Miniserie: Mrs. America
Mrs. America es una miniserie de nueve episodios creada por Dahvi Waller (Mad Men, Halt and Catch Fire o Mujeres desesperadas) que narra la historia real del movimiento de ratificación de la ERA (Equal Rights Amendment, en español Enmienda de Igualdad de Derechos) en los años 70. Para ello, nos presenta a las mujeres más relevantes de la época, tanto las feministas que lucharon para que saliera adelante, como las conservadoras que se agruparon para evitarlo. No obstante, la serie no pretende ser una celebración de la lucha del feminismo de la Segunda Ola, sino que pone en el centro de la trama a Phyllis Schlafly, una mujer ultraconservadora casada con un abogado adinerado y madre de seis hijos que, tras dos candidaturas frustradas (una al Congreso y otra a la Cámara de Representantes), encontró en la ERA una causa a través de la cual adquirir relevancia política. Y es que en realidad a ella lo que le interesaba era exponer sus ideas sobre armamento nuclear y la política exterior de Nixon. Dado que en este tema no se la tomaban en serio, decidió abrirse otro camino y aprovecharse del discurso oportunista como inversión esperando saciar sus ansias de reconocimiento, ambición y poder.
La paradoja es que buscó un hueco para abrir su techo de cristal criticando al feminismo cuando era el patriarcado el que la arrinconaba impidiendo expresar sus ideas y llegar a ostentar un cargo de poder. Schlafly pensaba que por sus ideas, por su situación privilegiada tanto económica como social como cultural iba a ser tratada una igual por sus colegas masculinos; pero a la hora de la verdad no le sirvió de nada y fue ninguneada. Pese a su inteligencia y oportunismo, por esa vía tampoco llegó al ansiado sillón en la presidencia de Ronald Reagan, pues este la consideraba demasiado radical. Fue una mujer contradictoria que quedó atrapada en su propia trampa. Porque aunque se oponía virulentamente a las reivindicaciones feministas mientras vendía una imagen de ama de casa satisfecha con su vida y entregada madre de familia numerosa, lo cierto es que se comportaba como estas activistas en muchos aspectos, pues luchaba por su crecimiento personal, por encontrar un lugar en el mundo más allá de la crianza de sus hijos y el mantenimiento de su casa. Además desde el protagonismo y liderazgo.

