla, la vida breve que sueña y suspira huracanes, la vida tan momentánea que de tanto vivir a prisa a veces se olvida. Si la muerte nos toma despiertos que así sea, pero no partiremos sin dar la batalla, no partiremos con los sueños truncos no partiremos sin antes haber vivido de verdad sin temor a la muerte ni al próximo bicho asesino que ahora acecha en la sombra, entre el rencor y la mentira. Si acaso oyes el viento recítale un verso, una palabra, una canción, una herida, pues no hay escapatoria del tiempo incesante que devora todo lo que toca. Así te despido yo, 2020, año quemadura que nos obligas a renacer de la ceniza. Debajo de la tempestad florece la vida. ::.

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