Nevenka
El 26 de marzo de 2001, después de tres meses de baja, Nevenka Fernández, la Concejala de Hacienda de Ponferrada, convocó a la prensa y anunció en un breve comunicado que dimitía de su cargo después de que Ismael Álvarez, el alcalde de la ciudad, llevara un tiempo acosándola tanto en su ámbito profesional como personal. La joven política narró brevemente cómo llevaba viviendo un infierno después de finalizar una breve relación con él. Relación en la que nunca se había sentido cómoda y que había iniciado después de meses de insistentes propuestas por parte de Álvarez.
Pero el infierno que Nevenka estaba viviendo no acabó con aquella denuncia, sino que cuando dio aquel paso al frente, tanto el partido como su pueblo se posicionó de parte del alcalde. Tan solo grupos feministas y Charo Velasco, jefa de la oposición (de hecho el PSOE se portó con Fernández mejor que su propio partido), parecían creerla y apoyarla. La opinión popular pensaba que dado que en algún momento habían tenido una relación ella lo denunciaba por despecho, que mentía. Por si fuera poco, al propio sufrimiento del acoso del alcalde y al juicio mediático que ponía en duda su declaración, se sumó la actitud prejuiciosa del fiscal José Luis García Ancos (que acabó siendo retirado del caso) con varios comentarios clasistas y machistas totalmente desafortunados.
Finalmente los tribunales le dieron la razón y el alcalde fue declarado culpable. No obstante, la condena fue una multa de 24.000 € e indemnizar a su víctima con 12.000 €. A pesar de que Álvarez presentó su dimisión, siguió en activo y nueve años más tarde volvió al pleno municipal como tercera fuerza más votada. El respaldo social seguía de su lado. Ella, por el contrario, y como suele ocurrir con las víctimas, no consiguió encontrar trabajo y tuvo que abandonar España. Los acosadores tienen una cierta habilidad para rehabilitarse y seguir con sus vidas; las víctimas son las que han de dejar su entorno.
Hoy, 20 años más tarde, Nevenka sigue viviendo en Reino Unido, donde ha formado una familia. Con esta serie documental que lleva su nombre hace reflexionar sobre su caso, sobre el camino que hemos recorrido desde entonces, y lo que nos queda por andar.
Dividida en tres entregas de aproximadamente media hora, el testimonio de Nevenka se complementa con el de periodistas, políticos, escritores y otros testigos como la psicóloga que la atendió o su abogado. Con la reconstrucción de los acontecimientos se expone el sufrimiento y el proceso de deterioro psicológico y físico que sufrió Nevenka ante el acoso sexual continuado de su jefe. No obstante, la mirada del presente nos hace comprender algo que entonces la sociedad no entendía (y que aún hoy está en proceso): que no se le puede dar un enfoque individualizado, sino que hay que analizarlo con una mirada mucho más amplia, pues intervienen otros muchos factores y personas que con sus actos (conscientes o inconscientes) ponen el camino más fácil al acosador.
En primer lugar hablamos de un entorno claramente masculino. La política en aquella época estaba copada por los hombres y las mujeres apenas tenían participación. Nevenka fue incorporada a las listas para que aportara la cuota de joven y mujer. Era lista, sí, pero parecía importar menos. Todo el mundo la alababa por su físico. Pero a la vez cuando denunció, el hecho de ser joven y guapa hizo que fuera vista como una femme fatale, una Mata Hari… Incluso algunos testigos recordaban que ella había dado la rueda de prensa en minifalda (¡qué osadía!) cuando en realidad había ido con una rebeca larga y amplia, una cara de angustia y con varios kilos menos. El prejuicio ya estaba en sus cabezas. Lo que le había ocurrido, según sus vecinos, era porque ella se lo había buscado. Aquello del “A mí no me acosa nadie si no me dejo“.
