Miniserie: Dopesick: Historia de una adición
Dopesick: Historia de una adición es una miniserie que transporta a los espectadores al epicentro de la lucha contra la adicción a los opioides en Estados Unidos, desde las salas de juntas de Purdue Pharma, a una castigada comunidad minera de Virginia, pasando por los despachos de la DEA. Durante 8 capítulos de una hora de duración cada uno, Dopesick cuenta la historia de cómo a mediados de los 90 la empresa familiar Purdue Pharma lanzó al mercado el OxyContin bajo premisas falsas y acabó provocando una oleada de adictos, decenas de miles de muertos desde su nacimiento hasta el presente y un relevante incremento de la criminalidad asociado a su consumo.
Se basa en el libro superventas Dopesick: Dealers, Doctors and the Drug Company that Addicted America de Beth Macy, para el cual la autora llevó a cabo una investigación periodística entrevistando a una gran cantidad de víctimas del OxyContin y a sus familiares, así como a los miembros de las comunidades afectadas que se organizaron para luchar contra la farmacéutica.
Hasta la fecha de su lanzamiento este tipo de analgésicos estaban restringidos a pacientes con graves dolencias, como por ejemplo enfermos de cáncer. La farmacéutica, con la única intención de ganar más dinero, decidió de que era hora de ampliar su nicho de mercado y que el OxyContin se comercializara para todo tipo de molestias, desde el dolor de espalda hasta el de la artritis, pasando por algo tan cotidiano como el de la regla o de cabeza. Incluso para la resaca. Pero como este cambio no iba a ser fácil, falsearon los datos, manipularon informes y compraron a personal de organismos oficiales que pudieran interponerse en el camino. Todo para lograr que el producto saliera al mercado y la empresa obtuviera más beneficios.
Al principio, cuando comenzó a venderse, los médicos no estaban muy a favor de recetar un fármaco que era tres veces más fuerte que la morfina. No obstante, hubo varios factores que influyeron a un cambio de postura en la comunidad sanitaria. En primer lugar que la etiqueta avalada por la FDA, la Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos, aportaba al OxyContin una credibilidad crucial. Por otro lado fue determinante también la presión del ejército de visitantes médicos para que en las clínicas y hospitales se recetara como el medicamento estrella con el argumento de que mitigar cualquier tipo dolor era un derecho humano y que si los doctores hacían sufrir a sus pacientes se arriesgaban a posibles denuncias. Finalmente, fue relevante la agresiva y millonaria campaña comercial que se llevó a cabo para dar a conocer el producto entre la ciudadanía.
Los primeros lugares en que se introdujo el OxyContin fueron regiones empobrecidas y con un buen número de su población dedicada a trabajos físicos (minería, explotaciones agrícolas y forestales, industrias, etc.) como el suroeste de Virginia, el este de Kentucky y las zonas rurales de Maine. Las cuentas estaban claras: a mayor esfuerzo, mayor posibilidad de lesiones y dolores; por tanto, más probabilidad de adherencia al nuevo fármaco y, como consecuencia, mayores ganancias millonarias para la empresa. Un negocio redondo a costa de la salud de la gente.
Y lo cierto es que inicialmente todo parecía de color de rosa, porque el OxyContin sí que aliviaba el dolor. No obstante, pronto se puso de manifiesto que aquel argumento de Purdue Pharma de que el medicamento creaba mucha menos adicción (menos del 1%) que otros opiáceos del mercado era completamente falso. Los pacientes necesitaban cada vez dosis más altas y menos espaciadas en el tiempo. Como consecuencia, los resultados fueron catastróficos, con miles de enfermos convertidos en adictos y otras tantas muertes por sobredosis. Mientras tanto Purdue Pharma y la familia Sackler, su propietaria, no dejó de enriquecerse. En cinco años de comercialización las recetas de OxyContin pasaron de 670.000 a 6,2 millones reportando a la empresa más de 1.000 millones de dólares anuales. El fármaco se convirtió en el producto estrella suponiendo el 80% de los ingresos de la compañía.
Dopesick se construye en base a esta historia tomando hechos reales y dramatizando los sucesos desde la óptica de distintos personajes, en su mayoría ficticios. Cuenta con un planteamiento coral en el que hay tres ramificaciones que ayudan a crear una visión de conjunto clara de los acontecimientos: la farmacéutica, sus víctimas y los representantes de la ley.
Por el lado de Purdue Pharma tenemos a los integrantes de la compañía y las pugnas familiares que existen entre los miembros de su junta directiva. De todos ellos destaca el avaricioso Richard Sackler, quien busca por todos los medios llegar a la presidencia de la empresa y encuentra en el OxyContin su baza para hacerse con el sillón.
A nivel de calle se encuentra Billy Cutler, un ambicioso representante farmacéutico, cuya labor es convencer a los médicos para que prescriban el fármaco. Cuanto mayor sea su volumen de ventas, más comisiones. Por tanto, no dudará en repetir como un loro los argumentos aprendidos en los cursos de formación de la empresa, agasajar a los médicos y ayudantes o invitarlos a congresos con los gastos pagados.
Para hablar de las víctimas la serie nos traslada a la ficticia Finch Creek, una pequeña comunidad minera al pie de los Apalaches, en Virginia. Allí tenemos a dos personajes que nos van a aportar una mirada muy personal. Por un lado encontramos al Dr Finnix, un medico rural que cuida a sus pacientes como a sus propios hijos al llevar ejerciendo allí cuarenta años y haber asistido en el parto de muchos de ellos.

