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Mercadillos Navideños Alemanes. Día 1 II: Paseo por Wiesbaden

Tras el intento fallido de ver cómo emanaba agua de la Kochbrunnen nos dirigimos hacia el Kurhaus, mandado construir en 1907 por el emperador Guillermo II. Este complejo de estilo neoclásico, cuenta con un balneario, diversos restaurantes y uno de los casinos más antiguos del país. Parece ser que en esta sala de juegos perdió todo su dinero el escritor ruso Dostoievsky en 1863, y, para recuperarse de la deuda, acabó firmando un contrato para escribir su famosa novela El jugador.


Hoy en día es un centro de convenciones y en él se celebran multitud de eventos sociales. Desde congresos, seminarios, hasta recepciones y fiestas de gala. En aquel momento, a finales de noviembre, anunciaban ya la fiesta de Nochevieja.

Sobre las columnas jónicas se puede leer Aquis Mattiacis (las aguas de los Matiacos), aludiendo a la tribu germana que residía en el territorio antes de que llegaran los romanos.

El interior destaca por sus suelos de mármol, inmensas columnas de granito y numerosos mosaicos y estatuas decorándolo.

Frente al edificio se extiende el Bowling Green, una gran explanada verde en la que los locales gustan de sentarse cuando hace un día soleado. En noviembre sin embargo el verde se había sustituido por el blanco, ya que con motivo de la celebración de los eventos navideños, en el área que ocupa el parque se coloca la pista de hielo móvil más grande de Alemania con una superficie de unos 2.500 metros cuadrados.

Apenas encontramos a un puñado de personas patinando, pero sí que vimos más gente en las pistas de curling ubicadas a ambos lados de la pista.

En la parte trasera de este edificio se encuentra el Kurpark, unos jardines de 7,5 hectáreas de zona verde que fueron planificados en 1852 siguiendo el estilo inglés. Este pulmón verde se convierte en un espacio al que acuden los habitantes de la ciudad a disfrutar del aire libre cuando el tiempo acompaña. En él se celebran también eventos y conciertos.

En noviembre, aunque había algo de verde, los caminos llenos de barro no invitaban a pasearlo. Además, había partes en obras. Así que, tras echar un vistazo, volvimos sobre nuestros pasos.

Continuamos por el Hessisches Staatstheater un impresionante edificio neorrenacentista y neobarroco cuya construcción fue promovida a finales del siglo XIX por el emperador Wilhelm I, quien era un visitante asiduo de la ciudad. Siguiendo los modelos de Praga y Zúrich, alberga las principales actuaciones culturales de la ciudad. En sus cuatro escenarios se representan la ópera, el teatro, el ballet y la orquesta estatal de Wiesbaden.

Como tantos otros edificios de la ciudad, quedó gravemente dañado por una bomba de la II GM, por lo que tuvo que ser reconstruido. Debido a que tras la guerra Alemania no estaba en una situación económica muy boyante, se hizo de una manera más austera. Hubo que esperar a 1978 para que recuperara su diseño original.

Dado que en los alrededores de la pista de hielo no encontramos ningún sitio donde comer, nos movimos más hacia el centro de la ciudad a ver si teníamos más suerte. En el camino, en la esquina de las calles Burgstraße y An den Quellen nos encontramos con el famoso Kuckucksuhr de Wiesbaden, el que fuera durante muchos años el mayor reloj de cuco de todo el mundo.

Construido en 1946 al estilo de los relojes clásicos de la Selva Negra, cuenta con una circunferencia de 2 metros. Hoy en día hay relojes que lo superan en dimensiones, pero este sigue siendo todo un icono para Wiesbaden. Se puede ver en movimiento de 8 de la mañana a 8 de la tarde a las medias y a las en punto.

Finalmente llegamos al corazón de la ciudad, la Schlossplatz, una plaza que en la Edad Media estaba fortificada en torno a una torre. También es conocida por los locales como la Marktplatz, ya que albergó durante un tiempo el mercado. El estilo actual del espacio data del siglo XIX.

Queda rodeada por el Palacio de los Duques de Nassau (de ahí el nombre de la plaza), los Ayuntamientos Viejo y Nuevo y la Iglesia Marktkirche. En el medio de la plaza destaca la fuente Marktbrunen de 1753, oculta por los puestos navideños.

El neoclásico Stadtschloss Wiesbaden, fue mandado construir por el duque Guillermo porque los edificios existentes del castillo y el palacio renacentista de finales del siglo XVI no parecían lo suficientemente representativos del recién fundado Ducado de Nassau. Sin embargo, murió antes de que se concluyeran las obras. Fue su hijo, el duque Adolfo de Nassau, quien trasladó la residencia de los Nassau ya a finales de 1842.

Tras la anexión de Nassau, se convirtió en la residencia de los Hohenzollern cuando visitaban la ciudad. Y en 1930 pasó a manos de la Administración del Palacio Prusiano, quien lo usó como museo hasta que comenzó la II Guerra Mundial, que fue sede de una comandancia general de la Wehrmacht. Fue restaurado tras la guerra porque había quedado gravemente dañado en un bombardeo y en 1946 se convirtió en la sede del Parlamento del Estado de Hesse, un uso que mantiene hasta hoy en día.

