Los voceros de la mentira

Por Cayo Salinas
Si algo ha sabido hacer la izquierda radical –me refiero a la que fracasó en Europa y ahora está instalada en Latinoamérica con gobiernos populistas como el de Hugo Chávez– ha sido elaborar enunciados con los que se miente a la gente transmitiendo ideas que persiguen el objetivo ideológico de imponer un modelo de Estado restrictivo a los principios constitucionales de la democracia liberal, como la libre expresión o el derecho al disenso. Ahí está el origen de los largos discursos tan comunes en algunas administraciones latinoamericanas. La repetición continua de ideas, la forma cómo éstas son transmitidas y el propósito de posicionarlas en la mente de las personas, sea por medio de spots o arengas extensas, son un ardid utilizado por los gobiernos radicales a fin de mantener hipnotizado al auditorio. Cuando se opta por los sermones políticos, con proposiciones estructuradas previamente por equipos políticos y cuyo objetivo no es otro que penetrar subliminalmente en la mente de las personas en busca de un alineamiento doctrinal, nos tropezamos con alocuciones donde el disertante, ensimismado con el poder, se refiere a todos aquéllos que no comulgan con sus ideas de una forma que denigra la condición de ser humano que tiene todo semejante. Ahora, la pregunta es: ¿quién cubre esas dos horas de verbosidad y quiénes son los que llevan lo dicho en ese lapso de tiempo a los ciudadanos? Son los medios de información, a través de hombres y mujeres que ejercen el periodismo y que tienen la difícil misión de trasladar la noticia, denunciar actos de corrupción y servir de intermediarios entre el poder político y la comunidad. Ninguna democracia funciona sin un periodismo libre e imparcial. En ningún país donde se persigue imponer un modelo comunista, acumulativo de poder en torno al Estado, a un solo partido político y con instituciones controladas por el poder partidario, gusta el periodismo libre. Como a la izquierda radical no le agrada aquello, porque siendo radical los conceptos de República y de democracia liberal les son antagónicos, entonces surgen actuaciones como la de Evo cuando maltrató a un periodista de La Prensa, afectándolo en lo más sagrado que tiene todo ser humano: su reputación y buen nombre. Lo curioso es que Evo no podría transmitir lo que piensa si no fuera por la gente que a diario da cobertura a sus actividades, por lo que de haberse sentido dañado en su imagen, tenía el recurso legal expedito sin que su condición de Presidente de la República le otorgue derecho a actuar como lo hizo. Pero bueno, más allá del comportamiento presidencial, impropio para su investidura, hay un asunto también de fondo que debe merecer nuestra atención: ¿hubo participación material o intelectual de miembros del Poder Ejecutivo en el tráfico y contrabando de mercadería?Ahí debe apuntar la investigación. Mientras tanto, nunca más cabales las palabras de la Iglesia al rechazar “el autoritarismo y el abuso de poder” en relación con este tema.

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