Por otro está Betsy, una joven minera de sexta generación, lesbiana, que intenta salir de las alas de unos padres muy religiosos y tradicionales.
Finalmente tenemos el punto de vista de Rick Mountcastle y Randy Ramsmeyer, los dos ayudantes del Fiscal del Estado, y de la agente de la DEA Bridget Meyer. Ellos son los encargados de investigar las malas prácticas de la farmacéutica a la hora de comercializar el nuevo analgésico.

A primera vista parece que no hay relación entre unos personajes y otros, pero el guion juega con la alternancia tanto de puntos de vista como de época en la que suceden los hechos para hilvanar la historia y hacer encajar todas las piezas. Es cierto que a veces es un poco confuso y hay que permanecer alerta a todo lo que nos cuenta para no despistarnos entre tanto arco temporal y argumental. Pero sin duda es un recurso muy efectivo para desarrollar las historias en paralelo y para mostrar cómo ha influido el fármaco en la vida de los protagonistas.
Y aunque cada uno de los personajes tiene su papel, sin duda el epicentro de la historia es Samuel Finnix, protagonizado por un impecable Michael Keaton. El actor, que es un alcohólico en recuperación, es líder absoluto en su interpretación de este médico tan lleno de matices que evoluciona al ritmo que lo hace su adicción. El recorrido del Dr. Finnix le obliga a un continuo cambio de registro que resuelve con maestría.
En la representación del sufrimiento Keaton está acompañado por una conmovedora Kaitlyn Dever. Brutal lo de esta actriz que ya vimos en Unbelievable. Brilla con luz y consigue transmitir la impotencia de Betsy, una joven minera convertida en adicta tras un accidente laboral.

Dopesick es contundente a la hora de establecer los hechos y presentar los papeles de héroes, villanos y víctimas. Mientras que el personaje de Keaton está inspirado en el doctor Stephen Loyd, un médico que quedó enganchado al OxyContin pero se recuperó y ahora ayuda a adictos en un centro de Nashville; por el contrario el de Dever es ficticio. No obstante, ambos sirven para mostrar el descenso a los infiernos de las víctimas (muchas de ellas jóvenes) y ponerle cara a este drama. Es gracias a ellos que la serie sale adelante pese a la dureza de lo que se está contando. Por supuesto todo lo contrario despierta la familia Sackler y, especialmente, Richard.

