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Nuevos hombres buenos. La masculinidad en la era del feminismo, Ritxar Bacete

Jun 13, 2023
4 min read

El feminismo no ha cejado en su empeño por avanzar en el último siglo y con él se ha ido redefiniendo el papel de las mujeres en la sociedad. No obstante, con este cambio, inevitablemente, también ha trastocado el rol de los hombres. Llega pues, el momento de buscar un nuevo modelo de referencia que vaya en consonancia con los tiempos. El antropólogo, trabajador social y formador en políticas de igualdad Ritxar Bacete reflexiona en Nuevos hombres buenos. La masculinidad en la era del feminismo sobre la crisis de identidad de los hombres y la necesidad de crear una nueva masculinidad.

El autor establece una especie de diálogo entre hombres para que pierdan los miedos surgidos a raíz de estos cambios que cuestionan su papel en la sociedad, que los pone ante el espejo y que les interpela ante las desigualdades. El modelo de masculinidad dominante de los últimos siglos se ha resquebrajado y necesitan comprender el presente y buscar nuevos referentes. Pero sobre todo, necesitan entender que vivir en igualdad conlleva inexorablemente, perder privilegios. Y es que, aunque en las encuestas la mayoría de los hombres dicen apoyar la igualdad, los datos muestran una realidad muy diferente. Las mujeres se han ido incorporando al mundo laboral y acercándose más a la cima en los organigramas llegando a puestos o sectores que solo ocupaban hombres, pero por el contrario ellos no se están incorporando a la misma velocidad ni de igual medida al mundo doméstico. Según los datos el tiempo medio que las mujeres destinan a las actividades del hogar supera en dos horas al día al empleado por los hombres. Nuevos hombres buenos hace por ello especial hincapié en la paternidad y en los cuidados para equilibrar la balanza.

Bacete defiende que los hombres han de asumir que la igualdad hoy en día no es una opción, sino una necesidad para una sociedad que se dice democrática. Así pues, deben olvidarse del modelo de padre del siglo XIX cuya función era únicamente la de proveedor económico y adaptarse a una paternidad más activa. Urge a la construcción de nuevas identidades, aunque es consciente de que los cambios son progresivos, pues se van modificando conductas y actitudes en base a unos mimbres caducos y que por tanto existirá un momento inevitable de crisis al descubrir cómo los cuidados desempoderan, roban el tiempo, el protagonismo y la posibilidad de seguir disfrutando del ocio.

Recoge además datos sobre los beneficios de la presencia activa y corresponsable de los padres. Y es que según diversos estudios, las personas que tuvieron un padre involucrado es más probable que cuenten con un mejor desarrollo en áreas como el rendimiento académico, el desarrollo cognoscitivo, una mejor salud mental, menos riesgos en salud sexual y reproductiva, un menor estrés en la vida adulta, menores problemas conductuales y conflictos con la ley que aquellas que vivieron con uno menos participativo. No tanto por el hecho de que el padre se involucre per se, sino porque las responsabilidades se reparten entre varios progenitores y existen más referencias para el desarrollo personal. En este sentido señala que por ejemplo las niñas que se han criado con un padre involucrado tienden a elegir profesiones vinculadas a estereotipos masculinos más que las habituales profesiones femeninas vinculadas al cuidado y al servicio. Es decir, asumen de forma más natural que no tienen un campo limitado de actuación.

Las ventajas van más allá. Indica el autor también que las madres resultan beneficiadas de esta participación paterna, ya que al tener menos sobrecarga en las tareas domésticas y de cuidados mejoran su salud mental y física. También tienen más tiempo para proyectos laborales o de ocio. En definitiva, son más felices porque son más libres, lo que también repercute en la relación de pareja y en la felicidad del hombre. Además, la existencia de un padre que colabora hace que disminuya la violencia de género.

Pero es que además defiende el autor que la corresponsabilidad también es buena para la salud de los propios hombres, ya que su modelo de masculinidad estaría lejos de la hegemónica marcada por el control, el riesgo, la competitividad y la transgresión de la norma. La paternidad activa suele ser un factor determinante para que muchos hombres sean más cautos en sus actuaciones.

Por tanto, según estas afirmaciones que parten de diversos estudios, la igualdad de género influye positivamente en la sociedad. La ciudadanía estaría más sana mental y físicamente, más feliz, habría mayores índices de desarrollo humano (lo que repercute en la economía) y menor índice de violencia (por tanto mayor seguridad).

No obstante, mientras se sigan viendo las tareas domésticas y de cuidados como algo exclusivo de la mujer, la natalidad seguirá bajando. Sin una pareja implicada y con un mundo laboral precarizado, cada vez más mujeres retrasan (incluso hasta desistir) la maternidad por falta de tiempo y dinero. Tiene que haber un cambio cultural y generalizado de la sociedad y me parece adecuado el ejemplo que pone el autor de la rueda de prensa de Sarunas Jasikevicius, entrenador del Zalgiris.


Ritxar Bacete expone problemas y reflexiona sobre posibles soluciones. Algunas son colectivas, como la reivindicación de políticas de igualdad enfocadas a los hombres, no solo a los mujeres; pero en general interpelan a los hombres a nivel particular. Insta a sus congéneres a abandonar esa masculinidad hegemónica que limita su capacidad de sentir y empatizar a la vez que se apoya en una valoración positiva de la agresividad para regular los conflictos y negociaciones. Es hora de dejar atrás esa constante reválida de la heroicidad masculina y buscar otros modelos sociales que contribuyan a una sociedad más igualitaria por el bien de toda la ciudadanía. Por ello reivindica nuevos referentes feministas para ellos en cine, literatura, política, deportes…

El libro es algo denso y repite conceptos una y otra vez. Pero es interesante el acercamiento al feminismo desde la otra mitad de la población. Porque no sirve de nada que solo avancen las mujeres si los hombres siguen frenando dicho progreso. No se pide que el hombre se transforme para cambiar la sociedad, sino simplemente que se involucre al asumir el 50% de las responsabilidades y que sirva de muro de contención del machismo en aquellos espacios en los que ellas no participan.

 
 
 

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