Los últimos son la Ley
Por: Miguel Angel Aguilar Arreola. (TereMike)
Reflexiones en torno al Evangelio según san Marcos (10, 2 -16)
En aquel tiempo, se acercaron unos fariseos y le preguntaron a Jesús, para ponerlo a prueba: «¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?»
Él les replicó: «¿Qué os ha mandado Moisés?»
Contestaron: «Moisés Permitió divorciarse, dándole a la mujer un acta de repudio.»
Jesús les dijo: «Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación Dios “los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne.” De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.»
En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo. Él les dijo: «Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio.»
Le acercaban niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban. Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo: «Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él.»
Y los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos.
San Marcos (10,2-16)
Sumergiéndonos en el texto y el contexto.
Más allá de lo que creemos evidente, el punto clave de este texto no es el que salta a primera vista, no es tan simplista como nos lo han hecho creer. A partir de la pregunta que los fariseos plantean a Jesús, una pregunta para ponerlo a prueba, “¿Le es lícito al varón divorciarse de su mujer?”. La respuesta de Jesús sorprende a todos. No entra al juego de los rabinos. Invita, como siempre, a mirar más allá, a descubrir un proyecto, que está por encima de leyes y normas. Así, Jesús no se centra tanto en la cuestión del divorcio, más bien repudio, cuanto en el lugar de la mujer.
El repudio, es una cuestión que hace sufrir mucho a las mujeres de Galilea y es motivo de discusiones diversas escuelas rabínicas, por ello no debemos leer el texto desde nuestros conceptos y moralidades del divorcio moderno, sino desde la situación y leyes en que vivía la mujer judía dentro del matrimonio, controlado exclusivamente por el varón, una situación que la convertía en propiedad, sobre la cual él tiene todos los derechos.
La doctrina de los fariseos mantenía lo que en la época (en la cultura judaica) era norma común. El marido podía repudiar a su mujer cuando quisiera, simplemente dándole un acta de repudio. Los fariseos lo fundamentaban en un texto del Deuteronomio, que dice así:
“Si uno se casa con una mujer y luego no le gusta porque descubre en ella algo vergonzoso, le escribe el acta de divorcio, se la entrega y la echa de casa, y ella sale de la casa y se casa con otro y el segundo también la aborrece, le escribe el acta de divorcio y la echa de casa, o bien muere el segundo marido, el primer marido que la despidió no podrá casarse otra vez con ella, pues está contaminada; sería una abominación ante el Señor: …”
Dt 24 1-3
La práctica habitual en Israel se regía por este precepto. Debemos advertir que es una norma hecha para los varones: se trata claramente de un derecho masculino, en el que la mujer se considera de alguna manera “propiedad del varón”, y que no tiene derechos respecto al marido.Salvo casos excepcionales, la mujer astuta podía provocar situaciones que indujeran a su marido a concederle el divorcio. Cuando una mujer era rechazada por su marido, recibía un “libelo de repudio”, es decir, un documento en el que se declaraba que era libre para casarse de nuevo y que recibía de su exmarido el dinero aportado al matrimonio.
En ese contexto jurídico y social, era evidente que, si un hombre se divorciaba de su mujer y la despedía del hogar, la dejaba totalmente desprotegida. Difícilmente otro hombre querría desposar a una repudiada. Ella debía regresar a la casa de sus padres, los cuales muchas veces eran ancianos (si no habían muerto) y ya no podían mantenerla. Quedaba así forzada a vivir de la caridad pública, pues tampoco existía una libre entrada de estas al mundo laboral, una vida en una situación de total precariedad, indefensión económica y desamparo social. En algunos casos, la única salida era la prostitución.
Por eso Jesús, al prohibir el divorcio, lo que hizo fue ponerse de parte del más débil, del más expuesto y amenazado socialmente: la mujer.
Por eso, dice Jesús, que esta ley que se ha impuesto en el pueblo judío, no por Dios, sino por Moisés, fue por la “dureza de corazón” de los varones que controlan a las mujeres y las someten a su voluntad.
Para recalcarlo, Jesús refiere al génesis, Dios “los ha creado varón y mujer”, no lo hace con un fin biologicista, como nos lo han hecho creer algunos falsos profetas de la segregación. Él retoma este texto, desde lo simbólico, para dejar en claro que los dos han sido creados en igualdad, que su padre, Dios, no ha creado al varón con poder sobre la mujer, ni ha creado a la mujer sometida al varón, es un proyecto donde los dos tiene que dejar y ofrecer cosas, donde los dos se hacen uno desde la igualdad y no desde una idea esclavista. Es Dios mismo quien los atrae a vivir en una asociación de apoyo mutuo. Jesús concluye de manera rotunda: “Lo que Dios ha unido, que no lo separe el varón”.
La lectura posterior de este texto, así como ciertos parámetros morales, emanados del patriarcado, han leído este pasaje de un modo literalista. Pero el Evangelio, no es simple, no es literal. El Evangelio es simbólico, es profundo, es palabra de sabiduría que habla desde un contexto y se actualiza a la luz de los acontecimientos de la comunidad de fe. Cuando esto se olvida, el literalismo desemboca en el fundamentalismo creando mucho sufrimiento, fardos pesados imposibles de cargar.
