Miniserie: Roadkill
Un juzgado. Numerosas cámaras y micrófonos aguardan en la puerta la declaración de Peter Laurence, Ministro de Transportes del Partido Conservador, quien acaba de ganar un caso de difamación después de que una de los testigos clave, la periodista Charmian Pepper, se haya retractado en el estrado por no poder demostrar sus acusaciones.
Así arranca Roadkill, la miniserie de la BBC en la que Hugh Laurie regresa a una producción británica tras El Infiltrado y en la que de nuevo, como en aquella miniserie, ofrece su faceta más oscura y arrogante. En esta ocasión se mete en el papel de un político de buena planta, inteligente, despreocupado, con mucha autoestima y nula conciencia. Un tipo que salió de un barrio obrero y que ha ido escalando hasta llegar a un alto cargo en el gobierno. Y lo ha conseguido porque no tiene escrúpulos. Es un personaje que no tiene problemas en mentir o en jugar con la dialéctica para decirle al interlocutor lo que quiere oír. Es ambicioso y tiene un objetivo: llegar a Primer Ministro. Para ello, claro, tiene que hacer caer a la Primera Ministra, Dawn Ellison. Eso sí, intentando que la defenestración no le arrastre a él mismo, sino que se erija como la alternativa. No obstante, su jefa no se lo pondrá tan fácil, ya que lo ve venir de lejos y lo propondrá para un nuevo cargo que sin duda no es el que este esperaba y que le obligará a modificar sus planes.
Pero Laurence no solo tendrá que lidiar con estos dos frentes (el de una periodista que intenta destapar sus turbias corruptelas y que no se dará por vencida tras el juicio y el de la carrera por ocupar Downing Street) sino que tendrá una tercera trama: la personal. Este hipócrita político tiene todo un armario lleno de esqueletos también en este área de su vida. Mientras Helen, su mujer, se encuentra en una pequeña población en la costa dirigiendo un coro amateur, Peter pasa la semana en Londres entre trabajo y visitas a su amante, Madeleine Hall (Sidse Babett Knudsen de Borgen). Además, mientras que ha perdido el contacto con una de sus hijas, la otra, con la que se supone que sí se habla, es fotografiada consumiendo drogas. Para añadir más drama, aparece una tercera hija de la que no tenía noticia hasta la fecha y que para más inri, está en la cárcel. Muy culebrón todo.
Y es que, aunque vendida como thriller político, y es cierto que tiene una trama que gira en torno a ese juego de puñaladas por la espalda con la única intención de hacerse con un sillón; en realidad Roadkill tiene también mucho de drama al adentrarse en los comportamientos humanos, en la imperfección de un personaje que se mueve por sus intereses y ambiciones sin atisbo de remordimiento. No interesa tanto destapar las corruptelas como ahondar en el carácter de Peter Laurence.
La historia que nos presenta la serie, dividida en cuatro entregas de una hora de duración cada una, es interesante y entretenida. Cuenta con diálogos mordaces, toques de humor negro, dosis de cinismo y un antihéroe carismático y despreciable a la vez. No obstante, cuesta entrar en la serie, puesto que a veces da la sensación de que es inconexa, que abre caminos que quedan a medio recorrer o que hemos dado al botón de adelantar sin darnos cuenta. Como si hubiera estado planteada como una serie más larga y a la hora del montaje se hubieran descartado demasiadas escenas. Hugh Laurie está magnífico, como siempre, pero quizá no es suficiente motivo como para verla.

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