Dopesick es dura, triste y desesperanzadora. Muestra con todo lujo de detalles la degradación de los adictos y el dolor de las personas de su entorno, que, por mucho que quieran ayudarlos, no lo consiguen. Y es que contra la adicción al OxyContin no sirven las tradicionales terapias de desintoxicación o los grupos de apoyo. Este medicamento transforma por completo el cerebro, por lo que volver a reconfigurarlo, por así decirlo, lleva mucho tiempo, esfuerzo y sufrimiento. Y, a diferencia de lo que muchos en Estados Unidos querría pensar, las víctimas no eran personas provenientes de entornos marginales o de población racializada, sino que el problema de la drogadicción por OxyContin atravesaba a toda la sociedad. Bastaba con haber pasado por una clínica u hospital y que el sanitario de turno te recetara el fármaco para llevar mejor el dolor.
La incredulidad, la indignación, la impotencia y el dolor están presentes durante toda la serie y pone en evidencia cómo en Estados Unidos la salud es un negocio más en el que la ética brilla por su ausencia. Asistimos a salas de juntas plagadas de empresarios sin escrúpulos y avariciosos para los que lo único importante es que el EBITDA crezca de un año para otro. No importa si para ello hay que sobornar a supervisores, falsear los informes o que su fármaco acabe con decenas de miles de vidas humanas. A final del ejercicio fiscal ellos recogen sus dividendos.
Este caso deja además en evidencia el fallo en los mecanismos de regulación, control y defensa del Estado Americano y muestra que cuando las autoridades descuidan su labor de fiscalizar, la ciudadanía es quien lo acaba pagando. Como si de una tormenta perfecta se tratara se han juntado varios elementos que llevan al desastre: la avaricia de una empresa; una sociedad que cada vez tiene más dolores por todo como consecuencia de una vida demasiado exigente y estresante; comunidades empobrecidas en las que no hay ni un periódico o emisora local que destapara el aumento de adictos al OxyContin antes de que se convirtiera en un problema nacional; una FDA comprada y la inoperancia de los tribunales.
La historia, 25 años después, aún no está cerrada. En 2016 tuvo lugar el primer gran proceso judicial. Y, aunque hubo admisiones de culpabilidad, desde entonces nadie de la familia Sackler ha sido juzgado y tan solo se ha condenado a algunos ejecutivos de rangos intermedios de la empresa. Además, como las sanciones económicas han llegado tan tarde, los Sackler han tenido tiempo de sobra para poner a salvo sus patrimonios personales en el extranjero. Según documentos judiciales, entre 2008 y 2010 movieron cada año el 70 % de los ingresos y entre 2011 y 2016 entre el 40 y el 55 %. En total, desde 2008 hasta 2018 se estima que la cifra extraída alcanzaba los 11.000 millones de dólares).
Purdue Pharma llegó a un acuerdo en septiembre de 2021 para declararse en bancarrota, disolver la farmacéutica o venderla para 2024 (los Sackler quedarían vetados en el negocio de los opioides en todo el mundo), hacer públicos unos 30 millones de documentos y pagar 4.500 millones de dólares en un plazo de 9 años a cambio de inmunidad ante eventuales querellas. Sin embargo, dos meses más tarde la jueza federal Colleen McMahon lo anuló aduciendo que el tribunal que tomó la decisión anterior no tenía autoridad para eximir a la familia Sackler de sus responsabilidades. Como consecuencia, Purdue Pharma ha ofrecido subir la cifra a 6.000 millones de dólares (aunque en un plazo de 18 años).
Haya acuerdo o no, sea el desembolso generoso o no, lo que es indudable es que el daño está hecho. Según las autoridades, entre 1999 y 2019 casi medio millón de personas murieron en Estados Unidos por sobredosis de opiáceos. Solo en 2020, según el Centro Nacional de Estadísticas de Salud, fallecieron más de 93.000 personas por sobredosis de medicamentos (un 30% más que el año anterior), de las cuales 69.710 se atribuyeron a sobredosis de opioides. Como bien recoge Dopesick, el OxyContin ha destrozado vidas y comunidades enteras, y eso no se puede arreglar.

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