La acción de Mrs. America arranca a principios de los años 72, en un contexto en el que se viene de unos años 60 convulsos en los que tuvo lugar el asesinato de JFK, de Martin Luther King, de Malcolm X, de la lucha de movimientos feministas y homosexuales que hicieron remover los cimientos de la familia tradicional de clase media y con la Guerra de Vietnam en sus últimos estertores. Es el fin del sueño americano que comenzó tras la II Guerra Mundial. Las mujeres comenzaron a exigir más, pues no querían que su vida quedase relegada al espacio doméstico, sino tener la misma igualdad de oportunidades que los hombres. Sin embargo, había una minoría de mujeres que habían seguido este patrón de amas de casa que se sintió juzgada e infravalorada y malinterpretó las reivindicaciones realizando vaticinios casi apocalípticos. Schlafly se aprovechó de ese descontento y con la excusa de que las feministas las despreciaban, se puso al frente del movimiento. Lideró desde su salón de Illinois a un grupo cada vez más numeroso de amas de casa de clase media-alta que pensaba que esa igualdad de derechos que pedían las feministas les haría perder “privilegios” y tendrían que ir a la guerra. En realidad lo que les ocurría es que tenían miedo al cambio.
La perspectiva de esta agrupación anti-ERA desmentía la premisa de Kate Millett de que lo personal es político. Por el contrario, para este movimiento el Estado no debía intervenir en las decisiones que cada una tomara en su casa. Su lucha se basaba en que la ERA no traería beneficio alguno a las mujeres, sino desventajas y perjuicios, ya que si estas se incorporaran al mundo laboral entonces tendrían dos trabajos a jornada completa: uno dentro, y otro fuera de casa (lo de repartir tareas no está asumido en 2020, no vamos ni siquiera a sugerirlo en 1972, claro). Su premisa se basaba en que dado que ya que son las mujeres quienes pueden tener hijos, los hombres deben estar obligados por las leyes a proporcionar el sustento económico. Y es que si ellas, además de ser amas de casa y criar a sus hijos, eran capaces de trabajar fuera de casa tal y como aseguraban las feministas, entonces, ¿para qué servían los ellos? El matrimonio era como un acuerdo empresarial en el que las mujeres ofrecían organización familiar, sexo y sumisión a cambio de una protección, de una estabilidad económica.
Con esa idea de que nada cambiara, aquel movimiento fue tan efectivo que la enmienda no solo no se ratificó en ese momento, sino que a día de hoy aún la Constitución de los Estados Unidos no incluye ningún artículo en el que quede recogido la igualdad de derechos ante la ley sin distinción por sexo (aunque sí por raza). La campaña adornada de hogazas de pan recién horneado, mermelada casera y pancartas al final ha acabado lastrando a todas las generaciones posteriores. Quizá si Schlafly no hubiera existido, esa Asamblea Política Nacional de Mujeres de 1971 se habría convertido en un movimiento político influyente en el país y no solo habrían conseguido aprobar la ERA, sino acceder a cargos de poder desde donde realmente ser influyentes y cambiar poco a poco el sistema desde dentro.
La serie nos aporta los puntos de vista de los dos mundos (pro-ERA y anti-ERA) presentando en cada capítulo a las principales figuras femeninas que protagonizaron este momento histórico. Aunque en el centro de todo siempre está Phyllis Schlafly, una mujer según reconoció Margaret Atwood en una entrevista le sirvió de inspiración para el personaje de Serena Waterford. Conocida como “la novia de la mayoría silenciosa”, forzó con sus avances a las feministas a discutir, contradecirse, negociar y reorganizarse dentro de su movimiento. El ataque de la agrupación anti-ERA puso en evidencia la escisión entre dos vertientes feministas: la vieja más centrada en los problemas de mujeres blancas de clase media y la nueva que debate sobre la interseccionalidad. En el segundo episodio, Gloria, vemos este salto generacional entre ambas ramas simbolizado en las discusiones de Betty Friedan y Gloria Steinem.
Betty Friedan, cofundadora y presidenta en 1966 de NOW, (Organización Nacional de Mujeres), fue una de las pioneras en el movimiento de mujeres. Su libro La mística de la feminidad, publicado en 1963, fue clave en la historia del pensamiento feminista. En él desmontaba el mundo ideal de felices amas de casa de los años 50, destapando que en realidad las mujeres con estudios que habían dejado de lado sus sueños para irse a vivir a una urbanización en las afueras a hacerse cargo del trabajo doméstico se sentían infelices e incompletas. Tuvo varios debates encarnizados con Schlafly. Y aunque el que vemos en el cuarto episodio no quedó grabado, sí que hay imágenes de otros posteriores donde se puede apreciar la tensión entre ambas.
Sin embargo, pese a haber sido una precursora en los años 60, pronto sus ideas se quedaron cortas. Defendía que la lucha no debía de enturbiarse con otras reivindicaciones como los derechos de las lesbianas o de las mujeres negras y llegó a escribir un artículo incluso en The New York Times en el que afirmaba que las jóvenes trataban de forzar el lesbianismo y promovían el odio hacia los hombres. Una de estas jóvenes era Gloria Steinem, la cofundadora de la revista feminista liberal Ms.

