Madera
Me gustan las vetas de la madera y los paisajes que dibujó el tiempo en la piel de los árboles, teñida de sol, de lluvia, de tierra, de noche, el invierno y su rumor de montaña, la danza giroscópica de las abejas.
Me gusta el olor a leña que alimenta el fuego de la vida, y sentir la humedad del bosque cuando crece musgo entre las piedras.
Me gusta escuchar el murmullo del arroyo para refrescar los pensamientos y mi alma helada, como agua de manantial.
Me gustan las virutas doradas que se desenrollan del cepillo del carpintero, el aroma del aserrín, y las astillas como clavos que quedaban cuando te rompías, madera.
Será porque mis manos fueron talladas en la blanca tez del pino y la oscuridad del ébano, manos lijadas por la vida en la dureza del roble y barnizadas con aceite de nogal, manos que evocan la alegría del cedro, la elasticidad del fresno, el poroso crujir de la palma y el atardecer dormido en el palo de rosa, la sordera del alcornoque y la nostalgia del sauce.
De las tripas de un árbol salió la madera, utensilio del hombre, lienzo donde se desbordó la imaginación humana en muebles, guitarras, arcos, puentes, casas…
Por eso me gusta la madera cuando hace surcos y se deja acariciar para sostener este mundo hecho de sueño y artificio, como arrancado de la tierra. ::.

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