Por otro lado, nos situamos en Ponferrada, una ciudad de unos 60.000 habitantes que vivía de la minería y que se abría a otras actividades económicas. Eran los años del boom del ladrillo y el alcalde, que contaba con mayoría absoluta, manejaba la ciudad a su antojo. Aquellos que estaban en su órbita recibían favores y concesiones. Por eso su entorno le ayudaba a hacerle encerronas a Nevenka, callaban ante el moobing en el trabajo, ante la humillación pública en los plenos e incluso declaraban a su favor en el juicio. Los medios de comunicación le apoyaban, el partido cerró filas en torno a él y los vecinos lo tenían en un pedestal.
Además, en la España de hace 20 años el término acoso sexual apenas se conocía (se tipificó como delito en el año 1999). Y lo que no se conoce no se puede identificar. Y sin tal identificación, no se puede comenzar un proceso de recuperación.
Ya de inicio Nevenka se encontraba en un ambiente hostil siendo mujer, joven, en un entorno de hombres y frente a un señor todopoderoso con una manada que le defendía, le ayudaba y apoyaba. Tras acabar la relación la concejala tuvo que recorrer un arduo camino hasta descubrir qué nombre tenía lo que le estaba pasando. Y finalmente tuvo que mantenerse dura ante la falta de apoyo de los que habían sido compañeros, ante las críticas de la opinión popular, y frente a un sistema judicial que demostró que aún hacía falta mucha sensibilidad en los casos de violencia de género, de maltrato y de acoso.
Vemos el documental en 2021 y pensamos que hemos avanzado mucho desde que Nevenka alzó la voz. Sin embargo, nuestro contexto no es tan distinto como parece. Sigue habiendo casos de acoso sexual. Y si bien es cierto que nos puede ser más fácil identificarlos que entonces y que hay manifestaciones con el lema “yo si te creo“; también lo es que cuando una mujer denuncia toda su vida es mirada con lupa: ¿Qué llevaba puesto entonces? ¿Dio pie? ¿Qué ha hecho con su vida después? ¿Se la ve afligida o sale de fiesta como si nada? De la mujer humillada se espera cierto comportamiento decoroso y un perfil bajo que demuestre que está hundida.
Hoy en día también salen a la calle defensores de los agresores, como en el caso de los jugadores del Arandina; usuarios que se organizan en las redes para publicar los datos de las víctimas; fiscales o jueces que juzgan las actitudes o vestimentas de la víctima (¿Cerró usted las piernas?) o que ante un vídeo de una violación múltiple aseguran que ven jolgorio.
Parece lógico pues, que pocas mujeres se atrevan a dar el paso y denunciar (según la última macroencuesta sobre violencia machista elaborada por la Delegación del Gobierno en 2019, solo un 8% de las mujeres que sufre violencia sexual la denuncia) por miedo a esa revictimización, y más en una época en la que todo comentario fluye mucho más rápido por las redes sociales. Pero es que aunque denuncien como hicera Nevenka en su día, se juzga poco y cuando el fallo judicial condena al agresor, las penas por acoso sexual son muy bajas. Por tanto, no es de extrañar que, ante un camino tan poco halagüeño, las víctimas prefieran callar por su propia salud mental y seguir adelante con sus vidas como buenamente puedan. Aún así, el caso Nevenka (o caso Ismael Álvarez en realidad) es importante, ya que lo que no se nombra no existe. Su testimonio ayuda a reflexionar y avanzar (aunque sea muy lentamente) a la sociedad.
No obstante, pese a lo necesario de que estos casos salgan a la luz, el documental en sí cojea un poco en cuanto a su estructura. Entiendo que se haya dividido en 3 episodios para separar narrativamente el inicio de la relación, la finalización de esta y el calvario que pasó la víctima y por último el juicio; sin embargo no era necesario, hubiera funcionado igual con una única emisión de entre hora y media y dos horas. Y es que en realidad, tiene más de reportaje que de documental.
Sí que funciona bien con Nevenka como eje central exponiendo tranquilamente cómo se fue desarrollando la historia huyendo del amarillismo y del morbo. Porque al final lo importante es oírla a ella.

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