¡Nos Violan!
Por: Rebe Ldías
Dejé de creer en lo que dicen las estadísticas hace mucho, al inicio porque supe lo fácil que es manipularlas con técnicas “objetivas”, cuantitativas; luego porque fui consciente de que las estadísticas en un tema como la violencia sexual no reflejan para nada la realidad de las mujeres, no son reales, y no solo porque no nos preguntan a todas sino porque nosotras mismas no sabemos que somos y hemos sido violentadas toda la vida, incluso a veces preferimos silenciarnos, creemos firmemente que si no lo mencionamos, que si nos obligamos a no recordarlo podríamos borrarlo de nuestra vida, de nuestras memorias. Además, me resulta ridículo que las investigaciones que debieran ser con y desde nuestros cuerpos terminen siendo sobre nuestros cuerpos, desde perspectivas opresoras, revictimizantes, que, si bien hablan de la realidad de algunas mujeres, contribuyen a la opresión de los cuerpos racializados, empobrecidos, ¡Incluso desde las estadísticas nos violentan!
Nos enseñaron -y nos siguen metiendo a cucharadas en el cuerpo- que una violación tiene casi un protocolo, que los violadores, tienen una forma estándar de violar y lo que salga de esa forma no es violación, nos hacen creer que incluso podría ser algo cercano a una relación, un vínculo que a veces es imperfecto, pero ¿qué más da? si también nos enseñan que el amor y el sacrificio son capaces de encadenarnos a LA “felicidad” para siempre.
Nos enseñaron -y nos siguen metiendo a latigazos en el cuerpo- que una violación es una escena con un inicio, un final y con momentos definidos, esperables. Nos enseñan incluso que hay una diferencia entre abuso sexual y violación, que la violación requiere penetración y por tanto nos enseñan que el abuso no nos penetra. Parece entonces que la diferencia es que con una violación nos eyaculan dentro, con todos los riesgos que eso implica, pero para muchas de nosotras, el abuso nos penetra igual que la violación, porque nos penetra la vida, el cuerpo, la historia, el tiempo, el espacio, la libertad, el amor y los amores, la seguridad, nuestra construcción de la vida, hasta la forma de transitar cada camino, incluso intenta marcar un punto en el que dejamos de ser dueñas de nuestras vidas, de nuestros pasos, de nuestras alas, de los abrazos que damos y recibimos, de las palabras que salen de nuestra boca, de lo que nuestro corazón y nuestra piel sienten, nos hacen creer que lo único de lo que nos podemos apropiar es del silencio, de la vergüenza y de la culpa.
Nos enseñaron -y nos siguen lanzando a la cara como agua hirviendo- que una violación es cuando un desconocido arrastra a una chica delgada, blanca y vestida con ropa “de marca” por un callejón oscuro y solitario una noche cualquiera, cuando ella camina sola, entonces él la empuja, la lanza contra el pavimento la golpea una vez en la cara, otra vez más mientras le dice que deje de llorar y le arranca la ropa mientras ella grita.
Creo que nos enseñaron esta escena porque además de invisibilizar y deslegitimar todas las demás, y hacia todos los cuerpos diferentes a este, es la única forma de decirnos que podemos ser violentadas por un encapuchado, por uno que nunca tiene rostro, que entonces seremos víctimas pasivas, y que tendremos que aprender a vivir con eso, en un mundo donde solo existe la víctima, el agresor no existe, es solo un hombre más y siempre es inocente, por tanto no se debe castigar, de todas formas ya llevamos suficiente dolor adentro como para que a alguien más le tenga que doler, de todas formas “ya pasó”…
Pero en serio ¿ya pasó?
