No cabe tanto verde en mis disminuidos pulmones
Despiertan los coyotes con el paso del alba
y se miran atentos hasta romper el aire,
morderse el cuello,
por el puro placer de hacerse daño
como los hombres y mujeres
que juegan al suicidio, la mutilación periódica
como pasatiempo predilecto,
la negación del otro como autodefensa
y viajar a la deriva
inmersos en el tibio dolor
de la certidumbre,
el dilema de arder en el sol
o congelarse en la más helada sombra.
Bastaron dos horas para vaciar el mundo
y llenarlo de otros verdes, otras ausencias
otras promesas.
¿Qué misterios supone la densa selva?
con su sinfonía de monos saraguato,
basta fijar la mirada un instante
para que la madera se vuelva movediza
y surja la vida en el tiempo estático,
nada quieto, nada calmo,
hay un carnaval florido palpitando
en el suelo bermejo,
llueve el confeti vegetal color ocre
ahí donde los árboles eclipsan al sol
y el viento despechado seduce a la floresta,
ahí donde gobierna el rocío de la mañana
y descienden las nubes soñando
con ser ríos encontrando su cauce.
La selva es un estómago en digestión
permanente, nada falta, nada sobra,
tantos pinceles llenaron de luz la tierra,
tantas vidas y muertes silenciosas para
dar forma a esta inmensidad arborescente
donde escurre el canto de la urraca y el zorzal.
Los hombres coronaron el monte
e inventaron el fuego
para acorralar la penumbra
y habitar el cielo estrellado en las
noches sin luna,
celebrar el silencio primigenio.
Ahora sólo quedan huellas
de aquella épica gesta
esqueletos de barro duermen los siglos
esperando el regreso del fuego
y la palabra, puertas que se abren
en la algarabía de parvadas melancólicas,
raíces dibujando el torrente sanguíneo
del subsuelo,
labrando el tiempo y la memoria
para tejer la monumental estatura
de la ceiba altanera, solitaria,
que rasguña el sol con los dedos
besando el aire transparente.
::.

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