Steinem era una periodista de espíritu nómada que se infiltró a principios de los 60 como conejita en Playboy para denunciar las condiciones de las trabajadoras de Hugh Hefner. Debido a su físico fue conocida en los 70 en la activista más atractiva de EEUU, algo que ella odiaba, pues en lugar de ser tomada en serio por su activismo, era reducida a una cara bonita. Acabó cambiando su forma de vestir y comportarse para que no se frivolizase con ella y se escucharan sus reivindicaciones.
Una de sus mayores batallas fue la lucha por los derechos reproductivos, ya que no quería que más mujeres tuvieran que recurrir a un aborto clandestino como hizo ella.
En el cuarto capítulo conocemos a Shirley Chisholm (interpretada por Uzo Aduba en un registro totalmente diferente a OITHNB), cofundadora de la Asamblea Política Nacional de Mujeres y la Asamblea de Congresistas Negros. Esta maestra nacida en Brooklyn de orígenes antillanos se convirtió en 1968 en la primera mujer negra que se sentaba en el Congreso de los Estados Unidos y fue la representante del 12º distrito del estado de Nueva York en la Cámara de Representantes entre 1969 y 1983 (nada menos que 7 mandatos). Además, fue la primera persona afroamericana en competir por la candidatura a la presidencia de los EEUU (1972) y la primera mujer, junto a Patsy Mink, en competir por la candidatura presidencial del Partido Demócrata. Sin embargo, fue ignorada por gran parte del partido demócrata consiguiendo tan solo 152 votos para la nominación frente a los 1.728 que consiguió George McGovern. Chilsholm expresó tiempo después “Cuando me postulé para presidenta conocí más discriminación como mujer que por ser negra. Los hombres son hombres“.
Tras abandonar el congreso volvió a su carrera en educación y enseñó política y sociología desde 1983 a 1987 en el Mount Holyoke College de Massachusetts.

Otra fundadora de la Asamblea Política Nacional de Mujeres fue la republicana Jill Ruckelshaus, quien además fue asistente especial de la Casa Blanca y jefa de la Oficina de Programas de la Mujer bajo la administración de Nixon. En 1975 fue nombrada por el presidente Gerald Ford jefa de la Comisión de Derechos Civiles de Estados Unidos con el objetivo de ratificar la ERA. A pesar de representar a la derecha moderada, parece que el hecho de ser proaborto impidió que su marido, William, fuera vicepresidente con Ford.

El séptimo capítulo se centra en Bella Abzug (interpretada por Margo Martindale, Claudia en The Americans), quien, al contrario que su compañera Betty Friedan, sí que supo mantenerse en la primera línea en los años 70. Abogada de profesión, ejerció en varios casos sobre matrimonios, libertades y derechos civiles. Luchó por la igualdad de oportunidades, el derecho al aborto, la legislación por el cuidado infantil, el desarme nuclear y la retirada de tropas de Vietnam (fundó y dirigió en los 60 el grupo Women Strike for Peace). Fue una de las fundadoras de la Asamblea Política Nacional de Mujeres
Fue congresista demócrata de Nueva York, donde fue coautora del proyecto de ley Título IX, que prohíbe la discriminación sexual en las escuelas que reciben fondos federales. En 1977, tras perder la candidatura al Senado, fue nombrada por Jimmy Carter para encabezar la Conferencia Nacional de Mujeres.

El único personaje que vemos a lo largo de la serie que no se corresponde con una persona real es el de Alice Macray. La supuesta vecina de Schlalfly en la serie no es más que el tipo de mujer que los guionistas pensaba que tendría Phyllis en su círculo de amistades. Esta mujer conservadora sirve para fantasear con qué pasaría si alguien próximo y fiel a la protagonista abriera la mente y se cuestionara el argumentario anti-ERA pasándose al otro bando.

