Oda a la muerte
Tú que rondas, asesina,
por parques, pueblos y ciudades,
con la daga
siempre dispuesta
a desnudar nuestra
finitud
en el reflejo
cóncavo de tus ojos,
profundos,
como la noche
imperecedera
donde habitan
los recuerdos
tragados por
tu guadaña
hambrienta y
crepuscular,
duermo sobre
mis llagas que
no cierran,
empapado en mi
propia sangre,
mientras alados
alacranes vuelan
en mi habitación,
en el desvelo lunar
de gatos suicidas
saltando por la ventana
¡oh dulce muerte!
tan solitaria en tu
fúnebre jornada
de alargar los silencios
una eternidad,
llegas siempre puntual
a la hora victimaria
que lo mismo provoca
alivio que terror,
a veces vienes
con las manos tibias como
sangre derramada,
y a veces frías,
como el grito
invernal donde
duermes placentera,
¡oh muerte!
tan inoportuna
y certera,
repentina
y paciente,
eres impredecible,
como la vida misma,
alimentas la tierra
donde abrirá la semilla
y el grano,
mancillas el dolor
y lo envuelves
en la espesa oscuridad
del olvido
para arrojarlo lejos
y disolver nuestros
huesos en el subsuelo,
¡oh amiga muerte!
tú que ayudas a desprendernos
de nuestros cuerpos
para multiplicarnos
en las entrañas de la tierra,
eres un engaño,
una embustera que se ríe
a carcajadas de
nuestra ignorancia
y nuestros miedos,
tú, muerte con disfraz de
pantera y calavera,
te escondes
en los recovecos del
silencio
para velar el sueño
de los hombres
y ocultar tu verdadero
rostro,
tu febril inexistencia
de tumbas vacías
y barcazas
llenas de flores,
¡oh muerte postrera!,
eres una quimera,
una ficción cabalgando
en el campo yerto,
una promesa cumplida,
la única certeza posible
en este mar de dudas
y extravío,
mi epitafio será tu nombre,
una canción solemne
resonando en las hendiduras
de la noche.
::.

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