Por un lado estoy segura de que aún años después, cada violencia nos sigue invadiendo el cuerpo y la vida, por otro lado estoy segura de que el motivo por el que no termina de ubicarse en el pasado construído es porque nos sigue sucediendo, un tipo nos roza en el autobús, otro nos grita en la calle, otro nos viola en la casa, otro nos abusa en la fiesta, otro nos acosa en el colegio o la universidad, un grupo más se comparte fotos o videos nuestros, otro nos hostiga en el trabajo, en la comunidad otros siguen tomando decisiones que afectarán nuestros cuerpos, nuestras parejas nos han forzado cuando no queríamos, los amigos de nuestras amigas intentan embriagarnos o drogarnos, varios hombres en una camioneta de lujo nos siguen cuando salimos de la casa y tanto doce metros al este cómo miles de kilómetros al norte otros deciden todo lo que pueden sobre cuán dueñas somos de nuestro propio cuerpo… si después del primero nos dicen “ya pasó” ¿qué se supone que es lo que pasa después?
Ya basta de encubrir al violador, a todos los violadores; ya basta de disminuir las marcas que una violación puede dejar en la vida y en la memoria; ya basta de hacernos creer que lo que nos pasa no es importante, que es normal, que estamos destinadas a vivir y morir con vergüenza; ya basta de gritarnos por todos los medios que lo merecemos; ya basta de obligarnos a estar silenciadas, de creer que quienes nos hacen daño no merecen ser juzgados; ya basta de hacernos creer que no tenemos derecho a reclamar, a repudiar todo lo que nos violenta y a exigir justicia.
Vivimos y morimos estas desgarradoras formas de violencia sexual y las llevamos cargando en el cuerpo de formas muy muy dolorosas. ¿Hay una forma estándar en la cual nos violan? No, hay tantas formas en las que hemos sido y somos violadas que muchas no las concebimos como tal.
¿Qué tan ajenas estamos de nuestro cuerpo, de lo que merecemos y de lo que no, de las imposiciones que el patriarcado siembra sobre nosotras como una bandera que en letras grandes te dice “SUMISA”?, ¿Qué tan mutiladas estamos para creernos que cualquier forma de violencia sexual (desde el acoso callejero hasta la trata y prostitución forzada) puede reducirse al punto de normalizarla?
Compañeras, nos violan de formas tan poco “dramáticas” que nos hacen creer que no es ni violación ni abuso, intentan convencernos de que: si no gritamos, si no nos rompieron la vagina, si no nos golpearon una y otra vez no es violación, si en vez de penetrar nuestro cuerpo a la fuerza se masturbó sobre o cerca de nosotras, si en vez de arrastrarnos a un callejón nos llevó a un hotel, a nuestra casa o a la suya no es violación, si en vez de rompernos la piel y dejarnos moretones nos besó y nos abrazó no es violación, si en vez de llorar de dolor estábamos inconscientes o tuvimos un orgasmo no es violación.
¿Podemos decir que el hecho de que un tipo en un bar (conocido, amigo, expareja, novio, familiar, desconocido) nos emborrache y nos lleve a un hotel donde tenga cualquier forma de acceso a nuestro cuerpo no es violación? ¿Podemos pensar que una niña expuesta al miedo, a la incertidumbre, al silencio, la vergüenza y la inseguridad que implica presenciar una masturbación o que implica el saber (o no) que te están observando en el baño o mientras te cambias de ropa no es violación? Por medio de múltiples violencias nos penetran con culpa, con miedo, con inseguridad, con vergüenza, con silencio. Y pretenden que nos dejemos eso dentro toda la vida.
No es casualidad que nuestras voces sean silenciadas constantemente, no es casualidad que siempre estemos preocupadas, que tengamos que quitarnos la vergüenza que nunca decidimos ponernos, no es casualidad que tantas mujeres hayamos sido inseguras. El patriarcado sabe que si tenemos seguridad en nuestras palabras, en nuestros sentires vamos a alzar la voz, vamos a exigir justicia, que si gritamos tal vez otras como nosotras nos van a escuchar, nos vamos a encontrar y nos vamos a acuerpar y así nos vamos a liberar, nos vamos a reconciliar con esas partes de nuestro cuerpo y de nuestra vida que nos amputaron y volveremos con más fuerza, más empoderadas a sanar, a liberarnos y a exigir justicia.
Es que sabernos luchadoras, vencedoras, más que víctimas, nos empodera para liberarnos de todas las demás opresiones, de todas las violencias que nos han roto el cuerpo, la memoria, la historia durante miles de años.


.png)




Comments