Noche de trova y poesía en la barriga de un sapo cantor y bohemio
“Nadie me dijo que el sueño tenía que andarse a guitarra”, cantaba el trovador en lo alto de la peña.
Fue regresar al edificio sin nombre donde nací, a las escaleras lúgubres y opacas que alumbraron los primeros recuerdos, la remota infancia, los primeros sabores de la vida y el mundo en lo alto de un penthouse, las mismas estampas impregnadas en esa fotografía amarillenta que es la memoria.
Eran las mismas calles, un poco más pequeñas quizá, las gelatinas con forma de perrito, un banco antiguo y café, una tienda con una enorme rampa, las primeras risas con gafa oscura cortando el césped sintético con una podadora de burbujas, la bañera movediza, los primeros juguetes desfilando sobre la alfombra.
“Habrá que creer en algo o en alguien, tal vez”, continuaba el poeta.
“Tú naciste arrullado entre canciones”, me dijo mi madre.
La noche tersa iba cediendo poco a poco, en la más suave evocación de la luna, recuerdos añiles pintados en la pared.
Una guitarra, una copita de nostalgia, y el tiempo iba escurriendo en el eco moribundo de la calle.
Ahí estaba Pakal recostado entre raíces para contemplar las estrellas, como peces batiéndose en el inmenso mar de los abrazos.
El aire adelgazaba, la atmósfera bañada en luz tornasol, el espeso humo del cigarro, los ojos rojos de tanto añorar, una despedida, el universo que duerme y respira la eternidad de una sola bocanada.
Era el croar del sapo celebrando la vid y la caña, la risa que se oculta detrás de una máscara triste.
“Nunca dejó de ser quien era”, dijo el poeta, en honor al entrañable cantor de la isla.
Nada es cierto, salvo el embellecido color de la sangre bufando a medio recital, caminando lento y de rodillas, como quien lleva dentro un vendaval.
Era el corazón varado en el callejón, la habitación contigua donde a veces sale el sol.
Despierta en el rumor de la madera, los pies al ras del agua, la tierra obscena aullando entre la selva, la respuesta incorregible que va mordiendo el corazón, la dramaturgia de tus senos a la deriva, tan presdispuestos a los estragos del amor.
Era el sonido sordo del teléfono maullando el precipicio, una marejada de canciones imposibles, un cuerpo aletargado en pleno soliloquio.
Después de ti rondaba la nada en un par de manos vacías, después de masticar las hojas marchitas que caían de tus ojos: iban lloviendo flores en la premura del verano.
Los lobos eran lobos y mordían, y las luciérnagas brillaban, para volar al sur del horizonte solo hacen falta un par de sueños alados, decir adiós al tiempo enmohecido, prenderle fuego a las palabras venideras, ciego de buscarme dentro, subí a un vagón de tren para no escapar de ti otra vez, un murmullo que se abre como una vela y una herida, como todo lo que estalla, una tonada que el viento encuentra en el alba.
Eran las naves ansiosas extraviadas de planeta en planeta, tu vestido sobre el suelo, tu cuerpo adherido al mío en el borde de la cama, un bar con sabor a milonga.
Fueron tus pasos mudos que lloraban sobre la escalera, fueron las musas suicidándose en el cielo, el silencio que reptaba sobre una nube mientras las flores muertas iban llegando a mis versos noctámbulos, versos salados con un extraño escozor animal, laúdes como lunas hechas de hielo y artificio, la zozobra sin final que nunca escampa, las luces rotas del amanecer y la tempestad, las cosas que no dijeron mis manos, el polvo sobre los libros, el vino sobre la poesía, la humareda bailando entre los cerros, la vuelta al mundo en papalote, la ironía de unos labios solos.
Así pasaba yo las noches en vela en un cuarto de azotea, una bañera sin cortina, serial de los besos profanos, la inútil alusión de viejos amores de la infancia, repetición de un disco a la medida, testigo de mi alma enamorada reflejada en un tarro medio vacío de cerveza, era el aire vagabundo que rondaba en la cabeza de quien vuela, la arena removida entre el sargazo, un par de versos de amaranto buscando reescribir su propio cuento, un beso levadura, una canción causando estragos, escarbando suspiros en el temblor de tus piernas.
Era la ruina del alma en la tierna alevosía de tu piel.
Ojalá que pronto nos volvamos a ver. ::.

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