Miniserie: La Conjura contra América
En su novela El hombre en el castillo (1962) Philip K. Dick escribió una ucronía en la que las Potencias del Eje habrían ganado la Segunda Guerra Mundial y Estados Unidos habría quedado repartida entre Alemania y Japón. Ya vimos que esta novela fue llevada a la pequeña pantalla y que se extendió por cuatro temporadas. Otro Philip, Roth, publicó en 2004 otra ucronía de similar temática y que se desarrollaba tan solo unos años antes. En su libro La Conjura contra América se sirvió de este recurso literario y de los recuerdos de su infancia como judío en Newark a principios de los 40 para plantear una historia alternativa de Estados Unidos en la que el demócrata Roosevelt habría perdido las elecciones contra el pionero de la aviación y héroe nacional Charles A. Lindbergh, un personaje que en la vida real mostró ideas antisemitas y apoyó abiertamente la no participación de su país en la II Guerra Mundial, pero que no llegó a postularse como candidato a la presidencia por el Partido Republicano.
David Simon, célebre creador de The wire, recibió en 2013 la oferta para adaptar el libro, sin embargo, aunque se lo había leído, consideró que no era una historia que pudiera interesar en aquel momento (Barack Obama acababa de ser reelegido). Tres años después, con la posibilidad cada vez más plausible de que Trump llegara a la Casa Blanca, estimó que era la oportunidad de hacerse con los derechos de la obra y así se lo hizo saber a los ejecutivos de HBO. Tanto Simon como su colega Ed Burns se reunieron con Philip Roth para trabajar en la adaptación y, aunque se comprometieron a no usar el apellido del autor en la miniserie, tras la muerte de este en 2018 decidieron ponerle su nombre a uno de los niños protagonistas en su memoria.
Este pequeño Philip pertenece a la familia judía Levin, que vive en Newark, una ciudad donde a principios de los 40 la comunidad judía suponía el 10% de sus residentes. Es a través de este núcleo familiar, y de las posiciones de cada uno de sus miembros, que conoceremos los cambios geopolíticos que acontecen en este Estados Unidos alternativo en el que el clima contra los ciudadanos judíos se va volviendo cada vez más hostil. Cada uno de los personajes en La Conjura contra América sirve para representar una manera diferente de reaccionar ante unas mismas circunstancias.
Así, Herman, el padre, es la figura del cabeza de familia, un tipo corriente que trabaja como vendedor de seguros. Orgulloso de ser estadounidense y firme partidario de las políticas de Roosevelt, es optimista y confía en que sus compatriotas no van a caer en las discurso demagogo y xenófobo de Lindbergh, por muy héroe nacional que sea. Vive pegado a la radio y a los boletines del cine pendiente de las últimas novedades y expresa con rotundidad sus convicciones en reuniones con vecinos o en comidas familiares.
Su mujer Bess es su contrapunto. Ella es una persona pragmática que, aunque también se preocupa al ver cómo va cambiando su país, su prioridad es tener una existencia tranquila y proteger a sus seres queridos. Por eso cuando ve cómo los judíos empiezan a estar marginados y señalados insiste a su marido en marcharse a Canadá y ponerse a salvo.
Con la pareja vive Alvin, sobrino de Herman, y quien tomará una posición más activa que su tío. El joven considera que para hacer algo uno no se puede quedar perpetuamente sentado junto a la radio despotricando sobre los últimos cambios, sino que hay que hacerles frente. Así, se marcha a Canadá para alistarse en la guerra y “matar nazis” directamente en Europa.
Y si Herman tiene su contrapunto en Alvin, Bess lo tiene en Evelyn, su hermana mayor, quien abrazará los postulados de Charles Lindberg tras enamorarse de Lionel Bergensdorf, el recién enviudado rabino de la comunidad y asesor del Presidente. Este rabino bienintencionado y miope políticamente hablando se convierte en un colaboracionista entregado promoviendo campamentos de verano para que los jóvenes judíos pasen temporadas en otra parte del país y así conozcan las verdaderas costumbres del Estados Unidos más tradicional. Sandy, el mayor de los Levin, animado por su tía, ve en estos campamentos una oportunidad de salir de su entorno y abrir la mente; sin embargo, es aún demasiado joven como para darse cuenta de que en realidad tanto él como su familia ya son norteamericanos y no necesitan que nadie les adoctrine en unas supuestas buenas costumbres solo por profesar una religión diferente.
Dividida en seis episodios, La Conjura contra América no es una serie de acción; no interesa tanto el conflicto de la guerra o los ataques antisemitas, como lo profundamente familiar, lo que trascurre entre las cuatro paredes de la familia Levin. La trama se construye sobre una cotidianidad que parece tranquila, pero que se va envenenando poco a poco. Tal y como expone Atwood en el El Cuento de la Criada: Nada cambia de golpe: en una bañera en la que el agua se calienta poco a poco, morirías hervida antes de darte cuenta. Por medio de los Levin somos conscientes de cómo el odio y la tensión van incrementándose poco a poco hasta llegar a un clímax irrespirable (igual que ese baño tibio que poco a poco va subiendo la temperatura hasta llegar a hervir) y de cómo los protagonistas se van adaptando a las nuevas circunstancias. Porque el ser humano tiene esa capacidad de adaptación, incluso en las situaciones más adversas.
Este ritmo casa muy bien con el estilo de David Simon, quien acostumbra a tomarse su tiempo para presentar a los personajes y la trama antes de que todo estalle; aunque en realidad es la primera vez que adapta una novela para una de sus ficciones (normalmente se basa en hechos periodísticos y observacionales). La conjura contra América cuenta además con otra marca de la casa: su tono de denuncia. Es un relato costumbrista que apela a la justicia social. Y mientras cuenta una historia de tiempos pasados, establece cierto paralelismo con el presente.
Porque es innegable que este Lindbergh, uno de los líderes del movimiento aislacionista America First, nos lleva a pensar en Trump. Sin embargo, parece que el propio Roth ya le remarcó a Simon de que a pesar de que ambas figuras pudieran ser comparables en la base demagógica de su discurso populista y simplista, el aviador movilizaba a las masas porque era todo un icono americano, el héroe nacional que había conseguido toda una hazaña. Algo que no es equiparable a la carrera de Trump.
No obstante, La Conjura contra América no pretende caricaturizar a Lindbergh ni hacer sangre de la persona que fue, sino que se sirve de su nombre para hablar del peligro que supone elegir a un líder solo por su notoriedad, sin tener en cuenta su experiencia política o ahondar en su programa electoral. Tampoco pretende dar respuestas, sino formular preguntas y que luego el espectador saque sus conclusiones. Y es que no es Simon mucho de dar las cosas mascadas. Deja así una reflexión sobre lo frágil que es el estado del bienestar y lo rápido que se extiende y normaliza el odio hacia el diferente cuando nuestro estatus se ve amenazado. Trata además otros temas como la postura de los cuerpos de seguridad del estado como protectores del sistema y no de la ciudadanía.
Una miniserie totalmente recomendable.

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