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Matar para morirse desde adentro

Mar 26, 2015
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A veces se vuelve necesario devolver el zarpazo, por el puro goce de lastimar a la mujer amada, para beberse su sangre como si fuera una botella de vino, eyacular en su dolor, hundirse suavemente entre su carne para desgarrarla desde adentro.

Todo se pintó de azul tras la masacre, luego de perder al amor en una guerra que desde el principio estuvo perdida.

Vomitar el rencor y dar la puñalada es casi lo mismo.

A veces es necesario hacer daño para sobrevivir y seguir respirando, limpiarse las heridas con la sangre del enemigo, de la mujer amada, que me ha dejado moribundo y melancólico tras derramar en el caño todos los colores del mundo.

Tuve que amputarme una parte de mí para escapar de su prisión, tuve que arrancarme el corazón para tragármelo entero en el bocado más amargo.

Mi canibalismo es tan parecido a tu indiferencia, amor, al abrazo displicente con el que me desterraste para siempre de tu vida que era la mía, tras tomarme del pescuezo y zarandearme por el aire para matarme como si mataras un pinche pollo.

Después de eso uno se queda con ganas de morder, aún cuando herir a la mujer amada sea también herirse a uno mismo.

Hay dolores que deben curarse con otro dolor para evitar la infección, hay echarle mezcal y mucha sal a la cortada para cauterizar la carne en el escozor del fuego.

Luego viene la tersa y dulce escampada, de cuando el corazón molido a palos deja de convulsionarse solo para contemplar la destrucción que dejó tras de sí la tempestad.

Ahora todo es un silencio profano que se cuela hasta lo profundo del alma.

Ahora puedo regresar a cavar mi fosa para hundirme en tibia soledad.

He sido salvado. ¿A qué precio? ¿Para qué?

La resurrección es también una trampa: es volver de entre los muertos solo para volverse a morir.

La triste y subterránea calma de cuando el amor no germina.

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