Aunque el exterior es bastante sencillo, el interior estaba ricamente decorado. Y a pesar de los daños de la guerra y de los cambios, ampliaciones y restauraciones de las últimas décadas, han conseguido mantener el edificio prácticamente intacto conservando su ambiente histórico.

El Ayuntamiento Viejo, construido en 1610 en estilo neo-renacentista, es el edificio más antiguo de la ciudad. En la actualidad funciona como oficina del Registro Civil y el consistorio se ha trasladado al Ayuntamiento Nuevo, elNeuesRathaus, construido en 1887.

En él se ubica la corporación municipal, incluyendo la oficina del alcalde y varias dependencias administrativas. Además, alberga salas de exposiciones públicas y en su planta baja el restaurante Ratskeller.

La fachada que vemos hoy en día data de 1951, ya que la original, de estilo renacentista alemán, fue su destruida en la guerra.

Tras dar una vuelta por los diferentes puestos del mercado, cada uno elegimos lo que nos apeteció en ese momento y nos juntamos con nuestras respectivas comidas en una de las mesas allí dispuestas. No nos paramos mucho, puesto que el cielo traía algunas nubes un tanto oscuras y, de todas formas, no nos quedaban muchas horas de luz.

Así pues, tras llenar el estómago, seguimos con el paseo visitando el edificio que sin duda destaca en la plaza, la Iglesia luterana Marktkirche, una de las iglesias más importantes de Wiesbaden. Diseñada por Carl Boos como Catedral del Estado de Nassau, su construcción se inició en el año 1853 y finalizó en el año 1862. Vino a sustituir a la iglesia medieval de Mauricio que quedó devastada en un incendio en 1850.

De estilo neogótico y siguiendo el modelo de la iglesia Friedrichswerder de Berlín, proyectada por Karl Friedrich Schinkel, el arquitecto inicialmente pensó en piedra natura, pero finalmente optó por el ladrillo, un material atípico en la región, por su bajo coste, belleza y durabilidad. Esta elección fue duramente criticada y objeto de polémicos debates en su época. Como también lo fue la altura de las torres, y es que Boos decidió que la principal midiera nada menos que 98 metros, lo que hace que se imponga sobre los demás edificios de la ciudad. En ella, a una altura de 65 metros, se instaló en 1986 un carillón compuesto por 49 campanas de bronce de entre 13 kg y 2,2 toneladas que complementan las cinco campanas de bronce que tocan las horas y el servicio de la iglesia.

En el interior alberga un órgano principal que data de 1863 y fue renovado y ampliado en 1982. Con 6198 tubos hoy en día es uno de los grandes órganos románticos más importantes de Alemania y el más grande del distrito de la Iglesia Protestante de Hesse y Nassau.

La Marktkirche salió bastante bien parada de las guerras, aunque en la II Guerra Mundial quedó parcialmente dañada. Tuvo que ser reparada y nuevamente consagrada en 1949.


Abandonando la Schlossplatz continuamos hasta la Luisenplatz, donde se ubicaba otro de los mercadillos navideños de la ciudad, uno más pequeño y más dedicado a los más pequeños. En el centro de la plaza, entre los puestos, se erige un gran obelisco que conmemora la victoria sobre Napoleón en Waterloo en 1815 y a los soldados de Nassau que cayeron en esta batalla. Fue inaugurado el 18 de junio de 1865, en el 50 aniversario de la batalla, en presencia de unos 700 veteranos.

En los laterales del monumento están grabados los nombres de 337 soldados caídos ordenados alfabéticamente por cargo. En cada uno de las caras de la parte superior del obelisco se pueden ver diferentes emblemas escultóricos realizados en zinc dedicados a los duques Adolf, Wilhelm y Friedrich August, así como al príncipe Friedrich Wilhelm. El monumento se eleva sobre un pedestal de varios niveles, y su cúspide está coronada por una granada explosiva.

Frente a la Luisenplatz se alza la St.Bonifatiuskirche, erigida donde antes se encontraba la de San Mauricio, arrasada en un incendio. Construida en estilo neogótico entre 1844 y 1849 es la iglesia católica más antigua de la ciudad y cuenta con una tradicional planta de cruz latina. Lamentablemente no pudimos verla entera porque tenía parte de la fachada y una torre en obras.

Acabamos la tarde en la Mauritiusplatz donde había otro pequeño mercado, aunque en este predominaban los puestos de comida y bebida. Además, había una noria de 45 metros.

Este mercadillo nos quedaba muy cerca del hotel, por lo que aprovechamos para retirarnos un par de horas a descansar y quedamos en volver a salir en unas horas ya cuando fuera de noche para ver todo iluminado y cenar. Y es que el ambiente de noche cambia completamente. Las luces se iluminan, los puestos se llenan de gente, el aire trae los diferentes olores dulces y salados de cada caseta…

Además, al no tratarse de grandes plazas no había demasiados estímulos y se podía disfrutar del paseo. No teníamos mucha hambre después de haber comido tan tarde, así que cenamos algo ligero, algunos probaron el Glühwein y de postre compramos unos churros que, como ya podíamos imaginar, nos decepcionaron. Pero no nos podíamos quedar con las ganas.

En determinado momento empezó a chispear, así que vimos la oportunidad de volver al hotel y dar por finiquitado un día muy largo, pues no hay que olvidar que habíamos madrugado bastante. Y a la jornada siguiente también queríamos ponernos en marcha pronto, Mainz nos esperaba.

 
 
 

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