Por ello es necesario distinguir entre el símbolo emanado del texto del Génesis, y que desde una lectura literal y por lo tanto nada profunda, pretendamos aplicarlo, sin contexto, a las realidades de todas las parejas, de todas las personas, o incluso condenar las relaciones afectivas y sexuales fuera del ámbito heterosexual. Uno, porque no es el tema que se discute entre los fariseos y Jesús; dos, porque en el concepto de matrimonio, entendido con las implicaciones de libertad y amor que tiene hoy, no entra dentro del contexto del evangelista. En su tiempo el matrimonio era un acuerdo social, establecido por los padres, cuyo móvil era la conveniencia mutua y no el amor. Por eso, en caso de romperse el pacto, la mujer quedaba socialmente indefensa y expuesta a una vida inhumana. Aquí está la cuestión de esta prohibición, la defensa del más débil es la Ley de Jesús.
Y aún más allá, cuando los discípulos vuelven a hacer la pregunta, Jesús vuelve a hacer otra prohibición, pero por encima de eso, lo que realmente debemos notar es La “novedad” de Jesús que radica en plantear la posibilidad de algo que la sociedad judía no contemplaba: que fuera la mujer la que pidiera el divorcio. Lo que eso significaba era bien simple: situar a varón y mujer en pie de igualdad. Porque, es claro que, tal actitud de considerar al otro como propiedad, por más que se hubiera mantenido y canonizado durante siglos, contradecía flagrantemente aquel primer principio bíblico que hablaba de “ser los dos una sola carne”, de esta manera Jesús quiere regresar la mirada a la concepción equitativa del Génesis por encima de la interpretación abusiva del Deuteronomio.
Por eso, hoy la Iglesia debe preguntarse si aquella prohibición sigue teniendo vigencia, o desde que puntos la puede tener, si es aplicable a todas las parejas, entendiendo la diversidad de estas y si podemos seguir manteniendo una prohibición tajante en este modelo de matrimonio moderno, bajo contextos de violencia que viven las mujeres, donde dos de cada 3 feminicidios son ocasionados por la pareja.
Por todo esto, no es casualidad que tras el relato en el que se defiende la dignidad de la mujer, aparezca la escena de los niños.
Los infantes, como las mujeres, son considerados propiedad. En el evangelio –reflejando lo pensado en esa Palestina del siglo I-, el “niño” es imagen de quien “no cuenta”, “el último de todos”. Por eso, la expresión “dejad que los niños se acerquen a mí”, habría que traducirla más adecuadamente por “dejad que los últimos se acerquen a mí”. Y así es como comprendemos el enfado de los discípulos que, por querer impedirlo, son objeto de la molestia de Jesús.
El maestro de Nazaret se identifica con los “niños” o “los últimos” (abrazar significa identificarse) y deja claro que solo puede comprender y vivir su proyecto –que él llamaba “reino de Dios”- quien está dispuesto a “ser niño”, es decir, a colocarse voluntariamente en el último lugar, como las mujeres, como los niños y como él mismo había hecho: “el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir” (Marcos 10,45).
Es así como, nos parece coherente el texto, como coherente es la actitud de Jesús en toda su trayectoria. Si algo queda claro en el relato evangélico es su posicionamiento decidido a favor de “los últimos”, “los pequeños”…
Y es desde esta posición de Cristo a favor de los marginados, que no podemos sostener el que este texto se siga utilizando como un pasaje en contra de las personas LGBTQ+ y sus afectos.
Otras miradas.
Allá, por algún año entre 1564 y 1567, la situación de las mujeres no era la mejor, incluso tenían prohibido el aprender, el enseñar y hasta el orar. Por ello, la sabia y rebelde Teresa de Jesús, escribía un libro dedicado a mujeres sedientas de sabiduría, Camino de Perfección, en este libro nos topamos con una frase lapidaria:
“Así como dicen ha de hacer la mujer, para ser bien casada, con su marido, que si está triste se ha de mostrar ella triste, y si está alegre, aunque nunca lo esté, alegre (mirad de qué sujeción os habéis librado, hermanas), esto con verdad, sin fingimiento, hace el Señor con nosotros: que él se hace el sujeto, y quiere seáis vos la señora y andar él a vuestra voluntad.”
C. 26, 4
En este texto, Teresa nos muestra que entiende la lógica de Dios, que sabe leer a ese Cristo que vive en los márgenes, a ese Cristo que hace todo nuevo, que revierte el sistema, que va mas allá de la norma y descubre nuevos paradigmas. Teresa entiende que las leyes humanas son injustas, pero que Dios, actúa contra “la dureza de corazón” de las personas, Él siempre mira a los últimos y los señorea.
La sociedad ha puesto leyes, dictamina preceptos, sigue costumbres y tradiciones, y está bien, es necesario tener claras las reglas de la convivencia. Pero Jesús sabe que la ley sin espíritu, sin dosis de realidad y sin poner en el centro la dignidad de las personas, es opresión.
Es momento de dejar el literalismo y el fundamentalismo para dar paso al rostro de justicia, paz y misericordia del Abbá, que nos mostró Jesús, no podemos mantener prohibiciones a rajatabla que quitan dignidad, paz, crean división y llegan a ser fardos pesados. Es momento de pensar seriamente si no es este uno de los problemas de nuestras comunidades religiosas no es este apego a la ley, si no estamos llegando a un punto de ruptura entre Vida y la Ley, si nos consideramos “justificados por el cumplimiento de la Ley” o “movidos por el Espíritu de Jesús”, conociéndonoslos de los problemas del otro.
Jesús nos habla en su Evangelio de cómo todas las formas de control, sometimiento e imposición, ya sea del varón sobre la mujer, del poderoso sobre el débil, del clero sobre el laico, del rico contra el pobre, de una expresión de la sexualidad sobre otra, etc. Están alejadas de ese plan divino de una comunidad de iguales.


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