Aunque unas actrices son más conocidas que otras, sin duda elenco es excepcional. No solo Blanchett está espectacular en su primera incursión en la televisión, sino que cada una de las integrantes del reparto es un derroche de talento. El trabajo de vestuario y caracterización es grandioso no solo por el hecho de que han conseguido una gran aproximación entre los personajes y las mujeres a las que interpretan; sino porque se diferencia claramente cada uno de los bandos por la elección de colores y prendas usadas. Así, las conservadoras suelen llevar trajes o vestidos serios con unos tonos pastel y sin estampados, mientras que las progresistas visten ropa colorida y con todo tipo de patrones y formas geométricas y no hay ninguna uniformidad en su estilo. Cada una tiene uno completamente diferente de la anterior.
Destaca una fotografía que nos transporta a los años 70 gracias al grano y la saturación de los colores y en la que presenta las escenas de las mujeres anti-ERA de una forma más estática en entornos del Midwest, cuando por el contrario con la de las feministas lo hace de una más dinámica y con más predominio urbano. La ambientación está tan cuidada que hasta Anne Schlafly reconoció que la casa familiar está reproducida fielmente desde todos los ángulos.
La cabecera y banda sonora de Mrs. America también contribuyen a la narración de una época. La sinfonía de Beethoven en versión disco de Walter Murphy – mezcla de lo clásico con lo moderno – acompaña a una cabecera que muestra en una versión animada toda la evolución de la campaña por la ERA.
Es inevitable ver Mrs. America y no establecer comparaciones con la actualidad. La serie pone en evidencia las piedras en el camino que se encuentra el feminismo. En primer lugar porque aunque defiende algo tan sencillo como la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, en la práctica es un movimiento complejo porque no todas mujeres sufren de la misma manera la opresión o discriminación. Y es que además del género hay que tener en cuenta que también son determinantes el color de piel, la clase social, la orientación sexual, la diversidad funcional o la edad. Por eso ha de ser interseccional.
En segundo lugar, dado que el feminismo pugna por la igualdad, pretende ser un movimiento horizontal sin líderes pero donde hay debates. Y esto es muy positivo en el sentido en que todo el mundo puede intervenir y aportar por igual; sin embargo, ante un grupo tan estructurado y jerarquizado como el de Schlafly da la sensación de ser un colectivo anárquico, de estar fragmentado.
A estas luchas internas y esta estructura sin cabeza visible que merman su fuerza se suma el hecho de infravalorar al oponente. A las feministas les pasó con las anti-ERA lo mismo que nos ha pasado en los últimos años con los brexiters, Trump, Bolsonaro, Salvini o Vox. No estamos pendientes de aprobar una ERA, pero cada pequeño paso del movimiento feminista despierta otro reaccionario con una estrategia similar. Las tácticas son siempre las mismas: las mismas consignas populistas con gancho para tapar la ausencia de argumentos, el mismo discurso de odio y la propagación de datos falsos y bulos por medio de redes sociales (Schlafly usaba un boletín, ahora tenemos facebook, twitter y whatsapp). No hay espíritu crítico, solo adoctrinamiento. Un claro ejemplo es la frase de Alice cuando dice“Vine a defenderme, pero tengo que preguntarme ¿quiénes no están atacando?”.
Mrs. America puede no atraer a ciertos espectadores por hablar del feminismo de la Segunda Ola. Pero en realidad va más allá. Habla de movimientos sociales y remueve por dentro ver cómo los grupos luchan por sus derechos. Es una serie muy política construida alrededor de las luchas de poder y las batallas dialécticas y que pone al descubierto cómo se gestan las corrientes de opinión en la sociedad. Es verdad que a veces resulta algo farragosa cuando se adentra en el sistema político estadounidense, en cómo funcionan el congreso y el senado, cómo se eligen los delegados, cómo se aprueban las leyes… pero aún así es una serie muy interesante porque todo esto queda en un segundo plano. No es necesario comprender todos los detalles jurídicos para entender el fondo de la historia que no es otro que la lucha social.
Sirve no solo como lección de historia del feminismo, sino también para conocer las dificultades de cualquier movimiento activista y sobre cómo surgen grupos reaccionarios cuando se avecinan cambios que tambalean el sistema. Grupos a veces integrados por personas que se contradicen a ellas mismas, como ocurre con la protagonista. Y es que, como decía al principio, Phyllis Schlafly es una mujer que dedica años de su vida defendiendo el rol patriarcal de la mujer a pesar de que ella aspiraba a ser tratada como una igual en una esfera política dominada por los hombres. Buscaba hacerse con un poder que ella misma criticaba y su viaje de emancipación y empoderamiento acabó en viaje a ninguna parte porque se encontró de lleno con el techo de cristal y el patriarcado. La escena final es una metáfora perfecta de sus contradicciones.
Mrs. America nos pone delante los errores del pasado y nos insta a no cometer los mismos en el presente. Nos recuerda que no se puede dar nada por ganado en la batalla por la igualdad y que es muy fácil retroceder. Es un claro ejemplo de que la lucha por los derechos sociales es una lucha que aún tiene un largo camino por recorrer.

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